Sánchez Rugeles defiende que sus personajes digan “coño” y “de pinga”

Por Redacción Nalgas y Libros    27 febrero, 2016

Eduardo Sánchez Rugeles no cree que eso de la timidez sea una condición tácita de los escritores. El tímido es él, y sin embargo, desde que publicó “Blue label” (2010) la visita familiar a Venezuela se le ha convertido en agenda de trabajo: medios de comunicación, hablar con periodistas… “Luego llegan los números y te das cuenta del efecto positivo: más ventas, aumentan los seguidores en Twitter”.

En Nalgas y Libros teníamos más de un mes detrás de una posible entrevista, y su visita a Venezuela a propósito de su nuevo libro, “Jezabel”, novela negra, era una oportunidad ineludible. Nos sentamos a conversar en la librería Alejandría de Paseo Las Mercedes, en Caracas, encendimos un grabador, le preguntamos por su trabajo y lo demás se dio solo…

“Bueno, sí. Hay una temática común. Un tríptico del exilio, dijo alguien por ahí… Pero en “Jezabel” quise hacer algo diferente. Me plantee un proyecto con otra intención, quizá para quitarme esa etiqueta de ‘narrador del destierro’.

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Sánchez Rugeles emprendió “Jezabel” a partir de una solicitud de Mónica Montañez para la colección Vértigo: “Nos pidió trabajar con un personaje femenino, ya sea como víctima, victimario o detective. Eso no fue un límite para mí. Trabajo más a gusto con personajes femeninos. Mientras delineaba el argumento, recordé aquella trágica leyenda de la Biblia. El personaje no lee la biblia, pero sí Wikipedia, y fue así como conoció sobre Jezabel”.

Este ganador del Premio Internacional Arturo Uslar Pietri parece sentirse tan cómodo desarrollándole personalidad y discurso a una mujer, que nunca mete a sus personajes femeninos en ningún estereotipo. Pero a los hombres sí, los hace “más tontos”.

A Sánchez Rugeles le gustan “los temas tabúes, incómodos espinosos”; y asegura que llegar a eso no fue algo premeditado, sí confiesa que cuando leía a Bolaño se preguntaba cómo se podría llegar a provocar al lector.
Precisamente en “Jezabel” le tocó “levantar algunas ronchas”. Pero fue que tropezó con el discurso, “me lo encontré”.

Ausencia de malditismo

Más allá de sus personajes y de las circunstancias en las que se desenvuelven, Eduardo Sánchez Rugeles ha tenido “por fortuna, una vida bastante convencional”, y lo ilustra citando a Emil Cioran: “La desdicha de una infancia Feliz”.

En consecuencia, no se parece a ninguno de sus personajes: “Ellos son tipos oscuros y frontales. Yo soy más moderado, y profundamente políticamente correcto. A veces incluso apelo a la hipocresía para evitar desencuentros”.

La contradicción entre él y las personalidades que crea en sus historias parece ser notable para sus semejantes, porque “mucha gente me dice que al leerme se imaginan que vengo de una familia disfuncional y que tengo grandes problemas psicológicos; y probablemente sí los tenga, pero no tengo una familia disfuncional para nada”.
Otros escritores –nos relató- le han dicho que ellos no pueden escribir como él sobre figuras como el padre, la madre, el abuelo o el tío… porque, sencillamente, a ellos sí les duele.

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“Pero yo sé que no le hago daño a nadie en mi casa con eso. Más bien se ríen. Mi mamá podría decir: ‘Ay, Dios mío, ¿por qué mi hijo escribe esas cosas’. Pero jamás dirá: ‘Mi hijo me está censurando porque yo una vez…
Detrás de esa oscuridad no hay una intención ni una prédica oculta. Al menos ninguna de la que se percate el autor. Lo que hace conscientemente es explorar los temas que le gustan a ver qué resulta.

Escritor, venezolano y en España

La crisis económica que se desató en España también ha aumentado las dificultades que tradicionalmente padecería un escritor venezolano en ese país. “Recortes importantes en el área de cultura, cierre de librerías, de editoriales pequeñas, y las grandes solo quieren apostar a firmas que garanticen ventas: te dicen en tu cara que les resulta riesgoso publicar nuevos nombres, y sí, sí pesa la ausencia de venezolanos en el mercado literario internacional”.

Sánchez Rugeles avisa de todas formas que no existe ninguna exclusión generalizada hacia los venezolanos, “pero sí, es probable, que un mexicano o un argentino tengan más posibilidades para encontrar espacio en el mercado”.

Ser “profundamente políticamente correcto” hace que este escritor no se sienta cómodo generalizando. “Pero es que si revisamos la historia del boom de José Donoso, el único que aparece es Adriano González León, y en un capítulo casi anexo. Creo que eso nos generó un complejo más interior que exterior. A los que nos duele no estar junto a García Márquez y Cortázar es a nosotros, pero si presentas un trabajo bien hecho, puedes competir”.

Coño, de pinga

Eduardo Sánchez Rugeles defiende el derecho de escribir en venezolano, y disfruta que los jóvenes caraqueños de sus novelas digan coño, nojoda o de pinga.

Esta irreverencia le sale al paso a los voseos y lunfardos argentinos, a las expresiones mexicanas y al modismo castizo español que con tanta naturalidad es aceptado por los lectores en lengua castellana de todas partes.
“Y todavía hay quienes dicen que la jerga venezolana no la va a entender nadie. ¡Es mentira! Eso es parte del complejo que percibo. Yo me he llevado gratas sorpresas con mexicanos y españoles que lee un de pinga y entienden lo que significa porque el contexto se los explica”.

Ahora trabaja en una novela diferente, una que será narrada por un niño de 10 años: allí el lector encontrará elementos de ternura (se le arruga la cara al pronunciar la palabra) antes de desembocar sus motores de siempre: el comportamiento censurable, lo incómodo, y los temas de los que nadie quiere hablar pero que todos quieren leer.

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