Simone de Beauvoir: sabia, promiscua y brillante

Por redaccionnyl el 09/01/2016

Cabe preguntarse cómo abordar una figura tan influyente, tan básica, tan inolvidable. Una forma es leer su literatura, sus muy vendidas novelas de los años 40 y 50 como La invitada. En la actualidad no se leen con entusiasmo sus obras de ficción, demasiado deudoras quizás de su filosofía existencialista, novelas de tesis que apoyan ideas, más que imaginación. Pero literatura no es sinónimo de ficción, y Beauvoir justo constituye, además, un ejemplo maravilloso de literatura autobiográfica vinculada al yo, a la supuesta “verdad” de los hechos, a la voluntad memorialística. La idea se la dio Sartre, que era un duro crítico de los manuscritos de su querida amante y compañera intelectual. Él le indicó que debía escribir sobre ella misma, dado que Beauvoir era mucho más interesante que sus personajes. Y tenía razón. Así surgió la tetralogía de Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, La fuerza de las cosas y Final de cuentas y, entre otros, el hermoso relato de la agonía de su madre, Una muerte muy dulce.

 
 

Libro poderoso. Pero Beauvoir no sólo era narradora -de vidas imaginarias y de su propia vida- sino que fue también filósofa y ensayista. Su obra monumental en este sentido ha sido El segundo sexo, dos tomos que recorren la historia, la biología, la sociología, la psicología, la mitología e incluso la propia experiencia buscando responder una pregunta esencial: ¿qué es ser mujer? Se han vertido infinidad de opiniones sobre este libro. Cuando se publicó, en 1949, el escándalo fue tal que Beauvoir tuvo dificultades hasta para sentarse en uno de sus adorados cafés parisinos, donde solía escribir. Una lluvia de insultos y de burlas se desparramó sobre autora y libro: comentarios mordaces sobre la sexualidad y la vagina de la escritora salían catapultados de la boca de prestigiosos intelectuales, y hasta los jóvenes se subían encima de las mesas de los cafés y le cantaban estribillos ofensivos.

El segundo sexo es hoy un texto de referencia fundamental en los estudios de género, ha vendido millones de ejemplares y es considerado la Biblia del feminismo. Felizmente, la tan vilipendiada autora del año 49 logró ver en vida los frutos ulteriores de su libro: a partir de los años 70, en Francia, una generación de mujeres jóvenes se desprendieron del maoísmo de mayo del 68 y buscaron por sí mismas la igualdad de derechos para las mujeres. En poco tiempo consiguieron hitos como la despenalización del aborto. Todas habían leído El segundo sexo con fruición. En forma paradójica, Beauvoir, que siempre había rechazado para sí la maternidad y a quien le disgustaban las mujeres embarazadas, se llenó de hijas. Todas decían que Simone de Beauvoir era la madre del feminismo.

Vida mítica. Pero una tercera posibilidad a la hora de meditar sobre Beauvoir es comprender su compleja, larga y muy documentada vida. Diarios íntimos, cientos de cartas, entrevistas, documentales, testimonios de terceros, además de la frondosa literatura, son material para que los biógrafos trabajen de lleno, para que los cineastas reconstruyan escenas míticas. La vida de Simone de Beauvoir y de su pareja Jean-Paul Sartre ejerce una magnética fascinación. Ellos practicaron un abundante voyeurismo verbal y como testimonio están los torrentes de cartas que se enviaban. (Formaba parte de su “pacto” contarse absolutamente todo, incluidas sus aventuras amorosas con sus correspondientes detalles). Saber de la vida de Beauvoir y Sartre ayuda a especular acerca de las variantes que puede llegar a adoptar la pareja humana, el macho y la hembra, con sus rituales de poligamia, como si fueran objeto de una filmación de la National Geographic. Macho y hembra humanos, muy humanos, por cierto, aunque con cerebros superdotados y un caudal abrumador de lecturas.

Ser voyeur de la vida de estos dos fundamentales filósofos del siglo XX es lo que hace el lector cuando devora el libro de Hazel Rowley, una especial biografía que viene causando revuelo desde su publicación en el 2005 en inglés, y que ahora circula en español con el título Sartre y Beauvoir. La historia de una pareja. El título original es bien distinto, si uno se pone puntilloso. La biógrafa australiana lo tituló Tête-a-tête: Simone de Beauvoir and Jean-Paul Sartre, y llama la atención que el editor español haya trocado los nombres de los filósofos. Acaso el cambio contiene la idea casi despectiva que circuló en alguna oportunidad y que sugiere que, sin Sartre, Beauvoir no hubiese sido lo que fue.

Sin embargo el libro de Hazel Rowley da la impresión de ser una biografía de Beauvoir más que de Sartre. En verdad, la historia comienza cuando ambos se conocen en La Sorbona, siendo estudiantes de la agregatura en filosofía. Preparaban un examen muy competitivo y difícil, que los podía llevar a ser funcionarios (profesores) vitalicios, con sueldo asegurado. Corría el año 1929 y había pocas mujeres en aquellas aulas. Sartre se fijó en Beauvoir cuando ella dio una clase sobre Leibniz, le llamó la atención su brillantez, su belleza, su voz ronca y su rapidez al hablar. (Estos dos últimos atributos, que no pueden plasmarse en las fotos ni en los libros, formaban parte esencial, según testimonios, de su profundo carisma).

La historia que cuenta Rowley casi acaba con la muerte de Sartre, con la impresionante escena del hospital, cuando Beauvoir se mete en la cama donde yace Sartre, ya muerto, lo que provocó el escándalo de los enfermeros. La biografía de Rowley sólo tiene unas pocas páginas más luego de esta escena, destinadas a explicar el libro de Beauvoir La ceremonia del adiós -donde la escritora describe el deterioro físico de los últimos años de Sartre- y otras pocas páginas que mencionan los problemas de la publicación de la correspondencia de ambos y el intrincado nudo de los albaceas.

Pública intimidad. En el medio, hay casi 600 páginas de intimidad, cuya fuente fundamental han sido las cartas -publicadas e inéditas- entre los célebres amantes. Sartre fue un gran escribidor de cartas, y alguna vez manifestó que le encantaría que se publicaran. A su vez, en vida, Beauvoir en 1983 publicó las cartas que recibió de Sartre, eliminando algunos pasajes y cambiando algunos nombres para no incomodar a terceras personas, pero, de hecho, dejó su correspondencia en la Biblioteca Nacional, aquella misma biblioteca que recorrió y en la que estuvo sumergida estudiando tanto cuando producía El segundo sexo. Ella sabía muy bien que cualquiera podría consultar esos cientos de papeles y leer sin censuras su privacidad total. Cuando en 1990 la albacea de Beauvoir publicó las cartas a Sartre sin censuras, surgió la evidencia de aquello que ella siempre había negado: sus relaciones homosexuales con mujeres, algunas de las cuales fueron sus alumnas.

Ni Sartre ni Beauvoir quemaron sus papeles, sus diarios, o sus cartas. Sabían que una multitud de eruditos correría tras todo ello en cuanto se pudiera.

Este libro de Hazel Rowley puede ser considerado prensa amarilla, columna de chismes, o papeles de voyeur. Están con lujo de detalles los itinerarios sentimentales y sexuales de Beauvoir y Sartre entre sí y con su retahíla de respectivos amantes a lo largo de la vida. Nos enteramos de aspectos privadísimos: por ejemplo, sabemos que Sartre practicaba como método anticonceptivo el coitus interruptus. A pesar de la práctica, Michelle Vian (esposa de Boris Vian y amante durante años de Sartre), tuvo tres abortos de éste. El último la dejó estéril. Cuando Sartre tenía 70 años una empleada doméstica renunció porque mientras trabajaba escuchó cómo la amante del filósofo experimentaba un orgasmo: el incidente llevó a Beauvoir a reñir a Michelle por no cuidar la sentida salud de Sartre.

Lector descolocado. Pero a la vez, esta historia que construye Rowley a través de tantos papeles y testimonios constituye un gran desafío a lo establecido: el lector debe poner dentro de su cabeza, en fuerte entredicho, valores muy cotizados como la monogamia, el derecho a la posesión del otro, lo natural de los celos, el establishment de la heterosexualidad, todos estos conceptos casi sagrados que se mezclan en la complejísima red de relaciones que establecieron los dos escritores entre sí y con un conjunto de personas al que incluso ellos mismos llamaron “la familia”.

Un amante de Simone de Beauvoir, el documentalista Claude Lanzmann, autor de la famosa película Shoah, que comenzó su relación con ella cuando él tenía 27 años y ella 44, hoy recuerda que Simone le insistía para que saliera también con otras mujeres y opina acerca del particular vínculo que se gestaba con Beauvoir: “Podía contárselo todo. Casi nunca hacía juicios morales. Bueno, no de quienes amaba. Su primera reacción era hacer un esfuerzo para entenderlo y ponerse en la piel del otro”.

Por otra parte, un secretario de Sartre, Jean Cau, que fue testigo de las mentiras que Sartre espetaba a sus varias mujeres cuando las llamaba por teléfono una a continuación de la otra, se vio llevado a demandarle: “me pregunto cómo se las arregla. Es una situación dura”. Sartre le contestó: “En algunos casos hay que recurrir a un código moral transitorio”. No era fácil, sin duda. El principal problema era el Otro. El ideal de la transparencia y la libertad, tan citados en el famoso pacto de amor establecido entre Sartre y Beauvoir desde su juventud, producía desesperación, dolor, e incluso suicidios entre los otros, entre aquellos que no eran el amor “necesario”, sino el “contingente”.

Los inicios. El comienzo de la historia no tiene nada de truculento, es bellísimo y, de hecho, ha podido filmarse, recreando aquellos días, una preciosa película emitida hace pocos meses por Eurochannel: Los amantes del Café Flore, dirigida por Duran Cohen.

Los jóvenes Simone y Jean Paul eran los estudiantes admirados de la Sorbona: cuando daban sus exámenes, como eran orales, los otros estudiantes iban a escuchar. Junto a Maheu y Nizan, Sartre había formado un grupo de estudio y de amigos inseparables, a los que pronto se unió el “Castor”, apodo con el que Sartre llamó a Beauvoir hasta el último de sus días, pero que no fue inventado por él, sino por su amigo Maheu, que viendo trabajar a la joven Simone tan concienzudamente en la Biblioteca Nacional, le escribió con letras grandes, en un cuaderno: BEAUVOIR=BEAVER, (castor, en inglés). Era un juego de palabras que hacía referencia a la enorme capacidad constructiva de aquella mujer. El apodo fue intensamente afectivo, lo usó un Sartre moribundo para decir, luego de que ella le besara los labios: “La quiero muchísimo, mi pequeño Castor”.

Medio siglo atrás, el difícil concurso de oposición en filosofía había sido ganado por Sartre en primer lugar, en segundo por Beauvoir. Luego trascendió que el tribunal había debatido largamente si dárselo a ella en vez de a él, pero primó el hecho de que Sartre llevara siete años estudiando, y en cambio Beauvoir solo tres. Ambos querían ser genios. Sartre, sin lugar a dudas, estaba convencido de ello, y cabe pensar que contagió a Simone de su ambición, pero allí están las Memorias de una joven formal señalando que ya una adolescente Beauvoir quería ser una escritora famosa, apoyada en dos premisas básicas: no creer en Dios y abominar del matrimonio.

La romántica historia crece y se desarrolla cuando la jovencísima Beauvoir se va a pasar un verano a Meyrignac, la casa de la familia en el campo, y Sartre se aparece por allí un día. Se acarician y se besan rodando por el pasto, ella le trae comida a escondidas, pues él se alberga en un hotel del pueblo: un día los burgueses padres de Simone los descubren y se alarman. Los incipientes filósofos fueron en extremo felices en aquellos días. Poco tiempo después, en París, Simone se alquila, para vivir, una habitación en un edificio regenteado por su abuela: en aquella habitación de paredes naranja se consumó la unión sexual completa con Sartre. Pasaron unas semanas acariciándose y haciendo el amor febrilmente. Así comenzó el concepto de “almas gemelas”; sentían una profunda identificación el uno con el otro, pero Sartre planteó un problema: a los 23 años no estaba dispuesto a renunciar a los amoríos de por vida. Le propuso entonces el tan mentado “pacto” a Simone: el amor entre ellos sería “necesario” y los otros amores “contingentes”. Era una forma sofisticada de decir que mantuviesen una pareja abierta. Como requisito intelectual, estaba la obligación de contarse absolutamente todo: la transparencia. La vida de Sartre tuvo numerosas mujeres, era un seductor total a pesar de su ojo estrábico, sus dientes manchados por el tabaco y su notoria baja estatura. Beauvoir no se quedó atrás, pero cuando establecieron el pacto, con un plazo de dos años, ella era perfectamente consciente del problema de los celos. Cada uno tendría sus historias, pero Simone sabía que no le resultaría fácil sobrellevar los celos. Tal vez los momentos más angustiantes para Simone fueron aquellos de la década del 40, finalizada la guerra, cuando Sartre en un viaje a Estados Unidos se enamoró de Dolores Vanetti, con quien estuvo a punto de casarse, una mujer que exigía derechos, fidelidad, y viajaba a París a perseguir a Sartre.

Desigualdad pese a todo. Tampoco el pacto era equitativo: Sartre era hombre, y Beauvoir mujer. A lo largo de su vida Sartre acumuló y superpuso varias mujeres, mucho más jóvenes que él. Le entusiasmaba desvirgar jovencitas. En los años 60 una adolescente, Arlette Elkaïm, se hizo absolutamente dependiente de él: primero fueron amantes, luego él la protegió como si se tratara de una hija, y finalmente la adoptó. Hoy Arlette es una mujer riquísima, que usufructúa los derechos de Sartre y, como es su albacea, guarda material inédito del filósofo sin compartirlo con el mundo, lo cual genera muchísimo malestar en estudiosos y biógrafos.

Beauvoir recibiría infinitas más burlas y condenas que Sartre por su peculiar modo de vivir la sexualidad y el amor. Cuando muy jóvenes, y ambos fueron designados como profesores de bachillerato a destinos lejanísimos (a ella le tocó Marsella y a él Le Havre) Sartre le propuso casamiento, para que les dieran el puesto en la misma ciudad. Ella no aceptó. No quiso que su amor se transformara en el espantoso panorama de sus propios padres, con un hombre burgués que ponía cuernos a su esposa y una mujer llorona que siempre estaba reprochándoselo.

Sin embargo, no fueron fáciles aquellos tiempos en Marsella. Además de añorar la sexualidad, como varias veces confesó que le sucedió a lo largo de la vida, salía por los caminos del campo, caminaba sola con alpargatas y mochila cuarenta kilómetros por día. Le decían que podían violarla, era la imagen misma de la libertad. Pero cuando luego la trasladaron a Ruán, estuvo mucho más cerca de Sartre, y la relación se convirtió en un gran ir y venir en tren y esperas en estación.

Ruán es clave en la historia de Beauvoir y Sartre porque allí la joven profesora de filosofía conoció a Olga Kosakiewicz, una alumna de diecisiete años que se sentaba en el fondo y que nunca intervenía en clase, aunque entregaba estupendos trabajos escritos.

Tríos y promiscuidad. Profesora y alumna se hicieron íntimas amigas. Sartre fue presentado a Olga, y no tardó mucho tiempo en conformarse el famoso “trío”, modalidad que se repetiría a lo largo del tiempo en la dinámica Sartre-Beauvoir. Ambos profesores, con sus sueldos, se hicieron cargo de la alumna, que no sabía qué quería de su vida, y con su apatía extraña les cuestionaba todo y les hacía presentir la levedad de la libertad. La Beauvoir se acostó con Olga, aunque lo negó toda la vida, al igual que otras relaciones homosexuales que se le suponían. En las cartas póstumas que se publicaron luego de la muerte de ambos, surge con claridad que Beauvoir tuvo relaciones con Olga, y no solo con ella. Otras alumnas, Blanca Bienenfeld y Nathalie Sorokine, por ejemplo, intimaron sexualmente con ella. Lo curioso es que Sartre heredaba esas chicas que se habían apasionado con su profesora. Se ha acusado a Beauvoir de actuar como una suerte de proxeneta de Sartre. Si bien Olga nunca alcanzó a acostarse con Sartre, pronto comenzó a formar parte de la “familia” su pequeña hermana Wanda, que sí se convirtió en amante de Sartre durante años. Para ambas hermanas Sartre escribiría sus famosas obras de teatro, aunque no eran consideradas sólidas actrices.

El trío Beauvoir-Sartre-Olga/Wanda fue descrito con detalles en la novela de Beauvoir La invitada, que finaliza con el asesinato de Javiera, la chica abúlica que tanto perturba a la pareja de intelectuales. En la ficción, Beauvoir se tomó la revancha de tanta situación confusa. Durante años Simone fue amante del atractivo intelectual Jacques-Laurent Bost, que a la sazón era el compañero de Olga.

El problema de los otros. En 1942, en plena ocupación alemana y gobierno de Vichy, Simone de Beauvoir fue denunciada ante el Ministerio de Educación por corrupción de menores: la madre de Nathalie Sorokine planteó que la profesora se acostaba con sus alumnas -que todavía no habían cumplido 21 años- y luego se las pasaba a Sartre. La “familia” sartreana se puso de acuerdo y negó absolutamente todo, decían que eran íntimos amigos, y nada más. Simone fue expulsada de su cargo, pues aunque no había pruebas, el gobierno de Vichy defendía la tradición y la familia, y el escándalo no era aceptado entre sus docentes.

Sin el mundo de las tizas y los pizarrones, Simone se dedicó de lleno a la literatura. Fue el momento de la publicación de La invitada, con su glamoroso éxito. También en esos momentos Sartre la ayudaba económicamente, como lo hizo a lo largo de toda su vida con sus variadas mujeres, a quienes pasaba mensualidades con total generosidad y desprendimiento. Por ello también se le acusó de que en el fondo era un señor tradicional manteniendo queridas.

Alguien más culpó a Beauvoir de proxeneta de chicas. Lo hizo alguien que la amó muchísimo. Cuando se lee el libro de Hazel Rowley se siente por momentos que mientras Sartre seducía jovencitas y era perseguido por una retahíla de mujeres emocionalmente inestables y dependientes, Simone no siempre la estaría pasando bien. A los diez años de la relación ya no mantenían sexo, se había agotado el deseo, aunque la pareja continuaba en pie, con su amor y compañerismo mutuo y su inextricable sociedad intelectual.

Por eso la llegada del escritor norteamericano Nelson Algren a la vida de Simone de Beauvoir constituye para el lector un alivio. En 1947 Beauvoir viajó a los Estados Unidos a dictar conferencias. Recomendaciones de amigos (o quizás, el azar), la llevaron a Chicago y a la vida de Nelson Algren, un buen escritor malhumorado y rudo, con quien comenzó un vínculo que la llenó de satisfacciones. Con Algren disfrutó del sexo como jamás en su vida lo había hecho: este estado “nutricio” del cuerpo fue descrito en su novela Los mandarines, (1954) para variar, de fuerte contenido autobiográfico.

Las idas y venidas de Beauvoir y Algren a través del Atlántico se sucedieron a lo largo de los años. Algren le pidió varias veces que se casara con él, pues la idea de compartir a Simone con Sartre lo desquiciaba. Mucho más malestar aún le produjo descubrir que en realidad Simone acomodaba sus encuentros a la disponibilidad de Sartre. Cuando el filósofo francés se iba con su amante Vanetti, entonces Simone acudía a los brazos de Algren para contrapesar la soledad.

Algren quedó muy resentido con Beauvoir, a pesar de haber vivido con ella días felices. Las fotos de ambos en México (con ella sin moños y turbantes, de pelo suelto) los muestran en la plenitud de la existencia, llenos de dicha. Sin embargo, que Beauvoir de algún modo continuara considerando a Sartre como su amor necesario y a Algren como un amor contingente, destruyó la relación. Algren no la perdonó y años después escribió un poema irónico y venenoso donde comparaba a su ex amante y a Sartre con Abelardo y Eloísa.

Otro detalle grueso que sacó de quicio a Algren fue el contenido autobiográfico de los libros de Beauvoir que tarde o temprano llegaron a sus manos, y en donde se ventilaba toda su intimidad. Al escritor norteamericano le cayó muy mal verse retratado en sus aspectos más privados. Dijo en una entrevista que él había estado en muchos burdeles en el mundo y que en todos las prostitutas cierran la puerta cuando hacen su trabajo: Simone la había dejado abierta y había invitado a todo el mundo y a la prensa a entrar y observar. Algren metió el dedo en la llaga cuando también declaró que una buena escritora debe tener material suficiente para sus libros sin necesidad de andar escarbando en su jardín.

La furia de Algren y sus vapuleos verbales a través de entrevistas dolieron a Simone, que dijo a su hermana Poupette no sentir nada cuando se enteró de la muerte de Algren. Pero lo cierto es que cuando fue enterrada Simone de Beauvoir en 1986, llevaba en su mano el anillo mexicano que Nelson Algren le había regalado en aquellos días felices. Desde entonces no se lo había quitado jamás.

Las cartas de Simone de Beauvoir a su amante norteamericano, publicadas en 1997, son bellísimas. Leyéndolas es posible preguntarse por qué mantuvo hasta el fin el famoso “pacto” con su primer y ancestral hombre, Jean-Paul Sartre.

No debe olvidarse la realidad declarada por Beauvoir, quien confesó que en casi medio siglo de relación sólo una vez Sartre y ella se habían ido a dormir enemistados. Resulta inolvidable la imagen -filmada- de Beauvoir y Sartre trabajando juntos, todas las tardes, escribiendo y fumando cada uno en una mesita.

SARTRE Y BEAUVOIR, LA HISTORIA DE UNA PAREJA, de Hazel Rowley, Lumen, Barcelona, 2007. Distribuye Sudamericana. 616 págs.

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