Cuando una mujer escribe, muere

Por redaccionnyl el 10/02/2020

Por Sofía Bernardo Méndez

Entender la obra de una de las autoras mexicanas más relevantes del siglo XX resulta especialmente complicado cuando se trata de Elena Garro (Puebla, 1916 – Cuernavaca, Morelos, 1988). Definida por Mihaela Consa como «mimada, nunca apacible, torbellino sin descanso, ánfora de preguntas que no una vez quedaron sin respuesta», Elena es, sin duda, una de las literatas más controvertidas de la narrativa latinoamericana cuyas letras, sin embargo, poco tienen que envidiar a su vida, pues, ha llegado a ser equiparada al nivel, incluso, de Sor Juana Inés de la Cruz. Empero, en este artículo se pretenderá defender el ideario cultural de la madre del realismo mágico explicado, tan solo, a partir de las circunstancias de su propia experiencia personal, que la condicionarán a lo largo de toda su producción. Finalmente evidenciaremos cómo nuestra autora se convertirá en un actante más de su propia ficción hasta el punto de sufrir un proceso de «fabulación». Así, recuerda la escritora Elena Poniatowska que le dijo Garro en un artículo en que la primera rinde tributo a la segunda:

«Yo no puedo escribir nada que no sea autobiográfico».

Antes de comenzar nuestra exposición resulta fundamental rescatar las palabras de la autora que, si bien para ella podían resultar ciertas, no dejan sino un sutil vestigio de polvo que ya anticipa la dinamita con la que ella misma cubría su propia producción, punto de partida para los más críticos con su obra. No obstante, frente a las teorías que a lo largo del tiempo de forma errónea han sustentado la obra como autobiografía, recuérdese que «cabe demostrar que es falso todo el modo de ver según el cual el arte es pura y simple autoexpresión, transcripción de sentimientos y experiencias reales. Incluso cuando existe íntima relación entre la obra de arte y la vida del autor, nunca debe interpretarse en el sentido de que la obra sea simple copia de la vida, como afirmaron Wellek y Warren.

Así, el hecho de asegurar que lo autobiográfico forma parte intrínseca de su obra y suponer con ello que se trata de esto y no de ficción, implica menospreciar la calidad literaria de una de las mujeres más transgresoras de su época; una mujer de carne y hueso que amenazó al statu quo de su nación —que posteriormente explicaremos con un mayor detenimiento— y a su determinación como esposa no estando dispuesta a ser clasificada bajo ninguna etiqueta; y, ante todo, a la madre del realismo mágico que pronto influiría en la literatura de todo Europa.

Primeros esbozos

Tratar de comprender y aprehender en su totalidad la obra de Elena implica la necesidad de desentender su vida primero, pues, hacer lo contrario sería imposible en un personaje tan lleno de contrariedades. El destierro, la opresión, el cáncer, la persecución, la guerra, el divorcio y el aborto, sombras creadas, o que le crearon, inter alia, son tan solo algunos de los vértices que dibujarán el marco estructural en el que se nutrirá para crear Los recuerdos del porvenir, su novela ganadora del premio Xavier Villaurrutia en 1963, precursora del realismo mágico y motivo principal por el que se la considera madre de este, un movimiento literario consistente en la expresión más absoluta de sentimientos del que la autora siempre renegó por no ser, para ella, más que una simple distintivo mercantilista.

No deja, sin embargo, de ser menos sustancial esta corriente, cuyo auge llegó con Cien años de soledad, de García Márquez, para quien, la nueva expresión literaria resultaba imprescindible: «en Europa se le llama realismo mágico, aquí se le llama costumbre». Así, una vez más, se clarifica la oscilación constante en la que Elena se batirá entre la genialidad y el desdén.

Nuestra autora contrajo nupcias con Octavio Paz, Nobel en literatura, a una corta edad quedando clara, desde una primera instancia, la conflagración constante que el matrimonio se vería obligado a enfrentar al ser sus caracteres, completa disidencia entre sí: frente a la misoginia, la egolatría, el ansía de fama y poder de Octavio —que queda evidenciado, incluso, en el hecho de que tras su divorcio, el Nobel contratase a un detective privado que siguiera todos los movimientos de su exmujer, principalmente económicos—; el talante aristócrata, católico y contra dominio de Elena, que no reparaba en defender una literatura crítica. Mas, no solo será fundamental la relación marital para comprender la obra de la escritora novelar, sino que sus viajes constituirán un claro pretexto para los elementos que, poco a poco, impregnarán sus textos.

Invitados por Alberti, viajan a España. De sus experiencias al caminar por la playa junto a Cernuda, sus experiencias con los intelectuales del momento y sensaciones, nacerá Memorias de España 1937. Fundamental siento rescatar sus palabras, «nunca tuve tanto miedo ni tanta piedad por los soldados», para el posterior cambio de pensamiento con respecto a su propia nación: aún aristócrata, no repararía en ser una de las más firmes defensoras de los movimientos campesinos frente al México caciquil y una de las más vivaces en despreciar a la izquierda. Y viendo así, de antemano, lo que pareciera una completa oposición, Elena muestra la cara más semejante de dos polos enfrentados cuando es preguntada acerca de la aceptación de materialidades entendidas como mundos contrarios: «porque yo soy así, no les voy a mentir». Hecho que no le escudará de tener que partir en un «destierro voluntario» a París.

Sin faltar al principio de relevancia, con anterioridad a esto, la pareja viajará a EE. UU. siendo Octavio quien finalmente decida la separación. Considero fundamental detenernos en este punto, pues la obra de nuestra autora no es comprensible si de ella se deslinda la vida de Octavio, o si en esta no se incluye la figura del anteriormente mencionado. No existe una semblanza exclusiva de la vida de Garro en la que tan solo se mencione a Paz como su marido, si bien, curiosamente, a la inversa sí es posible de encontrar. Así, resulta verdaderamente inquietante la forma en que Elena llegó a engarzar su vida a la del Nobel, aun cuando su sombra era tan solo lo que se encontraba junto a ella, eclipsando sus escritos o atormentando su figura.

Del matrimonio queda vestigio claro, tan solo, de una particularidad: la opresión que la periodista y dramaturga llegó a sentir fue tal que no solo se vio obligada a abortar el embarazo extramatrimonial que junto a Bioy Casares, —escritor argentino paradójicamente alabado por Octavio en frases como «El amor, en Bioy Casares, es una percepción privilegiada, la más total y lúcida, no solo de la irrealidad del mundo, sino de la nuestra»—, había concebido; sino que movida quizá por este tormento, trató de suicidarse en dos ocasiones.

El carácter atormentado en el que podríamos aunar la voluntad de evasión de la realidad, e, incluso, la rebeldía frente al mundo, queda ya evidenciado en una Elena que se siente desdichada y que no dudará en nutrirse del odio para anular lo ordinario en su prosa novelar, romper con los límites temporales establecidos hasta fracturar su encierro y convertir lo increíble en posibilidad absoluta.

El destierro: una literatura de desgarro

Como ya adelantamos con anterioridad, Elena, tras haber despreciado a la izquierda mexicana en pro de las víctimas de los oligarcas y de los movimientos campesinos, fue aconsejada para partir en un «autoexilio». Y quizá fuera este el primer antecedente hacia la modelación de sus letras, que pronto sufrirían del segundo punto dentro de nuestro marco estructural.

«Distinto al nuestro [al de los autores exiliados] es el caso normal del escritor que por particular decisión se expatría, toma distancia, corre mundo, vive a parte y luego, al volver, se encuentra con que han mudado las cosas y, enseguida, al flexionar sobre sí mismo, descubre que él también ha sufrido entre tanto mutaciones […] No hay en esto anomalía ni daño» (Francisco Ayala).

Según estas palabras de Francisco Ayala, el autoexilio supone, pues, una diferencia con respecto al destierro —entendido como aquellos que se ven obligados o en la extrema urgencia de abandonar su país natal o de residencia por distintas circunstancias—, pues hay en el autoexilio una posibilidad de elección. Se trata, en suma, de una marcha voluntaria. Pero ¿hasta qué punto esto es cierto?

Elena parte a París divorciada, con una hija a su cargo, y el constante fantasma de Octavio que, sentía, la perseguía. Y quizá fuese por esta presencia recurrente que sentía junto a ella, que sus personajes se encontraban alienados bajo la densa sombra de otro mayor que les opaca y ciega a partes iguales, que, en particular a los femeninos, convierte en inamovibles.

No me considero original; me ha interesado sobre todo tratar el tema del tiempo, porque creo que hay una diferencia entre el tiempo occidental que trajeron los españoles y el tiempo finito que existía en el mundo antiguo mexicano.

El pasado se convierte un continuo, un punto de referencia sacralizado que puede explicar el afán de la escritora por romper con todos los límites cronológicos que se le imponen, con el objetivo último de lograr el fragmentarismo, como si de escenas de juegos se tratasen sus textos. O quizá como si, de alguna manera, pretendiese quebrar así las propias cadenas de ser, a la vez, traidora y víctima; perseguida y persecutoria.

Pudiésemos engarzar así su experiencia personal evidenciada en la primera frase que ya adelantaba el pretexto biográfico sobre el que nuestra autora se nutría, para mostrar la inabarcabilidad de lo existente, siendo, para ella, hablar un resultado de la presencia de aquello que está, y de la ausencia de aquello que nos falta.

Quizá fuera por nostalgia a su patria que, precisamente, no quiso perder los vínculos con México manteniendo una larga correspondencia epistolar con Carlos Madrazo, presidente nacional del PRI, convirtiéndose finalmente en informante del Gobierno represor mexicano de Gustavo Díaz Ordaz, que acabó a sangre y fuego con el movimiento estudiantil de 1968. Y, por si fuera poco, su carrera de aprendiz de espía en algún momento la hubo colocado ante Lee Harvey Oswald, el asesino del presidente de EE. UU John F. Kennedy. Así, esta vez, sí se vio obligada a un segundo exilio en Francia.

Garro sufrió un destierro que la privó no solo de su propia identidad en cuanto a verse despojada de aquello que conocía, sino que, además, fue eliminada de la vida política, social y cultural en México, hasta el punto de crearse una leyenda negra, —entiéndase por ella la relación de acontecimientos reales sucedidos en un período de la vida de una persona, Elena en este caso, e interpretados de forma negativa—, en torno a ella en la que las lindes entre referencialidad y ficción resultan verdaderamente complejas de separar. Aún hoy, resulta una ardua tarea tratar de encontrar su obra en el mencionado país.

El olvido se convirtió en devorador de sus letras como opuesto dialéctico a la obsesión del pasado que perseguirá su literatura, no tanto por su patria en el caso de la mexicana como por el periplo junto a Octavio y su fantasma que se transfigurará en leitmotiv de su ideario estético.

«Cuando la mujer escribe, muere. Es una sentencia de muerte».

Tertum datur, el tercero de los elementos en discordia no será otro sino su condición de mujer. Conocida en el círculo de intelectuales de su marido como «la mujer de Octavio», Elena fue de las primeras que se atrevió a pegar un portazo y salir de su hogar negándose a la opresión de sus letras y de su condición como esposa. Si el exilio suponía el cese de toda la vida que hasta entonces había llevado, esta condición de género no fue para Garro sino motivo más que suficiente para alzar la voz por la libertad de expresión.

La «fabulación» de Elena

Bajo tal esbozo argumental, resulta fácil de comprender cómo Garro acabó con una decadencia personal que raya la manía persecutoria y la fabulación, pues el personaje acabó por enterrar a la persona bajo argamasa de odio, excesos y victimismo. Pero no son, sino todas estas características , las que logra convertir en objeto de transficcionalidad a instancia última de crear una autorreferencialidad insólita, que como si de una caja se tratase, consigue llenar de interrogantes densos, profundos y sociales sin poder volver a abrirla, pues, nunca les atribuyó más respuesta que la constante contradicción que protagonizaría ella misma.

Es por esto que se puede afirmar sin miedo al error que Elena acabó convirtiéndose en un personaje de sí misma: plenamente comprometida con su tiempo planteando una realidad, despertando una reflexión sin querer hacer de esta emerger un impulso de transformación. De ahí el componente fantástico que nutre su prosa novelar; impidiendo mediante el fragmentarismo constante la alienación con ninguno de sus personajes pretendiendo, como en Reencuentro de personajes, propiciar la conciencia e impedir una toma de postura clara en la conciencia del narrador al modo propio del teatro épico de Brecht. Una ruptura de cohesión que muestra la vulnerabilidad, predestinación, tragedia, desterritorialización y el desamparo de una Elena Garro que se retrata a través de cada uno de sus personajes permitiéndonos leer una conciencia de sí misma como rebelde, desamparada e indepndiente a partes iguales. Un personaje de sí misma que le retornase un yo ideal huidizo e inalcanzable a través de una imagen especular.

Fue así, en suma, como logró convertirse en antagonista y, a la par, protagonista de su propia vida. Pero si algo destaca de toda su narrativa es su necesidad de comunicar las dudas más inmediatas de su existencia a través de convicciones apasionadas, tales como sus propias palabras hacia Paz:

«Yo vivo contra él. […] Todo lo que soy, es contra él».

Cabría preguntarse, pues, si Elena se planteó en algún momento de su vida, hallar la felicidad o, como resultado, si alguna vez se la llegó a plantear como proyecto de vida. La presencia del suicidio en obras como Testimonios sobre Mariana solo sirve para evidenciar una vez más la materialidad más absoluta: Elena Garro convirtió su propia vida en objeto de ficción acabando por desdibujar los límites de la intertextualidad para llevarnos a la esencia de la existencia misma.

Convierte mediante un proceso psicoanalítico freudiano sus voces interiores en una búsqueda de escapatoria inexistente, una lucha contra el poder que no puede detener, una reivindicación por las dimensiones más irracionales del ser humano en pro de la fantasía, y un vicio que, paradójicamente, será lo que acabe por matarla.

A este litigio se le sumarán los elementos épicos brechtianos que no nos permiten empatizar con la propia Elena de forma que la cataloguemos como víctima, sino que de alguna manera la hacen cómplice de ello. Se contradice este hecho con el exilio que es obligada a sufrir como objetivo del gobierno mexicano. Quizá llegase a pensar alguna vez también que el mundo puede ser transformado, porque es contradictorio.

Sin embargo, el rasgo que prima en esta fabulación de autor a personaje es, sin lugar a dudas, el propio del Romanticismo: la conversión de un personaje abúlico que no teme en oscilar entre los márgenes de la sociedad y su más alta esfera aristocrática; que no temerá convertirse en un ser solitario o errante sumido en el desconcierto existencial deseoso de aquello irrealizable. E imagino, el tormento de una muerte lenta para un personaje tan intenso y apasionado, como la peor de las condenas posibles y el único contexto para enmarcar sus palabras:

Quisiera no tener memoria o convertirme en el piadoso polvo para escapar a la condena de mirarme.

Lo que queda claro es que la literatura de Elena Garro, como afirmó  Álvaro Ruiz Abreu en Elena Garro, a tres años de su muerte, «exige el pensamiento flexible del lector por la presencia de temas feministas así como a un lector capaz de entender la desacralización de la violencia revolucionaria», y que ella es una explicable contradicción.

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