Una latica de leche condensada. Por Enza García

Por Enza García el 26/05/2016

Mientras trabajaba en el texto sobre el suicidio de Ana María, sopesé las consecuencias de tal publicación, a la luz del malestar que produjo en mí el trabajo en cuestión: estas son conversaciones que uno no desea tener, que no sabe cómo tener. Me sentí mala persona, torpe, inútil. Me pregunté muchas veces si había justificación suficiente para interrogar a unas personas que solo pueden sufrir. Las respuestas que obtenía de mí misma no alcanzaron una claridad satisfactoria y decidí continuar con la escritura. Ya habría tiempo de reflexionar al respecto, peor resultaría ignorar la realidad.

Durante el último fin de semana que el texto estuvo en mis manos antes de enviárselo a mi editor, vi cómo mi madre regresaba a casa asfixiada por los gases y la crisis nerviosa, luego de que la Guardia Nacional vaciara sus bombas contra una turba que intentó derribar los portones de Unicasa, en la avenida Bolívar de Puerto la Cruz. Vi a mi madre llorar asustada, ya bajo los efectos del sedante, mientras su voz se dormía en un sueño convulso e insuficiente. La vi ahí, envuelta en su edredón de siempre, ovillada en su infortunio, sin azúcar ni arroz. Luego supimos que tuvo suerte, que muchas mujeres salieron lastimadas en la reyerta, que hubo detenidos, que a una amiga le fracturaron un pie, que no todo el mundo estaba por los productos básicos, que ahora ya no puedes pisar los supermercados a ninguna hora porque en cualquier momento se prende el peo.

El artículo salió y sí, fue abrumador. Me insultaron, me celebraron, me tiraron piedras, me aplaudieron, me ofrecieron coñazos, me tiraron flores. Un lío, un drama, un show, blablabla. Los amigos de siempre consolaron, qué bueno, lo digo sin ironías. Y me asusté más de lo que confesé. Hoy, todavía, estoy un poco asustada, con o sin razones. Pero la gente sigue muriendo porque sus medicamentos no aparecen, el kilo de pollo va por los 1200 Bs., el Guri continúa en picada, por acá no se consiguen velas: desmoralizados y vencidos, intentamos reunir algunas provisiones para cuando el ocaso de los dioses cobre la poca vida que nos queda. No sé si ese optimismo simulado también sea parte de la perversión. No sé nada, no me pregunten. Lo que me interesa es qué voy a hacer cuando vengan a saquear mi casa, por ejemplo.

Mi próximo artículo también trae su triquitraqui de pánico y de nuevo me ha llevado a conversar con gente aterrorizada y sin esperanza alguna. Voy, toco la puerta, explico lo que hago en Clímax, me siento, me cuentan, alguien llora, hay silencios dramáticos como un dinosaurio. No me siento heroica ni talentosa, yo no soy periodista, yo quería ser escritora cuando tenía trece años, crecer, tener tetas, leer en muchas lenguas, ser como Borges, eso quería.

Y ahora.

Voy de no sentir nada a sentir que cada movimiento que doy es solo una versión del sangrero derramado. Cada día me reconozco menos, o lo que es peor, me voy a acostumbrando, resignada y obediente, a esta versión fantasma de mí misma, que se queja y sueña con volver a comer sushi o pollo frito cuando le dé la gana.

Dios no tiene futuro, dice Ida Gramcko. ¿Qué quiso decir? No sé. Pero eso es lo bueno de la poesía, se te instala en la garganta cuando le conviene. Dios no tiene futuro. Batman no existe. Pero Caín y Abel sí. Estoy dolida, estoy hueca, estoy asustada todo el tiempo, más nunca tendré un orgasmo si sigo así, más nunca, me voy a morir, o lo que es peor, voy a seguir viva, pero en remedos y harapos. Quiero que Andrei Tarkovski venga a salvarme, pero me siento bruta, fea, americana del sur.

Mi mamá acaba de traer un latica de leche condensada. Ay, nos alegramos mucho. Mira, dijo mi papá, eso se le puede echar al café en la mañana. O a las torrejas, más tarde hacemos torrejas y le echamos, ay. La belleza siempre duele cuando es la única opción. Uno acepta sobrevivir por quienes ama. Pero también se deshace por quienes ama. Así que no hay opción. Es la belleza contra la maldad. Es Dios, sin futuro, susurrándote al oído que formas parte de la gran guerra contra un mal inexplicable.

Mi vecino de siete años se murió por falta de antibióticos, me dice alguien por Skype.

¿Cómo hacemos para que Dios tenga futuro?

En la foto: una de esas balas que aparecen en el jardín de mi casa.

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