Cuatro cuentos de los Hermanos Grimm que seguro no has leído

Por redaccionnyl el 06/12/2017

Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm escribieron tantos cuentos que seguro nadie tiene una cifra definitiva en su cabeza. Pero entre los más conocidos, esos que cada año el cine versiona y cada noche los padres cuentan a sus hijos, se pierden otros que merecen igual y hasta mayor atención.

Menos mal que en Nalgas y Libros somos guardianes de la justicia y que hemos dispuesto a continuación cuatro de esos cuentos para que no se sigan perdiendo en el olvido.

El hijo ingrato

Un día estaba un hombre sentado con su mujer a la puerta de su casa, y se hallaban comiendo con mucho gusto un pollo, el primero que les habían dado aquel año las gallinas. El hombre vio venir a lo lejos a su anciano padre y se apresuró a ocultar el plato para no tener que darle, de modo que el visitante sólo bebió un trago y se volvió en seguida.

En aquel momento fue el hijo a buscar el plato para ponerlo en la mesa, pero el pollo asado se había convertido en un sapo muy grande que saltó a su rostro, al que se adhirió para siempre. Cuando intentaban quitarlo de allí, el horrible monstruo lanzaba a las gentes miradas venenosas como si fuera a tirarse a ellas, así es que nadie se atrevía a acercarse. El hijo ingrato quedó condenado a sustentar al sapo, pues si no le devoraba la cabeza. Así pasó el resto de sus días vagando miserablemente por la tierra.

El piojito y la pulguita

Un piojito y una pulguita vivían juntos en el mismo hogar y estaban fabricando cerveza en una cáscara de huevo. El piojito entonces cayó dentro y se abrasó. La pulguita al verlo se puso a gritar. La pequeña puerta del cuarto dijo entonces:

-¿Por qué gritas, pulguita?

-Porque el piojito se ha abrasado.

La puertecita se puso a chirriar. Habló entonces una escobita que había en un rincón:

-¿Por qué chirrías, puertecita?

-¿Cómo no voy a chirriar si el piojito se ha abrasado y la pulguita está llorando?

Así, la pequeña escoba se puso a barrer terriblemente. Pasó entonces por allí un carrito y dijo:

-¿Por qué barres, escobita?

-¿Cómo no voy a barrer si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando y la puertecita chirriando?

El carrito dijo entonces que iba a correr terriblemente, y se puso a correr terriblemente. Pasó corriendo junto al montoncito de estiércol y éste dijo:

-¿Por qué corres, carrito?

-¿Cómo no voy a correr si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando y la escobita barriendo?

El montoncito de estiércol dijo entonces que iba a empezar a arder, y se puso a arder terriblemente. Había allí un arbolito que le dijo:

Montoncito de estiércol, ¿por qué ardes?

-¿Cómo no voy a arder si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo y el carrito corriendo?

Entonces el arbolito dijo que se iba a sacudir, y se sacudió y perdió todas sus hojas. Aquello lo vio una muchachita que llevaba un cantarito y dijo:

-Arbolito, ¿por qué te sacudes?

-¿Cómo no me voy a sacudir si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo y el montoncito de estiércol ardiendo? Luego la muchachita dijo que iba a hacer pedazos su cantarito e hizo pedazos su cantarito.

-Muchachita, ¿por qué haces pedazos tu cantarito? -dijo entonces la fuentecita.

-¿Cómo no voy a hacer pedazos mi cantarito si el piojito se ha abrasado, la pulguita está llorando, la puertecita chirriando, la escobita barriendo, el carrito corriendo, el montoncito de estiércol ardiendo y el arbolito sacudiéndose?

-Ay -dijo la fuentecita-, pues entonces yo me voy a desaguar.

Y se puso a desaguarse tan terriblemente que se ahogaron todos: la muchachita, el arbolito, el montoncito de estiércol, el carrito, la escobita, la pulguita y el piojito.

Del ratoncito, el pajarito y la salchicha

Érase una vez un ratoncito, un pajarito y una salchicha que habían formado sociedad y un hogar y llevaban mucho tiempo viviendo muy bien y maravillosamente en paz y sus bienes habían aumentado admirablemente. El trabajo del pajarito consistía en volar todos los días al bosque y llevar leña a casa. El ratón tenía que llevar el agua, encender el fuego y poner la mesa, y la salchicha tenía que cocinar.

¡Pero al que bien le va siempre le apetece hacer cosas nuevas! Y un día el pajarito se encontró por el camino con otro pájaro y le contó, elogiándola mucho, la maravillosa vida que llevaba. El otro pájaro, sin embargo, le dijo que era un desgraciado que hacía el peor trabajo mientras los otros dos se pasaban el día muy a gusto en su casa. Que cuando el ratón había encendido su fuego y llevado el agua se metía en su cuartito a descansar hasta que le decían que pusiera la mesa. Y que la salchichita se quedaba junto a la olla mirando cómo se hacía la comida y que cuando se acercaba la hora de comer no tenía más que pasarse un poco por el puré o por la verdura y ya estaba todo engrasado, salado y preparado. Y que cuando el pajarito llegaba finalmente a casa y dejaba su carga ellos no tenían más que sentarse a la mesa y después de cenar dormían a pierna suelta hasta la mañana siguiente, y que eso sí que era pegarse una buena vida.

Al día siguiente el pajarito, instigado por el otro, se negó a volver al bosque diciendo que ya había hecho bastante de criado y ya le habían tomado bastante por tonto y que ahora tenían que cambiarse y probar de otra manera. Y por mucho que el ratón se lo rogó, y también la salchicha, el pájaro se salió con la suya, y se lo echaron a suertes, y a la salchicha le tocó llevar la leña, al ratón hacer de cocinero y al pájaro ir por agua.

¿Y qué pasó? Pues la salchichita se marchó por leña, el pajarito encendió el fuego y el ratón puso la olla, y los dos se quedaron solos esperando que volviera a casa la salchichita con la leña para el día siguiente. Pero la salchichita llevaba ya tanto tiempo fuera que los dos se temieron que no había ocurrido nada bueno y el pajarito voló un trecho en su busca. No muy lejos, sin embargo, se encontró con un perro en el camino que había tomado por una presa a la pobre salchichita, la había atrapado y la había matado. El pajarito protestó mucho y acusó al perro de haber cometido un crimen manifiesto, pero no hubo palabras que le valieran, pues el perro dijo que le había encontrado cartas falsas a la salchicha y que por eso había sido víctima de él.

El pajarito, muy triste, recogió la madera y se fue a casa y contó lo que había visto y oído. Estaban muy afligidos, pero decidieron poner toda su buena voluntad y permanecer juntos. Por eso el pajarito puso la mesa, y el ratón hizo los preparativos para la comida y se puso a hacerla. Igual que había hecho antes la salchichita, se metió en la olla y se puso a remover la verdura y a escurrirse entre ella para darle sabor; pero antes de llegar a la mitad tuvo que pararse y dejar allí el pellejo y con ello la vida.

Cuando el pajarito fue y quiso servir la comida allí no había ya ningún cocinero. El pajarito, desconcertado, tiró la leña por todas partes y lo buscó y lo llamó, pero no pudo encontrar a su cocinero. Por descuido el fuego llegó hasta la leña y provocó un incendio; el pajarito salió rápidamente a buscar agua, pero entonces se le cayó el cubo al pozo y él se fue detrás y ya no pudo recuperarse y se ahogó.

Hans el tonto

Érase una vez un rey que vivía muy feliz con su hija, que era su única descendencia. De pronto, sin embargo, la princesa trajo un niño al mundo y nadie sabía quién era el padre. El rey estuvo mucho tiempo sin saber qué hacer. Al final ordenó que la princesa fuera a la iglesia con el niño y le pusiera en la mano un limón, y aquel al que se lo diera sería el padre del niño y el esposo de la princesa. Así lo hizo; sin embargo, antes se había dado orden de que no se dejara entrar en la iglesia nada más que a gente noble. Pero había en la ciudad un muchacho pequeño, encorvado y jorobado que no era demasiado listo y por eso le llamaban Hans el tonto, y se coló en la iglesia con los demás sin que nadie le viera, y cuando el niño tuvo que entregar el limón fue y se lo dio a Hans el tonto. La princesa se quedó espantada, y el rey se puso tan furioso que hizo que la metieran con el niño y Hans el tonto en un tonel y lo echaran al mar. El tonel pronto se alejó de allí flotando, y cuando estaban ya solos en alta mar la princesa se lamentó y dijo:

-Tú eres el culpable de mi desgracia, chico repugnante, jorobado e indiscreto. ¿Para qué te colaste en la iglesia si el niño no era en absoluto de tu incumbencia?

-Oh, sí -dijo el tonto-, me parece a mí que sí que lo era, pues yo deseé una vez que tuvieras un hijo, y todo lo que yo deseo se cumple.

-Si eso es verdad, desea que nos llegue aquí algo de comer.

-Eso también puedo hacerlo-dijo Hans el tonto, y deseó una fuente bien llena de papas.

A la princesa le hubiera gustado algo mejor, pero como tenía tanta hambre lo ayudó a comerse las papas.

Citando ya estuvieron hartos dijo Hans el tonto:

-¡Ahora deseo que tengamos un hermoso barco! Y apenas lo había dicho se encontraron en un magnífico barco en el que había de todo lo que pudieran desear en abundancia.

El timonel navegó directamente hacia tierra, y cuando llegaron y todos habían bajado, dijo Hans el tonto:

-¡Ahora que aparezca allí un palacio!

Y apareció allí un palacio magnífico, y llegaron unos criados con vestidos dorados e hicieron pasar al palacio a la princesa y al niño, y cuando estaban en medio del salón dijo Hans el tonto:

-¡Ahora deseo convertirme en un joven e inteligente príncipe!

Y entonces perdió su joroba y se volvió hermoso y recto y amable, y le gustó mucho a la princesa y se convirtió en su esposo.

Así vivieron felices una temporada. Un día el viejo rey iba con su caballo y se perdió y llegó al palacio. Se asombró mucho porque jamás lo había visto antes y entró en él. La princesa reconoció enseguida a su padre, pero él a ella no, pues, además, pensaba que se había ahogado en el mar hacía ya mucho tiempo. Ella le sirvió magníficamente bien y cuando el viejo rey ya se iba a ir le metió en el bolsillo un vaso de oro sin que él se diera cuenta. Pero una vez que se había marchado ya de allí en su caballo ella envió tras él a dos jinetes para que lo detuvieran y comprobaran si había robado el vaso de oro, y cuando lo encontraron en su bolsillo se lo llevaron de nuevo al palacio. Le juró a la princesa que él no lo había robado y que no sabía cómo había ido a parar a su bolsillo.

-Por eso debe uno guardarse mucho de considerar enseguida culpable a alguien -dijo ella, y se dio a conocer.

El rey entonces se alegró mucho, y vivieron muy felices juntos; y cuando él se murió, Hans el tonto se convirtió en rey.

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