Cinco poemas de María Victoria Atencia brevísimos e infinitos

Por María Beatriz D'Andrea el 14/05/2019

Los poemas de María Victoria Atencia son el relato vivo de la perspectiva que posee esta española sobre las situaciones de la vida.

Nacida en Málaga en el año 1931 ha dedicado su vida a la poesía desde los 24 años de edad.

Utilizando como recurso los elementos de la naturaleza, algunas vivencias y sus más puros sentimientos, su obra ha obtenido grandes distinciones en el mundo de la literatura española.

Algunos de los premios por los que su obra ha sido reconocida son Premio Andalucía de la Crítica, Premio Luis de Góngora de la Letras Andaluzas y Medalla de Oro de la Provincia de Málaga.

Por esta razón te traemos cinco de sus poemas para puedas tomar lectura de parte de su trabajo. El reflejo ideal del potencial poético de la obra de esta importante escritora.

1. «Rosa»

En el joyero Tiffany’s se marchita
una joven rosa de Jericó. 
Sólo al costado mismo de la muerte
comienzan su plenitud las rosas 
tras la ruptura última del quicio de la sed.

2. «La rueda»

Verdad es que en el mapa figuraba distante, 
que una rueda de mi maleta iba gimiendo, 
y que en las bocacalles 
su cansancio exponían
con razón mis tacones.
 
Signos quizás de pérdida -de la esperanza al menos- 
en la ciudad oscura, 
con mi mapa y más calles de rótulos vedados.
Y ese joven que no sabría decirme
sino el raído azul de su bufanda 
cuando busco un cobijo,
de palabras siquiera.
 
Andar y desandar con la ciudad ajena
como albergue no mío:
dádiva y negación a un torpe rodamiento 
que, de improviso, si esta es la Torre de la Pólvora, 
acalla su insistencia en dar fin al viaje.

3. «Mar»

Bajo mi cama estáis, conchas, algas, arenas: 
comienza vuestro frío donde acaban mis sábanas.
Rozaría una jábega con descolgar los brazos
y su red tendería del palo de mesana 
de este lecho flotante entre ataúd y tina. 

Cuando cierro los ojos se me cubren de escamas.
Cuando cierro los ojos, el viento del Estrecho 
pone olor de Guinea en la ropa mojada, 
pone sal en un cesto de flores y racimos 
de uvas verdes y negras encima de mi almohada, 
pone henchido el insomnio, y en un larguero entonces 
me siento con mi sueño a ver pasar el agua.

4. «El año que viene»

Hacer girar el corazón contra su aguja, 
contra el tiempo y su sangre, contra la memoria, 
desploma mi pared.
¿Seré un rechazo de piedra más, herida en el escombro?
No crujas, por cansada, alma mía enzarzada en mi pared, 
en mi rodar del tiempo.
Está Jerusalén a tientas de la mano, y ya piso su umbral.

5. «Casa de Blanca»

No llamaré a tus puertas, aldaba de noviembre:
el árbol de las venas bajo mi piel se pudre
y una astilla de palo el corazón me horada.

Porque tú no estás, Blanca, tu costurero antiguo
se olvida de los tules, y el Niño de Pasión
va llenando de llanto el cristal de La Granja.

Tiene el regazo frío tu silla de caoba,
tiene el mármol tu quieta dulzura persistida
y bajo tu mirada una paloma tiembla.

Perdidamente humana pude sentirme un día,
pero un mundo de sombras desvaídas me llama
y a un sueño interminable tu cama me convoca.

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