Cinco poemas de Rosana Acquaroni que te llenarán el pecho de belleza

Por redaccionnyl el 08/01/2019

Lo primero que pasa cuando leemos los poemas de Rosana Acquaroni es que volvemos a percatarnos de que estamos vivos. Pero hay más vamoola.

De sus versos sale una fuerza inconfundible que solo transmiten los verdaderos maestros de la palabra. Y vaya que lo es, porque su trabajo por propagar la cultura ha sido incansable.

Es licenciada en Filoligía Hispánica de la Universidad Autónoma de Madrid y profesora de español para extranjeros en la Complutense. Aparte de sus poemas, ha hechos materiales didácticos de gran valor. Pero hemos de concentrarnos en sus poemas porque nos llenan el pecho de belleza. Aquí están cinco.

El mar contiene al mundo

No nos deja olvidar
pues cada ola
es un recordatorio
bramando
nuestra muerte
hacia la orilla.

De “Cartografía sin mundo” 1995

El niño amaestrado

Miraba sus piececitos tapiados
como tallados litorales.
Huir de la tiranía de sus pasos
le haría bien.
Palabras
Descalzándose
Sin tiempo.

De “Del mar bajo los puentes” 1988

Máquina temeraria

Máquina temeraria.
Yo soy la que comienza a no existir.
Mientras ella
se preña
se atraganta
con mis escritos de la tarde.
Desordena
quiebra
despedaza
se adueña
sabe
que yo la escucho desde dentro.

De “Lámparas de arena” 2000

Yo soy la que os escribe…

Yo soy la que os escribe.
Mi luz es un antílope que pace
entre las ruinas del misterio.
El espino que sangra,
el surco desde dentro
que nunca cicatriza.
El manantial sonoro
que se expande en el sueño.

Yo soy la que os escribe.
La lámpara que arde.
La boca movediza que os senda con su luz,
que os conduce a la sombra,
que os aguarda y os hunde
en la profundidad de la caverna.
La luz que os encamina en su ceguera,
la lámpara que os salva.
La claridad que os funda,
la pared que os desnuda,
os alimenta,
os finge y os codicia
y sin embargo,
miente.
La lámpara de arena.

De “Lámparas de arena” 2000

Tiempo de opacidad…

Tiempo de opacidad,
de desencuentro.

Hay mujeres que lloran
tras los escaparates de los supermercados,
golpeando las lunas de las lamentaciones,
en las monumentales góndolas
de los productos lácteos,
de las niños sin nombre
de las huevos de alondra lacerados,
maraña de retales.

Los acomodadores desatrancan la lluvia
en los vestíbulos desiertos de los cines
donde rompen los pájaros y las olas de nadie.

Olvido sin memoria,
olvido fructifica,
olvido da su fruto.
Lo dicen los anuncios
las ofertas
y las liquidaciones,
los oídos que tocan
los ojos que olfatean
los labios que te miran
mientras muerdes
un pedazo de invierno en el fondo de un beso.

De “Lámparas de arena” 2000

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