Suplico al cielo su llamada. Por Patricia Smith

Por Patricia Smith el 13/04/2017

Anoche comencé a vestirme a la media noche. Me puse un vestidito rosado muy elegante que me regaló mi mamá por mi cumpleaños, me maquillé sólo un poco y combiné mis zapatos Manolo Blahnik con una cartera blanca. En la entrada de la discoteca la cola era enorme y los porteros había paralizado la entrada de gente. Pero mis senos me evitaron la incómoda situación de tener que esperar. Son nuevos. Mis amigas me decían que me colocara 340 centímetros cúbicos pero yo me puse 400 y debo decir que quedé satisfecha con mis tetas; porque son mías, yo las compré. Sin embargo tengo un problema, y es que como mi ex fue quien me dio la plata para la operación, cada vez que me ve quiere agarrármelas con el cuento de que él las pagó.

La discoteca se llama Bambuda Bar, y voy todos los fines de semana. Cuando entré sucedió lo mismo de siempre, los buitres comenzaron a verme como carroña, pero yo sé que en realidad me pensaban como una carroña inalcanzable. Nunca bailo, a menos que me guste el tipo que me invita, y si me gusta de verdad me lo tiro. Pero lo que me motivó a escribir esto fue que anoche viví una velada diferente. Fui sola, me senté en la primera silla que conseguí junto a la barra y pedí un cosmopólitan que me aburrió y luego cambié por cuba libre, y más tarde por vodka.

Cuando bebemos alcohol, no somos nosotros quienes nos rascamos, se trata de una glándula en el cerebro que se fermenta y produce efectos en nuestro sistema nervioso. Bueno, eso fue lo que me pasó a mí cuando entré a la pista de baile. Al notar el zig-zag de mis pasos, un catirote se puso a bailar conmigo durante unos minutos; pero todo se acabó cuando entró ella. No soy lesbiana en lo absoluto. Sólo me gustan los hombres. Pero debo confesar que esa mujer que entró me cautivó sobremanera. Ni siquiera el gentío hizo su presencia menos llamativa para mí. Cabello negro, ojos grandes, senos pecosos y tan enormes como los míos completaban una figura que parecía esculpida por el mismo Pigmaleón. Me gustó y Punto. Me gustó tanto que me acerqué a ella y me senté a su lado al verla sentarse. No me critiquen. ¿O es que creen que los hombres no saben cuando otro macho está bueno, y se le quedan viendo hasta bajar la cabeza para no ser descubiertos en ese segundo de homosexualidad innata e involuntaria?

-¿Tú estudias derecho cierto? –le pregunté burlándome en mis entrañas de la labia barata que me trataba de meter el catire.
-No, pero debo haberte visto en alguna parte.
-Si, yo también te he visto –mentí sabiendo que jamás la había visto en toda mi vida.
-¿Me das un cigarrillo?
-Toma. ¿Qué estás tomando?
-Vodka.
-El Vodka cumplió quinientos años de haber sido inventado en el 2001.
-¿De pana? Qué interesante. Eso quiere decir que quieres…
-Sí –le dije entrando definitivamente en confiaza.

Su nombre es Laura. Bebimos y bailamos toda la noche con sus amigos. Yo estaba segura de que la atracción era recíproca, y sin darle más vueltas al asunto le pregunté a las cuatro y media de la madrugada si quería irse conmigo. “Claro”, fue su respuesta, y “¿Para dónde?” su pregunta.
-A mi casa. Podemos seguir tomando allá. Pero nosotras solas.

Subimos a mi carro y luego de una camino de total silencio, nos besamos. Primera vez que beso a una chica. Primera vez que hago el amor con otra mujer. Primera vez que una piel suave como la mía me acaricia y juega a las matemáticas sumando mis orgasmos, despejando mis dudas sexuales como simples equis. Primera vez que acaricio otros senos y me siento tentada por pecas como las mías. Primera vez que otra hembra me provoca poesía. Primera vez que no pienso en el amor de mi vida para llegar. Primera vez que un amante –perdón, una amante- se queda en mi casa durmiendo porque a los anteriores los corrí sin darles mi teléfono. Primera vez Laura. Coloco al final todos los principios y suplico al cielo tu llamada.

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