Un periodista espera: Spotlight. Por Javier Morales

Por Javier Morales el 23/02/2016

No soy periodista, pero reconozco sentir una profunda admiración y envidia cuando veo a uno haciendo su trabajo, y pensaba en decir “cuando veo a uno haciendo bien su trabajo”, pero parecería absurdo decir que uno admira y envidia a quien hace su trabajo mal. ¿Qué hace un buen periodista? ¿Cuál es el buen periodismo? Podemos suponer que esta pregunta añadida a cualquier otra profesión generará las mismas respuestas, una larga lista de valores y concordancias entre el deber y el hacer. Pero, realmente, ¿qué hace un buen periodista? Es una pregunta que nunca me había hecho, ni siquiera en estos días en que la prensa y los medios de comunicación colombianos pasan por una gran turbulencia cuestionando lo que debe o no debe publicar un periodista. A pesar de eso, es cierto, no me había hecho la pregunta, pero vi Spotlight y fui tremendamente consciente de todo lo que implica hacer seguimiento a una historia y publicarla. Entonces obtuve una respuesta a eso que jamás me había preguntado: un buen periodista espera.

En boca de todos están los recientes escándalos por la “Comunidad del anillo”, una supuesta red de prostitución homosexual que involucra a oficiales de la Policía con altos funcionarios del gobierno colombiano. Más que eso, está en boca de todos la publicación de un video en el que es posible ver a dos hombres en un vehículo buscando la manera de arreglar un encuentro sexual. Los protagonistas son el ahora exviceministro del Interior, Carlos Ferro, y un capitán de la Policía, Ányelo Palacio. Por si fuera poco, más en boca de todos ha estado la noticia de la renuncia, despido, abdicación, o lo que sea que se haya dado realmente, de Vicky Dávila como directora de La F.m. (importante emisora de noticias, música y deportes de RCN en Bogotá) debido a la publicación de ese video antes mencionado. Sin duda, una semana de bocas llenas, bien alimentadas, para la opinión pública colombiana.

Que Vicky Dávila decidiera publicar un video cuyo contenido expone de forma lacerante la privacidad de una persona como elemento de prueba en una investigación que trata de descubrir esta supuesta red de prostitución en la Policía, es una clara muestra de que algo se hizo sin el debido detenimiento, alguien apresuró un paso, creyó tener la prueba última de la corrupción, el ocultamiento y el delito, y, lo que es peor, creyó que nadie juzgaría tal atrevimiento porque iba a ser mucho más fácil señalar al supuesto delincuente. Es decir, en este caso, los “periodistas” creyeron que señalando a un par de individuos en una situación evidentemente comprometedora, las instituciones a quienes representan se iban a ver reflejadas en esa “prueba”, en ese “acto delictuoso”, y se iba a sacar a la luz de forma irrefutable la existencia de dicha red que ha puesto en jaque la posición y la credibilidad de cada una de las instituciones relacionadas con ella. Todo el manejo que se ha dado al tema ha puesto a debatir a los mismos periodistas, publicando textos como “El fin del periodismo” de María Jimena Duzán o “En el periodismo no todo vale” de Margarita Orozco,  textos que cuestionan vivamente la postura y el deber ser de los periodistas colombianos.

¿Cuál es el buen periodismo? El que impone la paciencia sobre la urgencia del reconocimiento, el que entiende que la noticia es uno de sus artes menores porque está hecha, en cierta medida, para pasar al olvido, mientras que los reportajes, las crónicas, las investigaciones profundas, juiciosas, dedicadas, apuntan a un bien superior, a un bien común, al esclarecimiento, a la denuncia, a la justicia y al derecho.

Es entonces cuando uno se pregunta dónde quedaron las citas y las frases de Vicky Dávila sobre buen periodismo dictadas en las campañas para promocionar su programa en La F.m. (por favor, recuerde el “periodista, periodista”), las citas de Rodolfo Walsh (aunque en los clips ponen “Wolsh”, producto seguramente de otro apresuramiento), citas de García Márquez o de Hunter S. Thompson; porque, claro, “el periodismo o es libre o es una farsa”, citan muy bien ahí al desaparecido Rodolfo pero no lo entienden, porque libertad en cualquier oficio no puede ser hacer ni publicar lo primero que a alguien se le ocurra. De modo que estas referencias no deben ser otra cosa que el resultado de lecturas e interpretaciones apresuradas, de bellos cantos antes del amanecer; porque, sinceramente, ¿dónde está ese periodismo?

Y vuelvo al inicio. No soy periodista pero vi Spotlight (una cinta nominada a Mejor Película en los Premios Óscar, dirigida por Tom McCarthy, quien a su vez fue nominado a Mejor Director) y entendí cómo una visión de trabajo, de producto, de meta, alineados con uno de los valores principales de un oficio como el periodismo, que es publicar información que es relevante para un contexto y una época, logra encender la chispa que toda sociedad necesita en determinado momento para no solo ver lo que sucede sino entenderlo y entenderlo para, de alguna manera, tomar cartas en el asunto.

Spotlight revive y recrea la historia real del proceso de investigación llevado a cabo por un grupo especial de reporteros del diario The Globe llamado “Spotlight”, quienes a principios del 2002 publican un artículo (seguido de muchos más) sobre numerosos casos de pederastia cometidos desde los años 70 por sacerdotes católicos en la ciudad de Boston, Estados Unidos.

La crítica dice que más que el caso de los abusos lo que realmente enfoca esta película es el caso de los ocultamientos, de la silenciosa complicidad de una gran ciudad totalmente enterada de un problema pero incapaz de manifestarlo. “Si se necesita de un pueblo para criar a un niño, se necesita de un pueblo para abusar de él”, dice en la película el abogado armenio Mitchell Garabedian. Y es que el silencio de tantos años detrás de casos y más casos de sacerdotes abusando sexualmente de niños entre los 4 y los 12 años de edad, confirma que se trata de un encubrimiento que no solo se mantiene hermético en la Iglesia sino que es también un inexplicable encubrimiento de toda una ciudad.

Ante un caso como este que cuenta con decenas de artículos publicados que hicieron seguimiento y profundización en el tema, lo que más se valora y se resalta hoy es la paciencia con la que tuvieron que trabajar los periodistas, venciendo la tentación de publicar algún adelanto de la información recopilada para evitar que otros diarios se hicieran con la noticia y perjudicaran toda la investigación hecha por The Globe. Es entonces cuando cobra valor el modo de trabajar de Marty Baron, el nuevo editor judío en el periódico, quien les insiste a los reporteros de Spotlight que, para desenmascarar esos abusos de manera contundente y acercarse lo mejor posible a la verdad, no deben ir por el individuo sino por la institución y para ello deben confirmar y hacer seguimiento a todos y cada uno de los casos registrados como posibles o sospechosos de haber cometido actos sexuales contra niños y demostrar que efectivamente la Iglesia ha permitido esos abusos bien sea reubicando sacerdotes de forma continua, tanto dentro como fuera de los Estados Unidos, o sencillamente guardando silencio ante el conocimiento de los casos, pero jamás con acciones que detuvieran de forma definitiva los abusos de los sacerdotes pederastas.

El director de la película, Tom McCarthy, en una entrevista para The Guardian, revela uno de los elementos centrales que toca, a su parecer, este proyecto cinematográfico: “Creo que la industria del periodismo está teniendo un montón de problemas. Creo que todavía están haciendo frente a la tecnología y cómo manejarla y cómo es beneficiosa y cómo es perjudicial; pero, en última instancia, esta película celebra el periodismo que es profesional, que está bien financiado, que está bien soportado, que es paciente, que toma la historia de la forma correcta”. Sin duda este es el gran argumento de fondo que trabaja Spotlight y por el cual debe ser bien valorada. Y cabe anotar que la crítica ha resaltado positivamente que este argumento se expone, además, bajo la premisa del acercamiento real al oficio del periodista, con sus cubículos flanqueados por torres de libros y papel, sus tazas de café y sus cuadernos de notas, un acercamiento que no pretende fijar ningún tipo de postura estética desde la cinematografía para no desviar al espectador del centro de la narración, centro que sostienen de forma excepcional cada uno de los actores, especialmente Mark Ruffalo.

Con este texto ya no sé si lo que quiero es recomendarles una excelente película o seguir reflexionando sobre la importancia del apego a los fundamentos de un oficio. Prefiero, en todo caso, apegarme a mi oficio de lector y quedarme con la primera opción, que seguro les será más útil. Sin embargo, no cabe duda de que el debate sobre la postura ética del periodismo colombiano debe seguir, porque nadie niega que hay una obligación de publicar y difundir información que permita el acercamiento a la verdad en cualquier hecho que afecte a la sociedad, el periodismo tiene esa función social y política, pero casos como el de Spotlight demuestran que hay maneras de hacerlo, que de nada sirve ser un pájaro confundido por las pequeñas luces de la ciudad que canta solo en la oscuridad de las madrugadas.

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