Cuatro poemas de José Hierro breves y poderosos

Por redaccionnyl el 03/01/2018

Los poemas de José Hierro revelan su verdad. Fue poeta de la posguerra, desarraigado y existencialista. Siempre se mantuvo alejado de las tendencias dominantes de su época. Por eso prefirió que su estilo se pareciera al de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Pedro Salinas y Rubén Darío.

Luego la poesía en general se puso de moda en España. Entonces él decidió que la suya fuera original. Experimentó como quiso y creó voces nuevas en el fondo y en la forma.

A continuación, cuatro poemas breves para entender a José Hierro.

La rosa

Como la rosa: nunca
Te empañe un pensamiento.
No es para ti la vida
Que te nace de dentro.
Hermosura que tenga
Su ayer en su momento.
Que en sólo tu apariencia
Se guarde tu secreto.
Pasados no te brinden
Su inquietante misterio.
Recuerdos no te nublen
El cristal de tus sueños.

Cómo puede ser bella
Flor que tiene recuerdos.

Noche

Salió desnuda el alma
A quemarse en la hoguera.
¡Qué clara dan la sombra
Las estrellas!

Se enredaba la noche,
Azul, entre las piernas.
Ocultas en los chopos
Bailaban las doncellas.

¡Qué anunciación, qué víspera
De deshojar las nieblas
De dos en dos, las brisas
De tres en tres!

Estrellas,
Qué clara dan la sombra
Las estrellas.

Madrigal

Lo más hermoso, aquello
Que no puede comprarse,
Que vale, frente a un copo de tu espuma,
Si se sabe mirar,
Frente a una pluma de tormenta, rota
Sobre tu orilla, frente
A tus platas y azules,
Metales y cristales,
Si se los sabe oler, gustar, tocar, oír…

Qué vale nada lo que tú. Rebosa
La eternidad tu vaso,
Llueve su vino sobre nuestra carne.
Una concha roída
Por los gusanos de tu mar, un poco,
De cal, y bruma, y nácar,
Puede hacernos llorar,
Ensancha las fronteras
Del alma, desmorona
Los muros negros de la realidad.

Qué vale nada, todo,
Lo que tú, playa mía,
Lirio de arena, selva
De círculos de oro,
Túnica ardiente, pálida campana,
Palacio sumergido,
Inolvidable.

Otoño

Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.

Otoño de manos de oro:
Con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
Sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
Con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
Para dar alegría al que sabe que vive
De nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
En tu gran corazón encendido.

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