La filosofía de lo erótico del Marques de Sade

Por Aglaia Berlutti el 01/01/2016

Se dice que el Marques de Sade no se consideraba así mismo un “Libertino”, sino una victima de sus deseos inconfesables, dominados por la pasión y en ocasiones el crimen. Una afirmación que parece contradecir lo que su obra muestra y exhibe como principal atractivo: el sexo como vehículo del placer y el dolor, una mezcla inquietante de belleza y vulgaridad que probablemente su época no entendió con claridad. Obviamente, ninguno de sus libros es autobiográfico ni pretende serlo y aún así, nada describe mejor la visión del Marques de Sade sobre el mundo que sus a menudo escabrosas escenas sexuales. Y es que hay algo inquietante y bello en esa visión torturosa, vitalista y sobre todo polémica de Sade sobre si mismo que parece esconderse entre las páginas de sus historias. Porque para el Marques, el sexo no es solo un vehículo de placer sino también de dolor: una intrigante necesidad de destruir el mito del sexo como creador y expresar una idea mucho más dura y real. Una manera de comprender la esquiva naturaleza humana.

Porque para el Marques de Sade, el poder del sexo residía justamente en la provocación. Sus encendidas historias eran de hecho una metáfora sobre su rechazo al dogma y a la moral, a la búsqueda de lo natural, lo esencialmente humano a través de los excesos. Y es por ello que insiste cada vez que puede que “sólo los hombres de alma vigorosa, las mujeres de imaginación podrán comprender su sentido, aprender sus lecciones y estimular fértilmente el terreno de esa libertad por medio de la cual alcanzan su complacencia. ( La Filosofía en el Tocador, 1975 ) El Marques construye un mundo donde la lujuria es la medida del pensamiento humano y triunfa en visión del hombre como criatura en la búsqueda del placer por el placer. Una idea que escandalizó a una sociedad moralista e hipócrita que de inmediato tachó al Marques como “criminal” y “perverso”. ¿Pero cual es el origen de esa animadversión hacia la obra y la figura de escritor? Por cierto, no sus historias, retorcidas y exageradas, donde la sexualidad parece reducirse a un mero artificio para obtener la atención del lector. ¿Qué había dentro del planteamiento de las obras de Sade que levantó esa cólera cultural que lo llevó al ostracismo entre sus contemporáneos? Tal vez la respuesta nos las brinde el propio Marques cuando deja muy claro: “Que quienes creen en esa moral –dice Sade- vegeten en la bajeza que los envilece”, para ellos no están escritas estás páginas”.

Y es que el Marques atacó siempre que pudo los principios y costumbres de una sociedad hipócrita que censuraba lo que consideraba sórdido, pero que a la vez, se sentía irremediablemente atraída por lo prohibido. Era una época que caricaturizaba y dogmatizaba la sexualidad en una fórmula simple de convenciones sociales agobiantes: la Francia del Marques de Sade, justo antes de las revueltas que dieron paso a la Revolución Francesa, fueron tiempos ambiguos, de subterfugios y reflexiones incompletas. La mujer y el hombre cumplían un rol social rígido, carente de verdadera dimensión y parecían formar parte de una concepción cultural tan severa como insustancial. No asombra por tanto, el asombro y después genuino horror que despertaron las obras del Marques de Sade, escritas desde su celda de la Bastilla. El Marques escribía para escandalizar, pero aún más, para sacudir esos elementos que se consideraban incontestables dentro de la sociedad que rechazaba y que a su vez, le atraía. Su prosa egoísta, directa, violenta y transgresora, sorprendió a sus contemporáneos pero también, sentó las bases de una reinvención del mito de escritor maldito, del que escribe como liberación, del que se enfrenta a la sociedad a la que pertenece. Para entonces, Francia ya era célebre por ser la cuna de los llamados écrivains maudits: Villon, Baudelaire, Verlaine; Y no obstante, el mérito de Sade es la de ser revolucionario y apóstata en una época de ruptura. Con su reaccionaria necesidad de enfrentarse a lo establecido, a lo normal y lo aceptable, el Marques creó un nuevo tipo de expresión formal de la literatura. O mejor dicho la reinventó, para un nueva época que había olvidado a los Cirenaicos de la Antigua Grecia y su interpretación del mundo como “El cultivo del placer”. Los libros del Marques, con sus trepidantes escenas sexuales, sus marcada y evidente necesidad de destruir lo meramente simbólico y sustituirlo con opinión, le hicieron una figura que trascendió lo puramente anecdótico para convertirse en icono de la revolución de las ideas.

No obstante, Sade no asumió jamás su visión como estrictamente revisionista: Sade siempre dejó claro que escribía por el mero placer de utilizar las palabras como armas contra una cultura obsoleta. A diferencia de obras como Fanny Hill de John Cleland (1750) donde aún hay evidencias de esa necesidad de respetar lo socialmente aceptable como limite para la disgregación moral, Sade va más allá: redescubre la sociedad moralista desde la óptica del que sufre sus rigores, del que teme y le preocupa su visión incidental con respecto a lo cultural. Y más allá, Sade simplemente ataca la moral y las leyes que censura, que reprimen y limitan. Lo hace comprobando sus grietas, lo desigual de esa percepción de la justicia, el orden, la estructura misma de la sociedad. Lo hace a través de la oposición frontal a ese aparato de lo que la cultura considera indispensable. Y lo hace a través del sexo, esa visión del hombre carente de todo refinamiento. La carnalidad como expresión del yo, esa extravagante visión del sexo como filosofía y destrucción de todo valor.

¿La filosofía del Libertinaje? Tal vez sea algo más elemental: una controversia que genera rechazo y también, una desmitificación de lo que asumimos culturalmente ineludible. No cuesta mucho imaginar al llamado “Divino Marques” describiendo orgías imposibles, encerrado en su celda de piedra y encontrando en las escenas, en la necesidad pendenciera y sublime de provocar, una manera de crear.

Un símbolo del poder del hombre para enfrentarse así mismo, o en palabras del propio Marques: “sólo cuando lo sacrifica todo a la voluptuosidad, el desdichado individuo que llaman hombre, y a quien han arrojado a este triste universo a pesar suyo, puede llegar a sembrar algunas rosas sobre las espinas de la vida”.

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