Y el mommy porn llegó para quedarse: el éxito de 50 Sombras de Grey

Por Aglaia Berlutti el 03/01/2016

Todo éxito editorial comienza con una anécdota. El consabido cuento de Dan Brown tropezando con una misteriosa carta sobre simbolismo, Stephenie Meyer soñando con Vampiros, Suzanne Collins obsesionada con la vida militar. Con “50 sombras de Grey” de la escritora británica E. L. James, ocurre lo mismo: cuenta la leyenda que un día, un grupo de lectura en Australia, se topó con el libro. Lo discutió, lo leyó por meses. Se enamoraron de la historia, el chisme corrió…y a la vuelta de un año, el libro – la trilogía más bien – se convirtió en un fenómeno editorial que devolvió a la palestra el género erótico y además, brindó a las fanáticas de las novelas románticas – porque 50 sombras de Grey es por encima de todo, un gran dramón romántico – un nuevo héroe por el cual suspirar: Christian Grey. Así de veleidosa es el amor del público: Olvidado Edward Cullen y sus sufrimientos, ahora tenemos a un misterioso millonario, que en resumidas cuentas parece ser el nuevo objeto del deseo de toda esa gran fanáticada de los éxitos de librería se refiere.

¿Pero que es lo que sucede con 50 sombras de Grey que parece situarlo en el Olimpo de las ventas y en el gusto popular? Una vieja formula, que de tanto repetirse, nos parece nueva cada vez. En esta ocasión lo novedoso no es el vampiro, sino el ambiente secreto y pretendidamente misterioso de una relación Sado Masoquista entre una virgen de 21 años y un millonario con un pasado turbulento. A la primera mirada, parece un tema escandaloso, de eso que asombran y crean enconados enemigos, pero es la misma historia de amor que hemos venido escuchando desde que Blancanieves decidiera morder una manzana envenenada y La bella Durmiente abriera los ojos para encontrarse con un caballero en blanca armadura: romance. Porque si algo sobra en “50 sombras de Grey” es esa idea de la doncella prendada del caballero imposible, del hombre con un pasado inquietante que debe ser salvado por el amor, de la intensidad de las miradas y todo cliché inventado por la literatura para hablar de pasión…todo esto aderezado con largas y explicitas escenas de sexo donde sobran sinónimos y la escritora parece deleitarse en crear un ambiente de pretendida intimidad que nunca termina de cuajar. Porque donde falla “50 sombras de Grey”, es justamente en esa reinvención del mito, de lo conocido, de lo que debería parecernos asombroso por su nuevo lustre: Una mirada al sexo crudo y duro como parte, también, del amor. Simplemente no logra remontar su propia necesidad de justificarse como parte de un género en el que quiere calzar sin lograrlo suficientemente. O quizá se deba a que a pesar de las detalladisimas y extensas escenas de sexo donde la escritora reitera una y otra vez ese poder de la sexualidad para comunicar, para crear y para establecer lazos, cualquiera sea su tenor o la emoción que provoque, no logran transmitir otra cosa que curiosidad. Y al menos en eso, “50 sombras de Grey” peca de ingenua: esta no es una historia sexual con ingredientes de novela romántica, sino justamente lo contrario, y es lo que hace de ella un producto intermedio en mitad de una nada deseable confusión: No es erótica por definición, tampoco romántica por consecuencia. Es un híbrido entre ambas cosas, carente de sustancia y la mayoría de las veces, de interés.

De la secretaria al Castillo: todos con el látigo en la mano

Hace unos años, el director Steven Shainberg presentó una pequeña rareza al mundo cinematográfico llamada La Secretaria, con una jovencisima – y muy bien plantada – Maggie Gyllenhaal y un misterios James Spader. La película, de argumento sencillo pero lo bastante contundente para asombrar, era básicamente una drama en pequeñas escenas intimas que contaba la relación de una chica adicta al dolor y la autoflagelación y un su jefe, un dominador silencioso, duro y distante emocionalmente. El resultado es explosivo: hay escenas de lírica y casi dolorosa belleza, y la intimidad entre los personajes crece hasta convertirse en un linea argumental por si misma. Pero sobre todo, hay ese poder de evocar, esa necesidad de comunicación muda que es a la vez el sexo, el dolor, la extrañas rutinas de amor y dolor al que se somete el personaje de Maggie Gyllenhaal con toda entrega. Los pequeños símbolos de intimidad, de profundo entendimiento, envuelven una historia de amor – porque la Secretaria también es una historia de amor, claro – hasta crear un leivmotiv tan espléndido como desconcertante. Porque en lo que triunfa la Secretaria y falla estrepitosamente “50 sombras de Grey” es que mientras en una el sexo es parte de esa furiosa necesidad de entenderse – y se hace cada vez más intenso, duro, incluso perverso a medida que la pareja de personajes se siente más unida – en la otra solo es una excusa para que la historia de amor prospere, sin sentido ni dirección, dando bandazos entre la inconsistencia del personaje de Ana y la intención de la escritora de convertir a su Christian en un objeto del deseo. Y lo logra, sin duda, aunque con torpeza y sin demasiada elegancia.

Hace unos meses atrás, comentaba que soy una gran fan de la literatura erótica. E incluí una lista ( si quieres leerla, haz click aquí ) de mis libros favoritos del género. Uno de ellos, “La historia de O” de Pauline Réage siempre me ha parecido uno de los más poderosos y sobre todo, cautivadores que he leído. También cuenta la historia de una mujer que encuentra la plenitud sexual en medio de prácticas sexuales cuando menos extravagantes, pero aunque el tema de “La Historia de O” es el amor, esta vez es comprendido como una perdida absoluta de control, un caos que conduce a la libertad. Un poder tan gigantesco, que la protagonista parece encontrar su raison d”être, a la manera de las viejas novelas de antaño, en esa pasión descarnada, en ese absoluta capacidad para la entrega y el olvido de si misma. Y que a poco sabe, “50 sombras de Grey” con su Ana entregándose por “amor” a lo que debió ser una salvaje redención de si misma, con un personaje masculino que parece más obsesionado por su propia belleza y la estética que por lograr esa dominación mental y física que durante todo el libro intenta justificar. Y de nuevo, “50 Sombras de Grey” falla por su falta de belleza, por su necesidad, repetitiva y sin sentido, de analizar el sexo, crudo, duro y sin rostro, como una donación física y mental al “amado”, sin reservas, sin búsqueda personal, sin otra idea que una elaboración de un concepto de romanticismo donde pareciera que el último fin ni siquiera es el amor, como vinculo de unión, sino que ese que salva, ¿Y a quién hay que salvar? Por supuesto que al misterioso, aparentemente atormentado y poco sustancioso Christian Grey.

De manera que, no queda sino asombrarse, con esta nueva reinvención del género romántico, que parece crear lo que se llama con justicia “mommy porn” , una especie de hijo huérfano entre las antiguas novelas de Arlequin tan terriblemente populares en los años “70 y todo ese nuevo subgénero literario del hombre inalcanzable y misterioso que hay que salvar. Tal vez todo se resume a que el héroe romántico cambie por la década y si antes fue “muerdeme, muerdeme Edward”, ahora es “Pegame, pegame Christian”.

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