Una noche, un tren, cuatro escritores (una anécdota fascinante)

Por redaccionnyl el 08/09/2016

Una noche, un tren, cuatro escritores

Cuando a comienzos de 1968 Checoeslovaquia intentó liberarse del rígido control soviético, Milan Kundera, que aún no era un escritor de moda, invitó al país a Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y a Julio Cortázar tres latinoamericanos que conocían perfectamente cómo se vive bajo una dictadura.

Y los tres decidieron participar a pesar del miedo a volar de García Márquez. Por eso finalmente fue en tren que atravesaron Europa, de noche, hasta Praga. Y además, ¿dónde se ha visto un latinoamericano, por añadidura escritor, que tenga urgencia por llegar? También por esta razón, Carlos, Gabriel y Julio partieron de tarde y no cerraron los ojos en toda la noche, ni siquiera un minuto. Obligado a seguir las vías, el viaje en tren es igual para todos, sin embargo cada uno parece recorrer un itinerario distinto. Cada uno lleva consigo, al alzar la vista por la ventanilla en un momento dado , para mirar afuera, y ver una casa, un albergue, un hombre que escapa a los otros. Cada uno tiene sus propios pensamientos. Cada uno viaja con sus recuerdos, su nostalgia, su esperanza, y pregunta, o cuenta, historias diversas. De ese viaje conocemos las impresiones de García Márquez y de Carlos Fuentes : Cortázar nunca lo ha contado. “Habíamos hablado de todo –cuenta el colombiano- mientras transcurría la noche y atravesábamos las dos Alemanias con su océano de remolachas, sus inmensas fábricas de todo tipo, sus ruinas de guerra atroces y de amores violentos”.

A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurre preguntar a Cortázar ¿por qué y en qué momento y por decisión de quién fue introducido el piano en la orquesta de jazz? La pregunta era casual y no tenía la pretensión de conocer ni una fecha precisa ni un nombre determinado, pero la respuesta se convirtió en una conversación deslumbrante que se prolongó hasta el alba, entre enormes vasos de cerveza y salchichas con papas fritas. Cortázar, que tenía una gran facilidad de palabra, hizo una reconstrucción histórica y estética que culminó con las primeras luces de la mañana en una homérica apología de Thelonius Monk”. También el recuerdo del mexicano es puntual: “Este hombre era una alegría porque su cultura era alegre. Gabriel García Márquez y yo lo recordábamos mientras pasaba revista a su conocimiento de la novela policial, en ocasión de un largo viaje a Praga en 1968, con la intención de salvar lo irrecuperable: la primavera del socialismo de carácter humano”.

Sentados en el bar del tren, comiendo salchichas con mostaza y bebiendo cerveza, mientras lo escuchábamos recordar la progenie del misterio dentro de los trenes, de Sherlock Holmes a Agatha Christie, a Graham Greene y Alfred Hitchcock…lo recuerdo bien. » En suma, no dejamos de hablar. Naturalmente ! Cortázar se complacía en ser un obstinado habitante de una zona intersticial, ¿y qué puede ser más intersticial que una conversación nocturna en un tren a caballo entre Europa y el Oriente ? De aquel momento en que el argentino –que había llamado a su gato como uno de los filósofos de Frankfurt – Theodor Adorno, con gran envidia de Marcuse – hipnotizó a sus dos compañeros con la voz y con los gestos, pasando ágilmente de un argumento a otro, mientras ellos, como hermanos menores, escuchándolo todo el tiempo, decidieron que era el « compañero ideal de todo viaje nocturno en tren ». Cuando el tren llegó a la estación, los tres encontraron a Milan Kundera que los esperaba. De ahí fueron a un sauna. Todos, salvo Cortázar, a quien atávicos temores lo tenían alejado, tanto de las infernales máquinas volátiles, que de los baños de vapor y la ducha fría. Y así, en tanto que el argentino descubría que en la cantina de la Mala Strana los jóvenes que practicaban el jazz y cultivaban la misma pasión por el piano de Thelonius Monk, el saxo de Charlie Parker, la trompeta de Louis Armstrong, mientras que en las fábricas, para aliviar el aburrimiento, los altoparlantes reproducían, todo el santo día, el mismo disco de Lola Beltrán que cantaba Cucurrucucú, Paloma, el escritor checo acompañó a los otros dos al río Moldava, donde los empujó en las aguas heladas.

Cuando salieron del agua, García Márquez dijo a Fuentes : « Por un instante creí que habíamos muerto juntos en la tierra de Kafka ». Y Cortázar no hubiera ignorado el paradero de los dos escritores, venidos para defender el derecho a la autodeterminación del pueblo checo, muertos sin gloria de pulmonía por un baño fuera de estación. Y al final le hubiera disgustado sobre todo que aquella desviación de la existencia terminara demasiado tarde, de no poder ya inscribirse en las múltiples paradojas condensadas en las páginas de Viaje del día en ochenta mundos, el primer manual de los « cronopios », escrito por Cortázar, pero paginado, ilustrado y compuesto por Silva, que publicaron un año después de haber comenzado su amistad y consolidado el camino artístico entre los dos Julios. En cierto momento del libro se habla, efectivamente, de la atmósfera surrealista que envuelve la velada fúnebre, donde se charla de todo, de las virtudes pero sobre todo de los defectos del muerto, donde cada uno se inventa la palabra justa para exorcizar el miedo de la muerte, donde nadie se arriesga realmente a permanecer frente al cuerpo inanimado del amigo, caído en la pura ridiculez de la muerte, y donde el único homenaje respetuoso al difunto permanece en aquella extrañeza, que obviamente no puede permitirse ninguna confidencia. Y para ponerlo al seguro de cualquier sombra del ridículo se necesitará decidir de ignorar la desaparición de Julio Cortázar y considerar sobre todo la felicidad y el gusto con que ha atravesado nuestro tiempo, saborear en la palabra y en la pintura de Julio Silva la alegría de quien lo ha conocido y por nuestra cuenta acoger como una fortuna que nos ha tocado en suerte de leer su inolvidable historia, porque aunque haya quedado inconclusa, el sabor de su obra permanece intacto e indestructible .

La relación de Cortázar con la imagen, lo mismo que con la música ha sido fecundo Adoraba todo aquello que lo inducía a mirar, aquello que lo ayudaba a llenar la cavidad clara de su mirada de gato sagrado, ávido de ver, simplemente porque sus grandes ojos tenían horror al vacío. Antonioni o Buñuel, Cuevas o Alechinsky, Matta o Julio Silva : a cada uno Cortázar confiaba su capacidad para ver. Más que como camino artístico, era el amigo vidente, en quien se apoyaban sus amigos como un ciego a su caña o su bastón. Compatriota de todos, pero todavía misteriosamente extranjero para todos, Cortázar confiaba entonces a su compadre y homónimo Silva para que lo acompañara en la aventura de dar forma a los felices riesgos de la improvisación, de la fantasía, del juego. Nace el mundo de Silvalandia, donde el Julio que escribe y el Julio que dibuja se confrontan y se confortan, se olisquean como los perros, y se abandonan al placer de la fantasía, porque como dice aquel que dibuja « a la mano hay que dejarla hacer lo que le dan las bolas ». Los dos Julios forman un extraordinario dúo de alquimistas, funámbulos suspendidos al rasgo de la pluma y el trazo del pincel, magia de la palabra , arquitectos de la forma, seres extraños que roban a la inteligencia de la noche el cuerpo de las cosas invisibles, para hacer que puedan tomar forma y vida al alba de un nuevo día. Roger Caillois, que era amigo de Cortázar, y por ende de Silva, decía que « El arte fantástico es un duelo entre dos miedos », el del vacío y de la muerte y el de la luz y la vida. Por eso se disponen voluntariamente en el límite de la noche y el amanecer del día, el instante en que cualquier cosa de lo imaginario se adensa antes de ser absorbido definitivamente en la evanescencia del sueño. De este tiempo suspendido, tanto para Cortázar como para Silva, la realidad irrumpe fácilmente en otras dimensiones , la del mito y la del sueño, donde se puede ver la otra cara de las cosas, aquella que está más allá del sentido, que creemos invisible sólo porque no habíamos sabido alargar la mano un momento para tocar la presencia que contiene. Así fuimos penetrando en los ojos de Julio pluma, así son tan grandes los ojos de Julio pincel, intentando mirar detrás del ángulo, a invadir la realidad paralela, el vasto universo de lo imaginario y sus extraordinarios tesoros, la contigüidad de los seres humanos con esta misteriosa presencia, que no se contenta con sólo evocarla en ausencia y aspira a ser convocada en presencia de una palabra, un trazo de pincel, una melodía canturreada, dos notas desgarradas a la noche de la garganta del saxo, un sueño.

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