Cinco poemas de Jorge Enrique Adoum breves, poderosos y universales

Por María Beatriz D'Andrea el 14/01/2019

Los poemas de Jorge Enrique Adoum están repartidos en más de veinte libros que los ecuatorianos atesoran y los latinoamericanos admiran.

Alternó su oficio de escritor y poeta con la carrera diplomática. Estuvo en Egipto, Japón, Israel y la India como comisionado de la Unesco. Siempre trató de integrar las culturas de oriente y occidente.

Entre sus muchos premios destacan el Nacional de Poesía de Ecuador y el Xavier Villarrutia de México. Llegó a ser traductor de la Organización Internacional del Trabajo y de la ONU.

Además tradujo con éxito a García Lorca, Eliot, Rilke y Vallejo.

1. Pont St. Michel

Los jóvenes han invadido la tierra por parejas
un pescado abrazado a otro pescado
y en todos los rincones del desierto
el doble animal el montón único
ciegos que se reconocen oliéndose la oreja
o sordos que se oyen con la lengua.

En esta fría devoración quién de los dos es ella
quién pondrá entre los dos una guitarra
quién envidioso los separará con una espada
o les dará colérico noticias de la guerra.

2. La visita

Llamo a la puerta.
-Quién es, pregunto.
-Yo, contesto.
-Adelante, digo.
Yo entro.
Me veo al que fui hace tiempo.
Me espera el que soy ahora.
No se cuál de los dos está más viejo.

3. Home sweet home

De qué carajo sirvió todo el amor sobre todo
si después de todo llegaron las explicaciones
esa excrecencia que le nace al destino
cuando ya se han gastado por el uso los cuerpos
entonces me voy yendo
pero nos quedamos quedándonos
animalmente atados entre nosotros dos.

Y vivieron felices muchos años.

4. El perseguido

¿Es posible que esto sea toda
la historia, solo un día? ¿Una noticia
de ayer, perdida en la penúltima
página, la cotización caída?

Te cobran por la fuerza, los arriendos
vencidos de la tierra, te cobran por las cosas
que tu lámpara hizo agonizar a puro nimbo
y por el corazón y sus jóvenes bestias
que pacen suspirando:
la pólvora, tu amante,
se sacude las manos: «asunto concluido».

Ya eres el que ibas a ser, el mismo polvo
del que algo te aliviaba tu cepillo de ropa.
Cumpliré tus encargos, sigo siendo
el que eras. Ave de paso. Animal profético.

Salud, ángel de paso, irremediablemente intacto.

5. La muchacha de Tokio

«I’m not a professional, I work
in an office of the American Army.»

Sus pies dentro del charco de su enagua.

«I’m always short of money
but I do this very seldom.»

Mi sombra era demasiado grande en su cama,
balsa seca de soltera en el suelo.

Me preguntó si mi país quedaba en África
mientras yo les preguntaba a mis manos por su cuerpo
desganado y anguloso al revés y al derecho.

«Don’t tell anybody what happened tonight,
keep it secret it’s shameful.»

Pero lo cuento porque se pareció a la ternura:
animalito equivocado de honra entre semana,
asustado el sábado por la noche cuando era más honesto.

Y tampoco puedo callar lo verdaderamente
vergonzoso. Aunque fue en otro idioma
y hace tiempo.

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