Si Claudio juega con los pies, todos dicen Bravo

Por Lizandro Samuel el 05/06/2016

Bravo y Ter Stegen ayudaron a olvidar rápido la baja de Víctor Valdés. Este último fue pieza vital en la etapa más gloriosa del club y se consolidó como titular luego de que muchos porteros fracasaran en el Barcelona. El futuro parecía complicado cuando anunció su marcha. Pero un chileno aguardaba su oportunidad de triunfar en la élite. Con la seguridad de los callados, el temple del destinado al éxito y la humildad del que casi nunca sale en las portadas, Claudio Bravo maravilló al Camp Nou a punta de talento.

Dicen por ahí que dos veces estuvieron cerca de echarlo de las bases del Colo Colo: en dos torneos cruciales cometió errores que le costaron a su equipo una copa. Logró permanecer en la institución y despedirse ya hecho todo un profesional tras alzar un título en Primera. En la Real Sociedad continuó su camino discreto: tuvo grandes participaciones aunque el equipo descendió. Sería en el Barcelona y con la selección de Chile donde su nombre empezaría a meterse en la lista de los mejores porteros del planeta.

Y no es para menos. Entiende tanto el fútbol como el mejor de los centrales o mediocentros. O eso parece cada vez que toca la pelota. Con una calmada seguridad, da pases cortos, largos y hasta hace una finta para descolocar al rival, sin que nadie le reclame: si Claudio toca la pelota, todos gritan ¡Bravo!

Sería injusto, eso sí, resumir sus virtudes en su talento con los pies. Desde una correcta colocación, pasando por reflejos certeros y un dominio absoluto del área, hasta atajadas definitorias, Bravo es un portero top de equipo grande. Y puede presumir de jugar en dos de los mejores de la actualidad: el Barcelona y Chile. En ambos le ha tocado ser figura. En los dos ha alzado títulos. Ya acostumbrado al éxito, le resulta fácil lucirse teniendo compañeros tan buenos. Nadie teme pedirle la pelota y él disfruta pidiéndola. Tampoco, nadie tiembla cuando disparan a su arco: hacerle un gol es tan difícil como obligarlo a errar un pase.

Si usted es portero o pretende serlo, le haría bien fijarse en él. No es el mejor cotizado en las revistas rosas, la prensa no le inventa rumores absurdos, ni llegan noticias que lo involucran en orgías o comprando yates recién salidos al mercado. Sorpresivamente, su nombre tampoco suele ser frecuente entre los periodistas más serios ni al momento de hablar de cracks contemporáneos. Esto, aunque no lo parezca, es positivo: que un portero tan exigido con las manos, que toca tantos balones con los pies y que a menudo tiene que resolver situaciones críticas, no produzca millones de comentarios es un significativo elogio. Lo hace todo tan bien y de forma tan correcta, que al no haber nada que reprocharle y poco que corregirle, se asume su talento con la naturalidad del que llega a casa todos los días y consigue un plato de comida caliente, aunque en el mundo millones de personas se mueran de hambre.

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