Confesión de una ciudadana decente que le compró a una bachaquera

Por Ester Payares el 19/01/2020

Querido diaro,

te juro que fui a cada lugar que pude;

hice cuanta cola, medianamente decente, me fue posible;

acepté todo donativo que muy amable, generosa e increíblemente me hicieron;

me endeudé con algunas cosas;

me abstuve de una larga lista de otras;

agradecí todos los momentos en que la suerte me acompañó para encontrar algún producto, y deseé con todas mis fuerzas que se repitieran con mayor frecuencia.

A veces con mucha –y otras sin ninguna– planificación me aventuré afanosamente a inútiles cacerías, y antes de darme cuenta ya había recurrido al trueque como parte del día a día.

Me rehusé tanto como pude. ¡Lo prometo!

Pero cuando ya nada de eso funcionó, no tuve más remedio que ceder. Admito lo bajo que caí y develo la desdicha que desde entonces me aqueja. Así que hoy, con la frente muy en alto, como una más a quien lo que queda otra opción, o asumiendo la peor de las derrotas –aún no sé cuál postura adoptar– he de confesarlo: ¡Le compré a una bachaquera!

Ahora, cada vez que me cepillo los dientes me enfrento ante el serio dilema sobre lo que resulta peor: recordar la cara de satisfacción de la bachaquera recibiendo y contando –casi acariciando y oliendo– mis quince billetes de cien bolívares por una pasta cuyo valor no llegaba a uno solo, o tener que conformarme con el sabor a sol que se desprende de la misma. Mi hermana insiste en la imposibilidad de que el sol tenga sabor, pero mi sobrino está de acuerdo conmigo; el catire hizo lo suyo en esa pasta de dientes. Así que la poca menta que originalmente traía  (porque es la Colgate básica, esa, la máxima protección anticaries) desapareció casi por completo. Y para colmo de males, como si codearme con bachaqueros no fuera caer suficientemente bajo, mi bolsillo se encuentra más pobre, mientras mis dientecitos reclaman una pasta verdadera.

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