Venezuela, otro socialismo que necesitó volverse dictadura

Por redaccionnyl el 31/03/2017

Desde hace más de un año millones de venezolanos hurgan en la basura tratando de dar con algo de comida, resultado de una supercrisis que comenzó con la caída abrupta de los precios del petróleo, único sostén de las políticas socialistas del fallecido mandatario Hugo Chávez.

Su sucesor, Nicolás Maduro Moros, trató de continuar la política de “subsidio a todo” hizo que el chavismo ganara elección tras elección durante más de tres lustros, pero sin dinero no hay mucho que repartir.

Pese a las enormes filas para poder comprar alimentos de primera necesidad y a la inflación más elevada del planeta, los dirigentes chavistas (ya alejados de la realidad de la población), se mostraron siempre confiados de ganar las elecciones parlamentarias e incluso exigían que la oposición se comprometiera por medio de un documento extraordinario a aceptar su eventual derrota.

El resultado fue una abrumadora derrota al chavismo, la más grande de sus historia. La oposición logró suficientes puestos en el parlamento para hacer prácticamente todo lo que la constitución le permitiera, y los venezolanos creyeron que se trataba del principio de un cambio. Sin embargo, antes de entregar sus funciones en el parlamento, las fuerzas oficialistas nombraron nuevos magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), todos chavistas confesos.

Este TSJ se ha dedicado a torpedear cada decisión de la Asamblea Nacioanal y a dar la razón a todo lo que dice o solicita el presidente Nicolás Maduro.

Ahora, cuando el papel de la Asamblea Nacional era poco menos que nulo, el TSJ quiso ir más allá y decidió asumir las funciones de esta alegando la indebida incorporación de tres diputados indígenas que el chavismo acusó de haber ganado indebidamente.

En resumen, con un rechazo cercano al 80%, el chavismo decidió que el único poder que no está bajo su tutela absoluta, perdería sus competencias. El malestar nacional e internacional no se hizo esperar. Mientras la mayoría de los países exigen el restablecimiento del orden constitucional, los más allegados a la revolución bolivariana disimulan pidiendo “diálogo” entre el gobierno y la oposición.

Puertas adentro, hasta la fiscal general de la República, figura polémica excesivamente ligada al chavismo, ha levantado su mano en contra de lo que hizo el TSJ.

En las calles la situación contrasta: mucha gente sigue revisando en la basura a ver si come algo, mientras algunos –muy pocos– detienen el tráfico con pancartas y tratan de hacer entender a la población lo que ocurre. Pero la gente parece ensimismada en el difícil acto de tratar de sobrevivir en Venezuela.

Antes de decidirse por el socialismo como sistema, Hugo Chávez estuvo en una búsqueda que lo hizo incluso blandir la espada de la tercera vía. Pero pronto entendió que con un chorro de petróleo tan grande podría mantener a la suficiente cantidad de gente como para ganar elecciones una y otra vez. En ese sentido mandó a certificar sus reservas internacionales de crudo, cosa que ningún país hace desde los años 70, como para dejar claro que había petróleo, y socialismo, para rato. Lo que no consideró fue una caída de los precios.

Hoy, la caída de la popularidad de chavismo es tan abrumadora, que desde la esfera mediana alta de la boliburguesía (segmento del que el mismo Chávez aceptó su existencia) se insiste en que “necesitamos una dictadura para salir adelante”.

Si esas palabras tan copiosas entre los chavistas adinerados son resultado de lo que se dice más arriba, no es algo que tengamos claro. Pero las últimas decisiones apuntan a que sí, a que, a falta de apoyo popular y a un año de nuevas elecciones presidenciales, el chavismo no tiene otra alternativa que aferrarse al poder de la forma más primitiva: a la fuerza.

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