Zelotes. Relato de una matanza real

Por Néstor Luis González el 02/10/2016

I
Tengo seis meses sin ver a mi esposo. Mi madre bien me lo dijo: tú sabes en qué problema te estás metiendo al casarte con un zelote cuya cabeza tiene precio en todo el imperio. ¡Esos imbéciles! Su fanática resistencia a los romanos nos costará caro a todos los judíos un día de estos. Oí decir que vienen en camino, y que los persiguen ochenta mil soldados para matarlos. Que Dios se apiade de nosotros.

II

Hoy amaneció a mi lado luego de tanto tiempo. Pensé que el amor se me había ido por la ventana de tanto ver el horizonte, pero anoche comprendí cuanto lo extrañaba. Ha de ser cierto lo que dicen, ya los romanos deben tener rodeada la ciudad y nuestra muerte será cosas de horas. Pero, ¿de qué me sirve la vida si no apoyo la causa de mi esposo?

III

Dicen que son setenta mil de infantería y diez mil de a caballo los que están sitiando a nuestra Jerusalén. Desde que llegó sólo habla con sus compañeros acerca de la estrategia que usarán para defenderse. A mí apenas me dirige la palabra para decirme que abra las piernas varias veces al día. No sé cómo tiene cabeza para esas cosas con la muerte tocándonos a la puerta de la ciudad. El Altísimo me permita tenerlo a mi lado mucho tiempo.

IV

Han pasado cinco meses y la resistencia va por buen camino. Han logrado evitar la entrada de los romanos, pero los demás judíos se están quejando por la falta de alimentos. Incluso, el gran sacerdote Ananías exhortó al pueblo a revelarse contra los zelotes. Pero mi esposo y sus amigos hicieron un sorteo para ver a cuales sacerdotes matarían primero, y ya no queda ninguno. La ciudad está llena de cadáveres. Ya mi esposo no me toca y por eso no tiene motivos para hablar conmigo.

V

Los zelotes se han dividido en varios bandos que luchan y se matan entre sí. Creo que el pueblo ruega la llegada de los romanos, pero estos no han aprovechado la oportunidad. En cambio están haciendo que muramos de hambre porque ya no hay víveres en Jerusalén. El bloqueo ha sido fuerte y he visto guerreros enloquecidos por el hambre hurgando en las entrañas de los muertos a ver si hallan algún alimento sin digerir.

VI

Desde mi ventana puedo ver las colinas y al estático ejército romano esperando que acabemos con nosotros mismos. He llegado a comer insectos y ratas hervidas que yo misma cazo sin salir de mi aposento. Hace semanas no veo a mi esposo y supongo –sin llorar porque ya soy animal- que murió allá afuera.

VII

Hace más de un año comenzó esta tragedia y estoy tan delgada que bien podría pasar por los recovecos donde se ocultan mis ratas. Los romanos comenzaron a asaltar la ciudad por el oeste. La noticia me hizo correr al templo y contemplé la sangre de miles profanándolo. Un zelote ensangrentado que apilaba cadáveres como buscando vida me ordenó partir con él. Me juró que viviría y escapamos por el sur junto a un millar de personas.

VIII

Creo que aquí estaremos bien por ahora. Los romanos ya saben que nos ocultamos en las fortificaciones de estas montañas, pero no han hecho más que presentarse al pie de la cumbre. Conmigo hay otras mujeres y niños de todas las edades. El hombre que me ayudó es el líder de la rebelión. Su nombre es Eleazar ben Jair, y ya soy su mujer.

IX

Estamos completamente marginados del resto del mundo. Pero hemos sido capaces de seguir vivos durante dos largos años dentro de estas murallas construidas por Herodes el Grande. La legión romana que nos rodea aumentó ayer su número y acampó bajo las montañas como para llenarnos de terror. No vale la pena luchar. Son demasiados. Eleazar dice que somos tan pocos delante de ellos que no nos matarán, y que más bien nos atraparán para torturarnos y luego vendernos como esclavos.

X

Hoy al amanecer, Eleazar ordenó a los hombres matar a sus esposas e hijos y luego quitarse la vida ellos mismos. Entre todos acordaron preferir la muerte antes que vivir a merced de los romanos. Una joven sin familia me abrazó llena de pánico y yo me aferré al juramento que me hizo Eleazar antes de abandonar Jerusalén. Así, ella y yo fuimos testigos del asco, del dolor, del odio, de la cobardía y del valor de aquellos novecientos setenta judíos. Los romanos sintieron aquellas muertes como una derrota, y lo que pasó con nosotras poca importancia tiene.

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