Tres cuentos breves de Carlos Drummond de Andrade para que veas lo que es calidad

Por redaccionnyl el 12/08/2017

El asalto

La casa suntuosa en Leblon está guardada por un mastín de terrible semblante, que duerme con los ojos abiertos; o quizás no duerma, de tan vigilante que es. Por eso, la familia vive tranquila, y nunca hubo noticia de asalto a una residencia tan bien protegida.

Hasta la semana pasada. La noche del jueves, un hombre logró abrir el pesado portal de hierro y penetrar en el jardín. Iba a hacer lo mismo con la puerta de la casa, cuando el perro, que astutamente lo había dejado acercarse (para arrancarle toda la ilusión conquistada), se lanza hacia él y lo acomete en la pierna izquierda. El ladrón quiso sacar el revólver, pero no hubo ni tiempo para ello. Cayendo al suelo, bajo las patas del enemigo, le suplicó con los ojos que lo dejase vivir y con la boca prometió que jamás intentaría asaltar aquella casa. Habló por lo bajo para no despertar a los residentes, temiendo que la situación pudiera agravarse.

El animal pareció entender la súplica del ladrón y lo dejó salir en un estado lamentable. En el jardín quedó un trozo de pantalón. Al día siguiente, la criada no comprendió por qué razón una voz, al teléfono, diciendo que era de Salud Pública, preguntaba si el perro estaba vacunado. En ese momento, el perro, que estaba al lado de la doméstica, agitó la cola, afirmativamente.

El pavo

En las metrópolis hasta las operaciones más sencillas, si salen de la rutina, exigen una larga y meditada preparación. Por lo cual, desde noviembre el diario anunciaba: “Encargue sus pavos con anticipación a la Granja Castorina: son los más grandes y tiernos”.

La Dueña-de-Casa consideró un deber tomar en cuenta la advertencia. Llamó por teléfono a un número siempre ocupado: la ciudad entera poseída por el espíritu de la previsión, o simplemente por la angurria navideña, encargaba pavos. Después de varias tentativas logró inscribirse.

El pavo llegó a su debido tiempo, ni grande ni chico, ni gordo ni flaco, especialmente silencioso y sin el aire ofendido que tienen los pavos vivos. Llegó con la factura que certificaba sus kilos y los tasaba en medio millón de cruzeiros. La Dueña-de-Casa respiró: hay pavos que fallan causando aflicciones y vergüenzas inconmensurables. Dio una propina al repartidor y sin perder un segundo llevó a la heladera al objeto de sus desvelos.

Ahí apareció la eximia Cesarina, de Campo Grande, convocada debido a su pericia en lidiar con vivientes de pluma y cresta. Le echó a la pieza una mirada experta e inició los preparativos.
La Dueña-de-Casa, sin menospreciar la sabiduría, basada en experiencias, de Cesarina, le sugirió que para los pormenores siguiera la receta que Mario de Andrade había copiado de una francesa que publicó en sus Cuentos nuevos: el pavo debe tener dos farofas¹, una espesa con los menudos, y una seca, doradita, con bastante mantequilla; el buche se rellenará con la farofa espesa, ciruelas secas, nueces y una copa de jerez. Así lo hizo.

El empeño de la Dueña-de-Casa en presentar un pavo bien preparado, se debía a que esa noche comería con ellos el argentino, muy versado en aves, a quien tenía que retribuir el envío de un pavo inmenso que incrustado en hielo seco atravesó triunfante el cielo de tres países y durante un mes alimentó a la familia y a los convidados. El de ahora era un ave cualquiera, pero el toque literario de la receta le otorgaba el quid deseado.

Llegada la cena, las dos parejas se aprontaban para la masticación ritual y el trinchante iba a funcionar cuando por hábito, una nariz se aproximó a la superficie de oro; se detuvo, perpleja: el olor no correspondía a la apariencia; era peculiar e inoportuno. Solicitada su opinión, el argentino sentenció:

-Podrido.

Estaba. El fenómeno se hacía manifiesto en la región posterior. Las partes nobles, aún inmunes, exhalaban buen olor pero adentro cundía una lucha sorda, semejante a esas conmociones nacionales intestinas que nadie percibe pero que el gobierno denuncia.

La fuente fue rechazada con temor como si de ella pudiera desprenderse un gusano para desearles Feliz Navidad. Hubo que reanimar a Cesarina eximiéndola de culpa: ya lo ha dicho por televisión el doctor Arruda, médico de la municipalidad, por lo menos cinco mil pavos podridos son vendidos para las cenas de Navidad. Nadie advierte la avería sino después que el ave sale del horno. Sucede.
Se comió lo demás, con buen humor: a situaciones heroicas, remedios heroicos. Se contó la historia de nuestro Jacinto de Torres: al ir a servir, el mucamo se resbala y, ¡plaf! El pavo en el piso. La anfitriona, imperturbable, ordena: “Joaquín, llévese ese pavo y traiga OTRO”. Ahora no se podía hacer lo mismo y había que tirarlo.

Aquí comienza otra historia. La mucama informa que no hay dónde tirar el pavo. Los camiones recolectores de basura no aparecían por ahí desde hacía tres días; los depósitos llenos; el calor nocturno iba en aumento…

El Dueño-de-Casa deliberó con el argentino y decidieron sacar con urgencia la basura. La envolvieron en hojas de diario y muy dignos penetraron en la noche con dos paquetes: el brasileño con el de la carne, el otro con el de la farofa.

Anduvieron en busca de un terreno baldío, pero no lo había o estaba ocupado por parejitas sin hogar. Se miraron:

-¡El mar!

El mar se extendía frente a ellos, purificador, cómplice. Frente a Cosme y Damián, antes de que estos, cumpliendo su deber de policías, los interpelasen, fueron murmurando: “Comida para los pobres”. En la playa, los columpios y los toboganes estaban llenos de muchachas que salían de la Misa del Gallo. Se sentaron en un banco y consideraron fríamente la situación.

-Si arrojamos el pavo, creerán que es un feto o una macumba, la gente se junta, nos llevan presos.

-¿Y entonces, che?

Disimuladamente se agacharon, dejaron los paquetes debajo del banco, y se alejaron despacito. Las radios vociferaban: “Noche de Paz”.

1. Farofa. Comida típica brasileña cuya base es la harina de mandioca

En la escuela

Es democrática doña Amarilis, maestra de una escuela pública situada en una calle que no voy a nombrar; también el nombre de doña Amarilis es inventado, pero el hecho aconteció.

La maestra se dirigió a los alumnos, al comienzo de la clase, y dijo:

-Hoy quiero que ustedes resuelvan algo muy importante. ¿Puede ser?

-¡Sí! -respondió la chiquilinada en coro.

-Muy bien. Será una especie de plebiscito. La palabra es complicada, pero la cosa es simple. Cada uno da su opinión, sumamos y la mayoría decide. Cuando den su opinión no hablen todos a la vez, porque así va a ser muy difícil que yo sepa lo que cada uno piensa. ¿Está bien?

-¡Muy bien! -respondió el coro, interesadísimo.

-Excelente. Entonces, vamos al grano. Ha surgido un movimiento para que las maestras puedan usar pantalones en las escuelas. El gobierno ya dijo que lo permite, la directora también, pero yo, personalmente, no quiero decidir por mí misma. En el aula todo debe hacerse de acuerdo con los alumnos, para que todos queden satisfechos y nadie pueda decir que no le gusta. Así no hay problemas. Bien, voy a empezar por Renato Carlos. Renato Carlos: ¿crees que tu maestra debe o no usar pantalón en la escuela?

-Creo que no debe -respondió bajando los ojos.

-¿Por qué?

-Porque es mejor no usar pantalones.

-¿Y por qué es mejor?

-Porque la minifalda es mucho más linda.

-¡Perfecto! Un voto en contra. Marilena, por favor, anota en tu cuaderno los votos en contra. Y tú, Leonardo, anota los votos a favor, si los hay. Ahora va a responder Inesita.

-Claro que debe, señorita. Usted usa pantalones fuera de la escuela. ¿Por qué no los va a usar aquí dentro?

-Pero aquí es otro lugar.

-Es lo mismo. El otro día la vi en la calle con uno rojo que estaba bárbaro.

-Uno a favor. ¿Y tú, Aparecida?

-¿Puedo ser sincera, señorita?

-No puedes, tienes que ser sincera.

-Yo, si fuese usted, no usaría pantalones.

-¿Por qué?

-Y… por las caderas, ¿sabe? Como las tiene medio anchas…

-Muchas gracias, Aparecida. ¿Anotaste, Marilena? Ahora tú, Edmundo.

-Yo creo que Aparecida no tiene razón, señorita. Usted debe quedar fenómeno de pantalones. Sus caderas son muy lindas.

-No estamos votando a favor o en contra de mis caderas sino de los pantalones. ¿Estás a favor o en contra?

-A favor, ciento por ciento.

-¿Y tú, Peter?

-A mí me da lo mismo.

-¿No tienes preferencia?

-No sé. En cosas de mujeres yo no me meto, señorita.

-Una abstención. Mónica, tú quedas encargada de tomar nota de los votos como el de Peter: ni a favor ni en contra.

Y seguían votando como si estuviesen eligiendo al presidente de la República, tarea que tal vez ¿quién sabe? sean llamados a desempeñar en el futuro. Votaban con la mayor seriedad. Le tocó el turno a Rinalda.

-¡Ah! Cada uno en la suya.

-¿Cómo en la suya?

-Yo en la mía, usted en la suya, cada uno en la propia. ¿Estamos?

-Explicáte mejor.

-La cosa es así: si usted quiere venir con pantalones, viene. Yo quiero venir de midi, de maxi, de pantalón corto, vengo. El uniforme es una estupidez.

-Fuiste más allá de la pregunta, Rinalda. ¿Entonces estás a favor?

-Evidente. Cada cual se copa como quiere.

-¡Mil! -exclamó Jorgito-. El uniforme está superado, señorita. Usted viene de pantalones y nosotros aparecemos como se nos dé la gana.

-¡Ah, no! -refutó Gilberto-. Ahí se arma un lío. En mi casa nadie anda en pijama o con la camisa abierta en el sala. Hay que respetar el uniforme.

Que hay que respetar, que no hay que respetar, la discusión subía de tono. Doña Amarilis pedía orden, orden, así no se puede, pero los grupos asumían posiciones extremas, hablaban todos al mismo tiempo, nadie conseguía hacerse oír, por lo cual, con cuatro votos a favor de los pantalones, dos en contra y una abstención, y antes de que se decretara por mayoría absoluta la abolición del uniforme escolar, la maestra consideró prudente dar por terminado el plebiscito y pasó a la lección de historia de Brasil.

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