Cinco poemas de Aldous Huxley, el genio que creó «Un mundo feliz»

Por redaccionnyl el 13/08/2018

Aldous Huxley pasó a la posteridad de la creación literaria como agorero del planeta frívolo y desalmado que predijo con exactitud y que ya estamos viviendo.

Su libro «Un mundo feliz», escrito en 1932, profetizó casi todos los vicios que nuestra sociedades tienen en la actualidad como lastre de la era de la información. Pero mucho antes, desde 1916, Huxley había comenzado a publicar poemarios de virtudes agudas y fuerzas emocionantes.

A continuación, cinco de esos poemas. Los sacamos de una edición bilingüe con traducciones de Jesús Gómez López de 2011.

Amor extraviado

El vino tinto que lentamente caía y rebosaba en la concha
de la perla, donde los labios se habían rozado, tan livianos y veloces
como los pétalos desnudos de la rosa a la deriva
sobre el lento estribillo de laúd
del canto estival de la abeja: riéndose mientras descendían,
memorias doradas: inciensos de sueño, regalos de infancia,
azules como el humo que transportan los lejanos horizontes,
frágiles como las alas de Ariel: –

en la pira estas cosas entrañables extendí;
y se prendió la llama, y fuerte la aticé,
y, cargado de esperanza, pude contemplar el pasado en ruinas.
Ansioso, ante el fuego menguante me arrodillé,
Fénix, para recibir tu inmortalidad…
pero sólo hubo cenizas al final.

Carpe noctem

No hay futuro, no hay más pasado,
ni raíces ni frutos, flores pasajeras solo.
Túmbate tranquila, túmbate tranquila y la noche perdurará,
silenciosa y oscura, no por un espacio de horas,
sino eternamente. Déjame olvidar
todo menos tu perfume, todas las noches menos esta,
la pena, el infructuoso llanto, el pesar.
Solo túmbate tranquila: este lánguido y suave embeleso
florecerá al borde del sueño y se esparcirá,
hasta que no haya nada más que tú y yo
abrazados en un silencio intemporal. Mas como
el que, condenado a morir, por la mañana estará muerto,
yo sé, aunque la noche parezca eterna, que el cielo
ha de iluminarse pronto antes del sol del mañana.

La rueda ardiente

Exhausta de tantas vueltas,
mortificada por tan frenético desasosiego,
ansiando perfilar el dolor circunferente
-la vertiginosa llanta a toda velocidad-
hacia el centro inanimado, y allí reposar,
la rueda debe ir de agonía
en agonía contrayéndose, hasta volver
al núcleo de acero.
Y por fin la rueda encuentra reposo, queda en calma,
agazapada en diamantino núcleo:
cumpliendo su voluntad en lo inmutable.
Pero los ansiosos átomos, en tanto se frotan
cada vez más cerca, más y más,
violentamente unidos, engendran
una llamarada que enhiesta se eleva,
hinchándose de un ardiente,
apasionado, fiero deseo de encontrar
la paz infinita del pecho de la madre.
Y allí la llama es un Niño Jesús durmiente,
luminoso, dulcemente radiante;
toda amargura disipada
en la infinita paz del seno de la madre.
Mas la muerte avanza en una marea
de lento olvido, hasta que la llama asustada
despierte del sueño de su calmo resplandor
y se incendie de nublada pasión y de dolor,
no sea que, al olvidarlo todo en la calma, fenezca.
Pues mientras arde y se angustia se aviva,
engendrando una vez más la rueda que añora
-aquejada de su velocidad- la espantosa quietud
del diamantino núcleo y de la cadena de fuerte acero.
Y así una vez más
girará la rueda hasta cesar su angustia
en la férrea angustia de la fijeza,
hasta que otra vez
la llama se expanda a lo infinito,
sumiéndose en el sueño luminoso
de tan vasta e inconsciente paz.

Las puertas del templo

Numerosas son las puertas del espíritu que llevan
al más íntimo santuario:
y considero las puertas del templo divinas,
pues el dios del lugar es Dios mismo.
Y estas son las puertas que Dios dispuso
que a su casa llevaran: vino y besos,
fríos abismos del pensamiento, juventud sin tregua,
y tranquila senectud, plegaria y deseo,
el pecho del amante y de la madre,
el fuego del juicio y el fuego del poeta.

Pero él que venera en soledad esas puertas,
olvidándose del santuario de más allá, verá
de pronto abrirse los cierres,
revelando, no el trono radiante de Dios,
sino los fuegos de la ira y del dolor.

Magnánimos romanos

Columnas y fuentes eternas,
chorros de escarcha y viva espuma,
desde las siete montañas dejémoslas saltar,
Las siete colinas de Roma.

Por resonantes arcos y bóvedas flanqueadas,
dejemos las calles marchar triunfales;
mandemos a los acueductos marchar
por la llanura de abajo infatigables.

Elevados como columnas hacia el aire azul,
dejemos a los Césares de mármol estar;
dejemos a los dioses, que en vida eran
romanos, una mano dorada levantar.

Muchos, pero cada uno solo, una multitud,
aunque de romanos, atestan sus sepulcros;
ellos mismos divinos fieles,
dioses ante dioses suntuosamente inclinados;

los romanos se inclinaban ante figuras que ellos,
escultores de la mente, liberaban;
suplicando poder ser
iguales que aquellos a quienes oran.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com