The Strawberry Statement, la juventud enfrentada al poder

Por Aglaia Berlutti el 14/05/2017

El cine, tal vez por su capacidad para expresar ideas complejas de manera visualmente atractivas, tiene la capacidad de captar, quizás mejor que ningún otro arte, el rostro y la temperatura de una época. O así parece sugerirlo la idea que algunas películas pueden marcar una época, brindarles sustancia, lenguaje y un mensaje cultural complejo.

Y es que el cine, como todo lenguaje que se precie, tiene el enorme poder de construir símbolos, evocar emociones, asumir el rol del documento y la interpretación. Una expresión subjetiva del tiempo que transcurre, la historia que lo construye y el mensaje que se asume como parte de lo que expresa cualquier metamensaje formal.

Probablemente por ese motivo, la película “The Strawberry Statement” (Las Fresas de la Amargura en su traducción al castellano) del director Stuart Hagmann sea considerada un icono cinematográfico de una época inocente, de un fervor adolescente y de esa rebeldía juvenil que finalmente puede manifestarse como esencial y símbolo de una época.

Estrenada en la convulsa década de los ’70, el film parece reconstruir el mito del héroe juvenil para crear una visión totalmente distinta del tema: su mayor valor consistió en representar las luchas juveniles como emocional, sincera e idealista. Esa búsqueda esencial del eterno anhelo juvenil de brindar un rostro nuevo al mundo adulto.

El director, con un pulso impecable, simplificó la propuesta y la llevó más allá de la traducción imprecisa de alguna ideología política. El film tiene la capacidad de expresar con una pureza y una autenticidad que sorprende, el anhelo fugaz e inevitable de la juventud que reforma, transforma y trata de encontrar una nueva estructura donde pueda encajar su visión renovadora, sin lograrlo siempre. La trama, sencilla y con un guión lineal, se debate entre mostrar el mundo hipócrita que asume la protesta como necesaria pero a la vez la reprime. Una interpretación del juego de poderes, entre el hombre y el sistema que la trama intenta reflejar y solo logras a medias.

Pensada y construida como un manifiesto sobre la inconformidad, la rebelión y el desencanto filosófico, “The Strawberry Statement” analiza además, la percepción del poder como símbolo del mundo adulto, una salvedad que el director utiliza como reflejo del discurso social que sostiene la película en sus momentos más inspirados. No se trata sólo de una reflexión sobre la necesidad de la juventud de enfrentarse al sistema como una forma de supervivencia, sino además una noción muy clara sobre la desesperanza que marca la línea entre un cierto ideal existencialista y la desesperanza. Una conclusión que convierte la película en una dolorosa comprensión de los alcances de la experiencia, la madurez y la pérdida de esperanza. Más de un crítico, interpretó el mensaje de la película como pesimista, a pesar del tono vívido, colorido e incluso ingenuo de la puesta en escena. No obstante, el guión no se desmarca con facilidad de cierta complejidad circunstancial y asume el drama como un mensaje en sí mismo. Los personajes de Hagmann parecen sometidos a una desgarradora travesía hacia una ruptura invisible con su compresión sobre el mundo y sobre la identidad. Es entonces cuando la película cobra verdadero valor: La noción sobre la inocencia de toda lucha idealista alcanza el drama puro y se transforma en un concepto sensible sobre los dolores de la madurez y la inevitable caída en desgracia que se padece durante la primera juventud.

El discurso de Hagmann continúa siendo tan actual como para que la premisa esencial del film continúe teniendo vigencia. La batalla entre la noción de la esperanza colectiva en contraposición con la durísima visión pragmática a la que se enfrenta, sigue siendo el reflejo de una comprensión muy profunda sobre hecho y el trasfondo del sufrimiento cultural al que todo joven se enfrenta alguna vez. Por supuesto, el tema no está resuelto y tampoco se analiza a profundidad: nadie podría decir que Hagmann convierte a su película en un manifiesto sobre el conflicto y los terrores de la sociedad convertida en enemigo. De hecho, la película adolece de sustancia, pero en su inocencia y sencillez, logra expresar de manera muy clara esa necesidad de mirar a la sociedad más allá del cinismo adulto, de la concepción levemente formal de la historia que se construye cada día. Con sus estereotipos inevitables de jóvenes melenudos y actitud retadora, el film demuestra que la visión de una época se construye a través de sus escenas, de la expresión más sincera de lo que una época pudo ser y quizás fue, en el recuerdo de quienes la vivieron. Con su soundtrack imperdible, que incluye a consagrados como Janis Joplin, Neil Young y Joni Mitchell, la película refunda el mito de la rebeldía estudiantil con una frescura inesperada. Sus escenas rápidas y un poco atropelladas, parecen describir esa turbulencia de los años sesenta y principios de los setenta. El mundo cambiaba muy rápido y la sociedad no parecía consciente de la manera como esa cultura de la deconstrucción le afectaba. Quizás por ese motivo, la protesta se convirtió no solo en expresión de descontento, sino en esa mirada analítica del tiempo que parece asumir motivos propios para crear una visión de la realidad totalmente desconocida.

Con frecuencia se acusa a “Las Fresas de la Amargura” de manipuladora, romántica o superficial. Probablemente lo sea, pero también, es un documento único de la ingenuidad de una época que se concibió a sí misma como reformadora. Para la generación que representa la película, todo elemento cultural debía ser destruido y reconstruido y en medio de ese ciclo, surgió una esperanza brumosa, abstracta y profundamente diametral con respecto al futuro inmediato. Sin duda, fue una época donde la juventud pareció ser una parte intrínseca de la identidad cultural a medio formarse, esa efervescencia del querer hacer y demostrar el valor a partir de la lucha por el ideal. Por supuesto, más allá de esa inocente visión, se encuentra la realidad. La dura, la concreta, la quizás cínica. Y el director no parece olvidarlo: la escena final de la película, de una carga emocional que sorprende y que desmiente la aparente sencillez del resto del argumento deja muy claro que más allá de la necesidad de reinvención, de la alegría del renacimiento de una época de prodigios sociales, se encuentra la realidad, la que carece de belleza y quizás de simple humanidad.

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