Crónica de un tercio erotizado. Por Juan Carlos Sosa Azpúrua

Por Juan C. Sosa Azpúrua el 27/02/2018

Estoy erotizado. Salgo a pasear para toparme con cualquier cosa. No se me ocurre nada. Ando ocioso y cuando me siento así, me erotizo.

La tarde tiene ganas de llorar. Pero yo camino hacia el parque.

Caracas es rara. Es como un ser amado con mal aliento y desaliñado. La pintó un ángel endemoniado. Los peatones salen de repente y con ánimo suicida siempre se atraviesan. Los autobuses son groseros. Escupen sus gases venenosos y creando una bruma terca, como de la lámpara de Aladino surgen espectros flemosos.

Sigo mi trayecto por famélicas aceras, que solo admiten dos caminantes. Podría hipnotizarme si solo veo sus puntos negruzcos, los engomados fósiles del gargajo.

Al divisar al fiscal de tránsito me asalta una idea. La curiosidad es perversa. ¿Qué sentirá el sujeto al pasar el día entero con ese pito en la boca y en este infierno? ¿Cómo serán sus sinapsis cerebrales? No debe ser fácil. Ver la vida pasar entre un ruido insolente, la niebla de carbón y tanta monotonía.

¿Tendrán los semáforos una función secreta? ¿Tocan el ojo del fiscal y lo amansan, reduciendo al infeliz a la condición de autómata? Es plausible. Vaya desolación. Me agobio con la presencia de un hombre hecho robot.

Aparto las ideas. Pero no logro reprimir la pena que me causan estos fiscales. Tras un día infernal, se retirarán a algún cuartucho de pensión y una casera bigotuda les reclamará el alquiler retrasado. Pobrecitos, que duro les tocó.

Nú, qué va. ¡Zape gato! No sufriré pensando en estos desdichados, ni tendré remordimientos. Cada quien con su destino. Ellos son fiscales y yo estoy erotizado. Así que concluyo mi sesión mental con una imagen feliz del funcionario, su comida caliente y la cama tendida.

Sigo hacia el parque. Mi cuerpo protesta. Desde que pasé los cuarenta, la espalda no me da tregua. Si me aventuro a sentirme de veinte, mis rodillas y el cuello me dicen la verdad. Pero como estoy erotizado, mejor no pienso en eso. Hiervo de pasión. Mi sangre es como la lava de un volcán. Un mar efervescente, navegado por pícaros, enrumbados al Edén.

Un pecado amenaza y mi espíritu es un bribón.

Compro una chicha, y le pido a la viejita que le eche canela, como el tono de piel de esa chica, que me sonríe con mil significados.

Pago y no espero el cambio. A distancia, acecho a la hembra. Esos ceñidos pantaloncitos se alejan hacia el banco del parque y me transmuto. Soy Fausto y libidinoso. Le vendí mi alma al diablo.

Los árboles son bellos y el viento sopla sus olores frutales. El Ávila es el monarca absoluto. ¡Qué rico! La chica debe ser de veintipico.

La persigo. Mis ojos salpican sexo y mi cabeza es una habitación de luz tenue.

Se sienta y cruza sus tonificados demonios entaconados. Por si fuera poco, sus pechos son muy generosos, auténticos manjares, hurtados de la mesa de Lucifer. Los labios de esta sirena son el corazón que morderé y su cabello es sedoso, como la bata que envuelve su cuerpo desnudo, en el saciado anhelo de mis fantasías.

Estoy decidido. El volcán que me hierve es mágico y mis achaques se desvanecen.

Dos, tres, cuatro pasos y aquí estoy, sentado a pocos centímetros de mi musa. Tengo la certeza; su sabor tiene que ser más rico que la chicha que me bebí.

¿Qué le digo? ¿Cómo la abordo?

He de disimular.

Mientras delibero sobre la estrategia idónea, algo interfiere. Se destruye el gran momento.

La chica se levanta y – dando brinquitos con sus nalguitas – saluda a la sombra que se aproxima.

No lo puedo creer. Lo borroso ahora es nítido. Viste uniforme y un pito le cuelga del pescuezo. Lleva chaleco y su barba empiojada me recuerda a mi primo Wilfredo, el barrigón.

Convertida en araña mona, la señorita se le encarama al tipo y le zampa un beso, con ese corazón que yo no mordí.

Ya no estoy erotizado.

Camino por las calles. La misma bruma e idéntico caos. Pero algo cambió dentro de mí. Es el fiscal de tránsito. Su desdicha ya no es mi peo.

Se pasan todo el día como monitos malabaristas. Suenan sus silbatos y ladillan sin clemencia. Hacen leyes y las violan. Son tiranos.

Su sueldo lo pago yo y lo pagas tú. Y al término de sus jornadas ¿qué les espera?

Nada más y nada menos que una diosa endiablada y de canela.

Abro el freezer, saco una pizza y la meto en el microondas.

Veré la televisión o jugaré solitario.

¿Y el fiscal? ¿Qué hará ese maldito webón?

Juan Carlos Sosa Azpúrua / @jcsosazpurua

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