Tres poemas de Miguel Hernández para saber qué son la luz y la sombra

Por redaccionnyl el 11/07/2017

Durante siglos hemos visto principalmente dos tipos de poetas: los que de tanto estudio y compromiso con la lengua crearon auténticas maravillas de la literatura universal, y los que aparentemente nacieron así: tan lúcidos como para crear poesía que aparentemente sale de forma natural de sus mentes tras una interpretación casi divina de un entorno simple.

En ese último grupo nos encanta imaginarnos a Miguel Hernández, quien imitaba para su amigo Pablo Neruda el canto del ruiseñor desde lo más alto de un árbol, quien no pudo seguir trabajando en una oficina en Madrid porque creía que lo suyo era cuidar cabras, y quien se convirtió en poeta-soldado cuando el corazón lo empujó a rechazar al franquismo.

En abril de 1939, recién concluida la Guerra, se había terminado de imprimir en Valencia El hombre acecha. Aún sin encuadernar, y una comisión depuradora franquista,? ? presidida por el filólogo Joaquín de Entrambasaguas, ordenó la destrucción completa de la edición. Sin embargo, dos ejemplares que se salvaron permitieron reeditar el libro en 1981. Luego escapó a Portugal, pero la policía de Salazar, dictador fascista de ese país, lo entregó a la Guardia Civil. En la cárcel enfermó y comenzó la sombra para España.

Miguel Hernández era poeta principalmente porque era una gran persona. De su extensa producción hemos elegido tres poemas para este post, y esperamos que nuestros lectores los disfruten tanto como nosotros.

Canción última

Miguel Hernández
Pintada, no vacía:
pintada está mi casa
del color de las grandes
pasiones y desgracias.

Regresará del llanto
adonde fue llevada
con su desierta mesa
con su ruidosa cama.

Florecerán los besos
sobre las almohadas.
Y en torno de los cuerpos
elevará la sábana
su intensa enredadera
nocturna, perfumada.

El odio se amortigua
detrás de la ventana.

Será la garra suave.

Dejadme la esperanza.

Todo era azul

Todo era azul delante de aquellos ojos y era
verde hasta lo entrañable, dorado hasta muy lejos.
Porque el color hallaba su encarnación primera
dentro de aquellos ojos de frágiles reflejos.

Ojos nacientes: luces en una doble esfera.
Todo radiaba en torno como un solar de espejos.
Vivificar las cosas para la primavera
poder fue de unos ojos que nunca han sido viejos.

Se los devoran. ¿Sabes? No soy feliz. No hay goce
como sentir aquella mirada inundadora.
Cuando se me alejaba, me despedí del día.

La claridad brotaba de su directo roce,
pero los devoraron. Y están brotando ahora
penumbras como el pardo rubor de la agonía.

El sudor

En el mar halla el agua su paraíso ansiado
y el sudor su horizonte, su fragor, su plumaje.
El sudor es un árbol desbordante y salado,
un voraz oleaje.

Llega desde la edad del mundo más remota
a ofrecer a la tierra su copa sacudida,
a sustentar la sed y la sal gota a gota,
a iluminar la vida.

Hijo del movimiento, primo del sol, hermano
de la lágrima, deja rodando por las eras,
del abril al octubre, del invierno al verano,
áureas enredaderas.

Cuando los campesinos van por la madrugada
a favor de la esteva removiendo el reposo,
se visten una blusa silenciosa y dorada
de sudor silencioso.

Vestidura de oro de los trabajadores,
adorno de las manos como de las pupilas.
Por la atmósfera esparce sus fecundos olores
una lluvia de axilas.

El sabor de la tierra se enriquece y madura:
caen los copos del llanto laborioso y oliente,
maná de los varones y de la agricultura,
bebida de mi frente.

Los que no habéis sudado jamás, los que andáis yertos
en el ocio sin brazos, sin música, sin poros,
no usaréis la corona de los poros abiertos
ni el poder de los toros.

Viviréis maloliendo, moriréis apagados:
la encendida hermosura reside en los talones
de los cuerpos que mueven sus miembros trabajados
como constelaciones.

Entregad al trabajo, compañeros, las frentes:
que el sudor, con su espada de sabrosos cristales,
con sus lentos diluvios, os hará transparentes,
venturosos, iguales.

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