Cinco breves y seductores poemas de Alberto Ángel Montoya

Por María Beatriz D'Andrea el 03/03/2019

Los poemas de Alberto Ángel Montoya ofrecen todo un mundo de poesía romántica trabajada de manera magistral. Un escritor que fue considerado como poeta de gran nivel en contenido y elegancia literaria.

Nacido en Colombia en la ciudad de Bogotá en el año 1902, fue calificado como el maestro del soneto en latinoamerica.

Su muerte fue para el año 1970 después de dedicar su vida exclusivamente a la creación de poesía romántica. También se le llegó a conocer como una persona enamorada de lo bohemio y de la figura de la mujer.

Entre sus obras se encuentran los libros «El alba inútil» y «La vigilia del vino». De estas se puede encontrar actualmente un volumen en donde fueron reunidas llamado «Lección de poesía».

A continuación podrás conocer cinco de sus poemas que muestran parte de su trabajo poético. Observe la elegancia con que este escritor creó y estructuró cada uno de sus armoniosos poemas.

1. «Cena»

Una historia de ayer traza tu fino
labio en carmín, y es hoy en tus ojeras.
Y hay un collar de olvidos y de esperas
si se yergue tu cuello alabastrino.
Las orquídeas ensayan tu destino
en un haz de fugaces primaveras,
y se curvan tu labio y tus ojeras
a la vez sobre el llanto y sobre el vino.
Pero no lloras.
Elegante y ducha en el amor,
sonríes a la pena.
Un llanto oculto con tu risa lucha,
y así bebes y ríes.
Mas la cena es ya el recuerdo de otra cena.
Escucha:
son los «Cuentos de los bosques de Viena».

2. «La iniciada»

El destino, voluble caballero embriagado,
se fastidio ayer tarde con tu inútil promesa
y te vendió a la noche. Y la noche tahuresa
te jugó sobre el verde tapete del pecado.

Yo que aceché la gracia de tus horas, y presa
tu doncellez sabía de un fervor resignado,
lancé mi primer ruego como si fuera un dado
y le gané a la noche tu boca y tu promesa.

Le ofreceré a la noche desquite si mañana
hastía mis orgullos tu juventud liviana:
falsa moneda rubia que me gané al acaso.

Pero hoy en el suntuoso festín de bienvenida,
la copa de tu cuerpo será pulido vaso
para escanciar el triste champaña de la vida.

3. «Ella»

Ella está aquí, presente en la distancia
que separa su nombre de mi oído
y está aquí en el espacio estremecido
que hay entre mi recuerdo y su fragancia.

Ella se fue, y aún yerra por mi estancia
su nombre en su perfume diluido,
que por marcarle un límite al olvido
se hizo nombre y perfume la distancia.

Ella está aquí, presente en el abismo
de su ausencia en aroma. En el amargo
acento de su nombre en mi mutismo.

Que de tan corto amor, dolor tan largo,
sólo es nombre y perfume… Y sin embargo
yo pude acompañarla hasta mí mismo.

4. «Tu pie»

Nardo y rosa, tu pie guarda una clave
de voluptuosidad que me estremece,
cuando en la alfombra silenciosa y suave,
bajo tu bata, al caminar, florece.

Si en las manos lo tomo, me parece,
transido al roce de mi tacto, un ave
que al sentirse cautiva, desfallece:
tan pequeño es que entre mi mano cabe.

Ni en la húmeda curva de tu labio,
ni en tu seno rotundo, ni en el sabio
giro sensual mi esclavitud persiste.

Ese pie, nardo y rosa, diminuto,
en el espasmo breve de un minuto
tornó mi beso eternamente triste.

5. «Perennidad»

Señora, estoy aquí en el sitio
de aquel diván y aquel recuerdo.
Es ya ceniza el fuego extinto,
pero al crepúsculo otro leño
se encenderá para el olvido
y habrá otro amor cerca del fuego.
-Tedio del goce en lo previsto
tras la igualdad de lo diverso-.
Yo estaré solo y en mí mismo.
Tú de ti misma estarás lejos.
Pero aunque todo esté distinto
y se ilumine un amor nuevo,
tú volverás desde el olvido
en el crepúsculo y el fuego.

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