Sobre ‘Los puentes de Madison’. Por Enza García

Por Enza García el 14/03/2016

Hasta 1999 mi papá fue a buscarme al colegio en una picó (sic) Silverado amarillo pollito. Me gustaban esos minutos bajo el sol de mediodía hasta llegar a la casa, en que podíamos hablar o quedarnos en silencio. Una vez le pregunté que si alguna película le daba ganas de llorar, porque por esos días yo todavía soltaba el llanto por El rey león, que fue la segunda película que vi en el cine, después de Mrs. Doubtfire. Mi papá se quedó callado un minuto y dijo que sí, que Los puentes de Madison le daba ganas de llorar.

 
 

?¿Por qué?

?Por el sacrificio. Un día entenderás eso.

En 1999 cambiamos de carro y llegó DirecTV a la casa. Un día de esos, un par de años después, pasaron Los puentes de Madison y aunque yo todavía no me había enamorado ni tenía hijos, supe llorar mientras Meryl Streep nos pedía que intentáramos ser felices.

Hoy he visto de nuevo la película. Voy a cumplir 28 años, y a nuestro carro, el de 1999, le faltan varios repuestos que no aparecen. Aunque no tengo hijos, creo que comprendo intensamente el sacrificio que mencionó mi papá aquel mediodía en nuestra Silverado amarillo pollito. When a woman makes the choice to marry, to have children, in one way her life begins but in another way it stops, dice Meryl Streep frente a la hermosa y arrugada cara de Clint Eastwood. When a woman. When a man.

Me dio miedo pensar en eso. Miedo porque tus padres son personas también aunque no te lo creas y como personas guardan lugares donde no llega la luz del mediodía. Son personas de promesas fallidas y caminos que dejaron de transitar. Personas con monstruos, con cementerio, con la papelera del baño hasta el tope.

Uno se abisma en sí mismo, descollante y brutal, cuando por un momento se imagina si la vida de sus padres hubiera sido diferente: si se hubieran casado con una persona mejor, si hubieran tenido las oportunidades que a ti te sobran, si hubieran nacido en Viena o en Sidney. Tal vez serían más brillantes y tú no serías nada.

Entonces crecer es saber que tus padres también son infelices. Que no son tuyos, que alguna vez fueron ellos solos.

Nalgas y Libros | contacto@nalgasylibros.com