Todo lo que la novela de terror actual le debe a Charles Maturin

Por Aglaia Berlutti el 30/07/2017

Para el año 1820, la literatura gótica se encontraba en franca decadencia. Luego de un década fulgurante, donde se convirtió en el género preferido de buena parte del mundo occidental, el género tuvo un claro declive luego que comenzara a ser considerado vulgar y repetitivo. Los elementos góticos parecían no sólo superponerse como una combinación de elementos desatinadas, sino transformarse en poco menos que su propia caricatura. Y es que durante la década de 1810, se publicaron al menos cien novelas que respondían a los tópicos habituales de un estereotipo literario que terminó siendo no sólo tedioso, sino también, ridículo. Una y otra vez, las narraciones sobre monstruos, castillos hechizados, pálidas damiselas en desgracia y villanos de opereta llenaron las librerías y convirtieron al género gótico?—?con toda su carga de belleza alegórica y sobre todo, su enorme cualidad evocadora?—?en poco menos que una parodia de si mismo. Para la segunda década del siglo XIX, la noción sobre lo macabro y lo estético pareció no aportar ninguna interpretación novedosa al mundo literario y derrumbarse sobre las bases de la popularidad que lo cimentaron por casi veinte años.

Con el declive, por supuesto, llegó el replanteamiento de la propuesta de la novela gótica. Luego que cientos de novelas de variable calidad transformaran la percepción sobre sus elementos en menos que una burla, comienzan a surgir tímidos intentos de comprender a lo Gótico no sólo como un estilo de contar historias, sino una noción sobre la historia que se cuenta. Inolvidable, el intento de la escritora Jane Austen de ironizar sobre los lugares comunes e ideas insistentes en las narraciones en su magnifica novela “Abadía de Northanger”, una burla satírica sobre los elementos absurdos que se repetían sin cesar obra tras obra. No obstante, fue este reconocimiento de los elementos esenciales que sostenían el discurso gótico, lo que logró que el género comenzara a analizarse así mismo. De la sátira a la autocrítica, el Gótico avanzó hacia la percepción de sí mismo como una forma creativa y lo que resultó aún más valioso, una expresión formal literaria de enorme trascendencia. Aún así, quizás, los largos años de reiteración de elementos, habían ocasionado un daño irreparable en la noción sobre el gótico como una concepción narrativa y lo que resulta aún más lamentable, la percepción sobre la calidad y la profundidad del género como expresión cultural.

Es entonces cuando se publica “Melmoth el errabundo” de Charles Maturin, la novela que marcaría el final de una etapa en la novela gótica en la literatura anglosajona y que reinventará el género desde sus elementos esenciales. Compleja, extraña y sobre todo, profundamente original “Melmoth el errabundo” tiene la capacidad de crear y construir toda una nueva propuesta sobre lo que hasta entonces había sido el gótico tardío. Eso, a través de un planteamiento que aunque mantiene buena parte de los elementos que sostienen el gótico como género, logran transformarlo en algo más. Alegórica, por momentos densa y claustrofóbica, la novela crea no sólo un tipo de terror que sorprendió a los lectores, hasta entonces acostumbrados a un tipo de narración lineal, con pocas sorpresas y sobre todo, con giros absurdos argumentales que habían terminado debilitando la visión sobre lo que lo simbólico y lo lóbrego podía ser.

Concebida como una historia laberíntica, de múltiples dimensiones y análisis, “Melmoth el errabundo” tiene la capacidad de rescatar el terror desde el origen de su planteamiento, y brindarle una dimensión asfixiante, de enormes implicaciones. No hay un sólo elemento en la novela de Charles Maturin que no tenga un profundo significado y sobre todo, que no construya una expresión original sobre su propuesta: el escritor plantea la trama de una manera tan original que la trama se subdivide en cientos de facetas e interpretaciones, lo que la dotan de una profundidad hasta entonces desconocida. Porque el miedo no es sólo miedo, como las decenas de subtramas no son sólo repeticiones del mismo tópico. Hay una plasticidad y sobre todo, profunda comprensión sobre el hecho que describe y sus implicaciones, que Maturin no sólo logra conjugar en una perspectiva concreta, sino a través de la cual construye todo un concepto intrincado sobre lo que el terror puede ser. Y es que “Melmoth, El errabundo” no sólo reinventa la raíz del miedo sino que lo dota de una personalidad única.

“Melmoth el errabundo” es una epopeya infernal plagada de todo tipo de referencias ocultistas de enorme valor simbólico. Una mega estructura metafórica sobre el bien y el mal que resulta un fresco impresionante sobre las nociones de su época sobre el pecado y la redención. Las miserias cotidianas, el dolor, el sufrimiento, el horror reconvertido en alegoría, sustentan una tragedia esencial que el autor delinea a través de imágenes delirantes y crudas. Melmoth, como personaje, es una visión inquietante sobre los entresijos de la naturaleza humana y también, del miedo y el sufrimiento como formas de expiación en medio de un escenario devastado por el mal en estado puro. Con el arrebato romántico del género gótico pero también, una percepción del horror por completo novedosa, Maturin analiza el problema del mal desde una sinceridad existencialista que crea un discurso de enorme poder filosófico. En la historia, el poder demoníaco desafía el conocimiento Celestial con su mera existencia pero también, se contrapone a la ambigüedad moral del hombre, para crear un reflejo retorcido sobre la esperanza, la incertidumbre y el miedo a lo desconocido. Con el espíritu visionario de Blake y la compleja noción sobre lo oculto que más tarde Lovecraft llevaría a una nueva dimensión, Maturin asumió la labor de no sólo ponderar sobre el terror desde las expectativas culturales y sociales, sino asumir el enigma como un elemento imprescindible para comprender las regiones más oscuras del espíritu humano. Lo sobrenatural en la obra de Maturin posee una connotación colosal y catastrófica, una mirada sobre la pérdida de la fe y la caída de la Gracia que parece reflejar cierto positivismo inquietante. Para el escritor, lo temible del Infierno que describe tiene una estrecha relación con los pesares y terrores de la humanidad, antes que un planteamiento sobre castigos o redenciones divinas. La estructura del libro, a base de historias entrelazadas entre sí, de personajes que narran sus historias en medios de tormentos y terribles sufrimientos morales, anuncia una visión sobre lo temible más cercano a lo filosófico que a lo efectista. Y quizás ese es su mayor triunfo.

Al momento de su publicación, la novela obtuvo críticas dispares. Se le consideró no sólo blasfema sino también obscena y su venta fue prohibida en la mayoría de las librerías de Londres. A pesar de eso, la novela se convirtió de inmediato en una obra de referencia literaria y convirtió a su autor, en una de las figuras más emblemáticas del agonizante género gótico. Entre críticas y halagos, la visión de Maturin sobre lo que lo gótico podía ser y podía expresar, sorprendió a un universo lector que hasta entonces, había considerado al género como una percepción menor sobre la literatura. Pero Maturin, con una comprensión de la sutileza del terror como idea, crea todo un nuevo escenario, repleto de alegorías y reconstrucciones sobre lo terrorífico y abre toda una nueva comprensión sobre lo que el planteamiento del terror como idea literaria puede ser.

Eso, a pesar que Maturin sigue en apariencia el esquema habitual de toda novela gótica: la historia no carece de elementos rutinarios y de los tópicos habituales, pero concebidos de una forma tan desconcertante, que la novela misma parece asumirse desde ese punto de vista desconocido. Lo sobrenatural, el miedo, la vulnerabilidad humana, los espacios asfixiantes y lóbregos, son concebidos por Maturin no sólo como elaboradas precisiones del Universo gótico, sino pequeñas concepciones sobre el terror. Símbolo de la angustia existencial, de los terrores discretos y la fragilidad humana que sostienen una narración cada vez más intricada, dura y aterradora. Nada es sencillo, este paisaje desigual y oscuro que Maturin dibuja con un envidiable pulso narrativo: la estructura de la novela crea una superposición de escenas y personajes en un equilibrio casi perfecto, que brinda a la historia una solidez asombrosa, a pesar que en ocasiones la obsesión por Maturin por los detalles?—?dedica largos y extensos capítulos a minuciosas descripciones aparentemente sin otro valor que el estético?—?pudiera jugar en contra de su solidez. Pero el escritor logra encontrar una manera de construir una imagen global sobre lo que cuenta que se enriquece justamente por esa concepción del detalle inherente, de la precisión de la capacidad para contar y narrar historias como elemento esencial del sentido narrativo.

Quizás por ese motivo, Maturin logró lo que a otros autores les resultó casi imposible: crear una novela que no sólo mantuviera y acentuara los elementos esenciales de un género menospreciado sino que a la que resultara virtualmente parodiar o incluso satirizar. Y es que “Melmoth el errabundo” no sólo es una brillante concepción sobre el terror y lo enigmático, sino que además, elabora una hipótesis novedosa sobre lo que puede ser como elaboración eficaz narrativa. Maturin no sólo encuentra el punto de equilibrio con respecto a las ideas sobrenaturales que maneja sino que además, elabora incluso concepciones de matices cósmicos, que un siglo después, serían partes esenciales de las novelas del escritor H.P Lovecraft, quien siempre insistiría en la enorme influencia que Maturin tuvo en sus novelas.

Con “Melmoth el errabundo” quizás se cierra un capítulo de lo que a la novela gótica se refiere: se insiste con frecuencia que su publicación marcó un momento de ruptura entre el antes y el después de lo que el terror esencial?—?disimulado y asumido como una idea primitiva al fondo de lo espiritual y lo místico?—?y que sin duda, fue un simbólico final para el género gótico como hasta entonces se había conocido. No obstante, con más frecuencia, se le tilda de reinvención de lo misterioso, lo que al final le brindó su merecida trascendencia: Charles Maturin llegó a convertirse en la un epítome de los escritores del género y responsable de una nueva interpretación de lo que había sido luego de años de desacralización de la literatura fantástica y su nueva interpretación victoriana. Pero más allá de eso, “Melmoth el errabundo” creó un nuevo rostro para el símbolo del miedo, una puerta abierta hacia una interpretación de lo que es quizás, la faceta más esencial de la mente humana. Un reflejo de una concepción inaudita sobre la identidad del hombre, asumida a través del terror. Lo cual es quizás, el mayor triunfo de su autor.

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