Cuatro poemas de Miguel Arteche que son belleza en estado puro

Por María Beatriz D'Andrea el 14/05/2019

En los poemas de Miguel Arteche se puede admirar la sensibilidad romántica que tanto lo caracteriza en el mundo de la poesía.

Siendo un reconocido ensayista y narrador de origen chileno, nació en el año 1926, convirtiéndose en uno de los escritores más importantes para la poesía de su generación y nación.

Entre sus obras más importantes se destacan Invitación al olvido (1947),
Noches en 1976, Antología de veinte años (1972) y Tercera antología (1991)

A continuación tome lectura de cinco de sus poemas para que aprecie el trabajo de este gran poeta.

1. «Dama»

Esta dama sin cara ni camisa,
alta de cuello, suave de cintura, 
tiene todo el temblor de la hermosura 
que el tiempo oculta y el amor desliza.

Esta dama que viene de la brisa 
y el rango lleva de su propia altura, 
tiene ese no sé qué de la ternura 
de una dama sin fin, bella y precisa.

Aunque esta dama nunca duerma en cama 
parece dama sin que sea dama 
y domina desnuda el mundo entero. 

Esta dama perdona y no perdona
y para eso luce una corona
esta dama que reina en el tablero.

2. «La encantada»

La encantada, la ofendida,
la trocada y trastocada,
la que a mí me mudaron 
como árbol sin hojas,
como sombra sin cuerpo.

Dios sabe si es fantástica o no es fantástica,
si en el Mundo se encuentra o no se encuentra. 

La que veo y se esconde, 
la que los niños siempre miran, 
la que jamás verán los Mercaderes, 
la que aparece y desaparece.

La que conmigo muere y me desmuere. 
La visible, la invisible Dulcinea.

3. «Comienzo»

El jardín se ha posado en mi jardín.
Toda su galaxia resplandece a medianoche. 
Los árboles destellan, las flores fulgen. 
Tiene el césped una tersura de nimbo. 

Bajan los Transparentes 
y de sus cuerpos surgen peldaños de escala. 
Los Radiantes me llaman con sus cristales. 
Mis años descienden en el cáliz de un instante.
 
Los Centelleantes me han rodeado 
y me tienden sus ojos de oro.
El amor es una paloma de fuego que elevan.
Por fin llegaron.

4. «No hay tiempo si en el agua de diamante…»

No hay tiempo si en el agua de diamante 
que roza nuestros cuerpos 
tú y yo nos sumergimos : el agua tuya con el agua mía 
de tu boca , y apenas el hundir 
de los secretos labios en el mar. 

Sólo tu piel abierta 
como la abierta noche de la noche 
donde tus muslos amanecen. 
Y el silencio en los olivos.

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