Cinco poemas de Yeats que te moverán el piso y las entrañas

Por redaccionnyl el 30/10/2018

Los poemas de Yeats –nos referimos a los de William Butler Yeats, evidentemente– lo consagraron como uno de los autores más influyentes del siglo XX.

Y eso vivió en una época en la que los autores irlandeses de gran calidad como él prácticamente salían hasta debajo de las piedras. James Joyce, Oscar Wilde, Bernard Shaw… eso sin contar a los que vivieron antes que él y los genios que lo harían después.

Lo cierto es que Yeats ha logrado permanecer inmutable en el tiempo hacerse con un puesto entre los mejores poetas de siempre. De hecho, en una encuesta que hicimos en Nalgas y Libros, el público considera que es el séptimo mejor poeta de todos los tiempos solo por detrás de –léase bien– Shakespeare, Homero, Dante, Poe, Goethe y Blake.

A continuación cinco poemas breves de este irlandés que se preocupó hasta su muerte de mantener en todo lo alto la cultura de su país.

Aceite y sangre

En tumbas de oro y lapislázuli
cuerpos de santos y santas exudan
aceite milagroso, fragancia de violeta.

Pero bajo los pesados cúmulos de arcilla pisoteada
yacen cuerpos de vampiros pletóricos de sangre;
sus mortajas están ensangrentadas y sus labios están
húmedos.

Cuando estés vieja y gris y soñolienta…

Cuando estés vieja y gris y soñolienta
y cabeceando ante la chimenea, toma este libro,
léelo lentamente y sueña con la suave mirada
y las sombras profundas que antes tenían tus ojos.

Cuántos amaron tus momentos de alegre gracia
y con falso amor o de verdad amaron tu belleza,
pero sólo un hombre amó en ti tu alma peregrina
y amó los sufrimientos de tu cambiante cara.

E inclinada ante las relumbrantes brasas
murmulla, un poco triste, cómo escapó el amor
y anduvo en las cimas de las altas montañas
y entre un montón de estrellas ocultó su rostro.

El vino entra en la boca…

El vino entra en la boca
Y el amor entra en los ojos;
Esto es todo lo que en verdad conocemos
Antes de envejecer y morir.
Así llevo el vaso a mi boca,
Y te miro, y suspiro.

Entrega a su amada unos versos

Sujeta tu pelo con horquilla de oro,
y recoge esas trenzas vagabundas.
Pedí a mi corazón que hiciera estos pobres versos:
en ellos trabajó día tras día
una triste hermosura edificando
con restos de batallas de otros tiempos.

Con sólo levantar la perla de tu mano,
ceñir tu largo pelo y suspirar,
corazones de hombres laten y arden;
y la espuma cual cirio sobre la arena opaca
y estrellas remontando el cielo con rocío,
s6lo viven para iluminar tus pies que pasan.

Sangre y luna

Bendito sea este lugar
Y aún más bendita esta torre;
Un poder sangriento y arrogante
Se levantó de la raza
Para expresarla, para dominarla,
Se alzó como los muros
De estas cabañas azotadas por la tormenta.
Como burla he construido
Un emblema poderoso
Y lo canto verso a verso,
Como burla de una época
Medio muerta en la cima.

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