Una vez más: ¿Por qué lees? Por Enza García

Por Enza García el 03/08/2016

Hace meses cuando mi cuento Visitantes sin nubes* apareció en la Revista Buen Salvaje España me dediqué a compartirlo en mis redes sin mayores consecuencias. Esto es, que no lo leí, como suelo no leer muy pronto mis relatos cuando salen publicados en papel o nubes digitales, porque de lo contrario caigo en una sola arrecherita incontrolable: sucede que salto a una larga fila de reproches sobre la calidad del texto y termino muy amargada, haciendo correcciones mentales que ya no vienen al caso. El asunto es que esta mañana me encontré en la necesidad de leer Visitantes sin nubes.

¿Por qué uno escribe un cuento? Confieso que me irrita cuando me preguntan las razones detrás de alguno de mis cuentos o cuando la gente me escribe con sus hipótesis esperando mi aprobación. Hay razones más secretas que otras, y el proceso a ratos es evidente y a veces no. En ello convergen la tradición, la técnica y una energía numinosa; un cuento es, a mi juicio, un equilibrio perpetrado por cierta biografía personal y el catálogo de autores que te acompaña. Al menos, en mi caso, si escribo un cuento es porque quiero hablar de mí (o conmigo sobre mí, mejor dicho) pero también porque quiero dialogar con ustedes, el mundo ancho y ajeno, que también ha sido escrito por otros que se parecen a mí, al menos en la cuestión del género humano. Estas observaciones quieren hacerse públicas porque esta mañana cuando leí Visitantes sin nubes fui testigo de una conmoción casi inédita en los años que tengo escribiendo: claro que me fastidié y me lamenté por no haberlo corregido más. Pero cuando llegué el pasaje que he citado al principio de este texto, sentí que me había parado en la cumbre de un hallazgo afortunado: la verdad es que no recordaba el pasaje y fue como leerlo por primera vez. Pero entonces vino a mi encuentro el momento exacto en que lo escribí y recordé por qué lo había hecho: porque era algo que yo había pensado a los 11 años, la edad del personaje que lo dice en el relato. Cuando empecé a interesarme por los libros lo que más cautivaba mi atención era la gente que leía: ¿Por qué lo hacen? No era gente que andaba a mi alrededor sino más lejos: en las películas, sobre todo, o en los pocos libros a los que pude tener acceso en ese entonces. Yo intuía que había otra gente, en otro lado, que podía escribir, pero sobre todo, leer. Por ejemplo, estaba claro para mí que muchas películas de terror eran adaptaciones de las obras de Stephen King, y me preguntaba por aquellos que sí podían leer esos libros además de ver las películas. ¿Se asustaban igual? ¿Podían prescindir de las imágenes? ¿Cómo sentían la inminencia del miedo? Entonces leer era estar en otra parte, leer era hacer de la muerte no más que una transacción de la vida. Leer era aprenderse una canción y sentir que el pecho se convertía en un dispositivo de fuegos artificiales con dragón chino incluido. La pregunta que prefiero es esa: ¿Por qué lees? Porque leer no te salva de nada, salvo que seas un hipócrita. Pero sí le otorga cierta dignidad al hecho de estar solo; y no solo porque te falte gente alrededor o incluso gente que te quiera, sino porque estar solo es fundamentalmente tener que hablar contigo mismo, y habría que ser muy hipócrita como para no reconocer que ello es una cuestión a ratos muy difícil y antipática.

Pues eso, hay muchas cosas detrás de un cuento. A veces podemos hablar sobre ellas y a veces nos toma varios años.

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