CDMX: Trademark. Por Adolfo Vergara Trujillo

Por redaccionnyl el 27/09/2017

I.

Alguna vez leí que, al contrario de una armonía, que acopla sonidos de manera placentera al oído, ruidos como las sirenas de las ambulancias o de los camiones de bomberos están diseñados precisamente para lo contrario: alarmar al escucha.
Y juro por mi hijo que no he escuchado un sonido más aterrador —por lo que implica, por lo que representa, por lo que significa— que la alarma sísmica de la Ciudad de México.
Hoy, sin embargo, la alarma sísmica sonó unos 20 segundos tarde.
Al parecer el terremoto no se originó en el mar, sino en tierra, en los límites de los estados de Puebla y Morelos.

II.

Siete horas después del terremoto —bautizado por los millenials como “19-S”— llego a casa y compruebo que mi hijo y mi esposa están bien. Luego de hablar con mis hermanos y amigos, salgo a las calles de esta Marca Registrada que hoy se le vende al mundo como “CDMX”.

III.

Mi barrio, la Colonia Portales, tiene afectaciones importantes: tres derrumbes mortales, docenas de edificios muy dañados y muchos rumores de desgracias ocurridas o por ocurrir.
Las esquinas de la calle de Petén y el Eje 6 Sur Zapata, de las calles Emperadores y Tokio, construcciones de las calles de Bretaña, Saratoga, Ajusco, muchas de esas que conozco, que acostumbro caminar al lado de mi chamaco mientras pedalea con furia su triciclo, están cerradas por Protección Civil.

IV.

Camino al lado de mi hermano, buscamos a dónde a ayudar y, mientras nos acercamos a la esquina de Petén y Zapata —el derrumbe más cercano a mi casa— pienso en cómo meterme en los escombros para salvar gente, igual que hizo él en el Temblor de 1985.
El apoyo de voluntarios se concentra allí y no nos permiten avanzar. Hay exceso de voluntarios, lo que de pronto es igual a que no haya nadie ayudando.
Alguien de Protección Civil ordena el caos y nos da las gracias; nos envía al cruce de las avenidas de Ermita y Plutarco Elías Calles, del otro lado de la Calzada de Tlalpan, pero elementos de la Marina Armada de México ya no nos permiten el paso.
Caminamos al centro de acopio ubicado en la Albarca Olímpica, en la esquina de Río Churubusco y Avenida División del Norte, y ahí nos toca, “simplemente”, conformar cadenas de brazos para descargar los vehículos que llegan con víveres y medicinas, o acomodarlos y clasificarlos para luego llenar grandes camiones con agua, despensas, palas y picos, que salen a los estados de Morelos, Puebla y Oaxaca.
Todo se hace de mano en mano, con voluntad, sin discusión. Sabemos que si a alguien se le cae una caja, una botella de agua, un bulto de ropa, se interrumpe la cadena y se pierde tiempo; y ahora, más que nunca, el tiempo es oro. Pero casi nadie se equivoca a pesar de la tormenta que cae en el Sur de la ciudad, a pesar de esa oscuridad que las linternas no alcanzan a cortar.
En la madrugada llegan los vecinos más humildes a ofrecernos un poco de café de olla, un tamal, un pan dulce.
La exigencia del trabajo decae por momentos, pero en cuanto un camión llega, cientos de voluntarios nos ponemos de pie, en fila india, a cargarlo de víveres en minutos.
Sin embargo, tengo la sensación de que no estoy ayudando demasiado con sólo cargar garrafones de agua y cajas de despensa; quisiera estar en los derrumbes acarreando cubetas con los escombros de los edificios.

V.

Ya es jueves y, más allá de mi barrio, mi ciudad está devastada. Los destrozos en la calle de Ámsterdam, en la Colonia Condesa, con el Parque España acondicionado como centro de acopio-albergue; la calle Álvaro Obregón, en la Colonia Roma, con muchísimos daños, incluidas sus librerías de viejo. Pero también las colonias Del Valle, Taxqueña, Coapa, Lindavista y zonas humildes de Xochimilco, de Iztapalapa, de Tláhuac tienen emergencias.
Las imágenes en televisión, en redes sociales, son angustiantes.
Me comunico con amigos y colegas quienes están en zonas de desastre y afirman que rescatistas y binomios caninos de Honduras, Japón, Turquía, Israel y España van llegando a esos lugares; aseguran que la fuerza de brazos para cargar escombros fluye y se releva con oportunidad. Me recomiendan seguir en el centro de acopio de la Alberca Olímpica.
—Gracias —me dice uno de ellos.
—¿Por qué? —le pregunto.
—Porque es igual de importante el envío de víveres fuera de la ciudad, que remover escombros dentro de ella… Y tú te diste cuenta de eso.
Pero no es cierto.
No me di cuenta de nada.
VI.
Luego de tres jornadas comienzan a llegar noticias de los poblados más alejados en las provincias afectadas: los habitantes —los más pobres de México, esos que nunca conocerán la “CDMX ®”— agradecen a los donadores, a los voluntarios, a los choferes que llevaron la carga hasta allá, a donde tenía que llegar.
Luego de tres jornadas, mis piernas, mis brazos, mi cadera, opinan que sí, que valió la pena.

VII.

Es el viernes 22 de septiembre y, todavía con luz de día, salgo del centro de acopio de la Alberca Olímpica. Ya hay luz eléctrica por la noche, sanitarios móviles para orinar. Pero la intensidad ha disminuido notablemente.
Camino unas cuantas cuadras hasta mi departamento y se me antoja descansar los pies, recostarme con mi mujer y mi hijo, tomar una cerveza.
—Ya no bebas —me dice mi mujer cerca de la medianoche.
Al otro día, a las 7:54 de la mañana, se activa la alarma sísmica otra vez.
—¡Y tú que anoche te querías embriagar! —me recrimina ella.
Carajo.

VIII.

Meterse a bañar en dos minutos por miedo a que una réplica feroz del sismo lo agarre a uno enjabonado es terrible. Impensable sentarse a cagar con la calma necesaria para terminar un cuento de Felipe Polleri, un relato de Marcelino Freire, un texto de Daniel Espartaco.

IX.

La corrupción es también una forma de terrorismo.
Muchos de los edificios rajados por el 19-S son nuevos, de muy reciente construcción.
La Delegación Benito Juárez, donde vivo, comenzó a experimentar un auge inmobiliario hace más de 15 años. Los precios de venta y de renta de vivienda, en un barrio tradicional, de nivel medio como el mío, se fueron por las nubes desde que las grandes constructoras compraron las casas antiguas y, en su lugar, levantaron edificios de 15, de 20 pisos, algunos de ellos hoy deshabitados debido a los daños que sufrieron el martes.
Poco ha importado la insuficiencia de agua, de estacionamientos, de parques, de condiciones adecuadas de movilidad: las autoridades delegacionales autorizaron toda construcción que pagara las licencias, sin importar que cumplieran o no con los parámetros de construcción establecidos luego del Temblor de 1985.
La Revista Proceso, en su número 2134, del 24 de septiembre de 2017, publica un reporte especial de José Gil Olmos: “Los cimientos podridos del boom inmobiliario”. El texto documenta los actos de corrupción entre las constructoras y los tres niveles de gobierno —sin importar el partido político al que pertenezcan— para “construir barato y vender caro”.
¿Quién va a rendir cuentas mañana? ¿Los empresarios inmobiliarios? ¿O los políticos de mierda?
La corrupción también asesina personas. Asesina niños en escuelas, mamás en su trabajo, papás en su casa; asesina hermanos, abuelitos, tías.
La corrupción es un acto de terrorismo en México.

X.

No lo digo yo, lo han dicho miles de muchachos, de jóvenes, de chicas de 17, de 20, 25, de 35 años de edad, los mismos con quienes cargué víveres, esos que me prestaron su teléfono celular cuando el mío se quedó sin pila, los que le aplaudían a todos los coches que se alejaban luego de entregar su ayuda, los que cantaban el ‘Cielito Lindo’ en medio de la lluvia para darse ánimo: ¿Qué clase de país prepara unas elecciones federales de cientos de millones de dólares y no tiene medicinas, ni siquiera palas y picos, para una emergencia? ¿Qué clase de gobiernos locales detienen ayuda humanitaria para lucrar políticamente con ella? ¿Qué clase de gran capital del mundo, como la grandilocuente “CDMX”, permite corruptelas en la construcción de su infraestructura? ¿Qué clase de autoridades obligan a la población a regresar a la escuela o a los lugares de trabajo, una semana después del desastre, sin contar con el peritaje adecuado? ¿Qué clase de televisoras inventan telenovelas en vivo desde una primaria derrumbada?
Buena parte de la población del país, hoy mismo, vive un estado de emergencia, el cual es simplemente insuperable en una puta semana.
Pero México es más que unas elecciones federales, más que sus gobiernos locales, más que una gran capital del mundo, más que sus televisoras caducas: esto me lo hizo saber esa generación que viene detrás de la mía.
Los millenials ya comenzaron a hablar, a actuar, a organizarse. Ya tomaron la ciudad —la CDMX— y la “registraron”, ahora sí, como suya.
Espero que su aliento les alcance para tomar el país entero.

XI.

Ha pasado una semana desde el 19-S y me dispongo a arreglar un poco mi estudio, que con el terremoto quedó, literalmente, de cabeza.
No lo hice antes porque no pude.
No lo hago ahora porque no importa.
Despejo parcialmente mi escritorio y comienzo a escribir estas líneas.
Un aire ligero, fresco, mueve levemente las persianas y me provoca un sobresalto; y es que a uno se le olvida de pronto distinguir entre una inocente brisa, de esas de principios de otoño, y las señales de un temblor.

Adolfo Vergara Trujillo / @ToBeFreak

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