Roberto Bolaño, una celebridad silenciosa

Por Aglaia Berlutti el 21/02/2016

A Roberto Bolaño se le llamó con frecuencia “Un genio discreto”, término que parece describir la celebridad sutil de la que disfrutó durante su vida, esa visión suya de la literatura que rozaba un cierto anonimato humilde que en esta época donde la búsqueda de la notoriedad es esencial, resulta incomprensible.

Porque para Bolaño, la literatura no se trataba sólo de su capacidad para mirar el mundo a través de la palabra – y la manera como el mundo asimilaba su obra – sino también, de la profunda y pesarosa relación que se establece con la página escrita, esa lucha del escritor con su propia visión crítica. Probablemente debido a esa rebeldía, esa inocencia al límite, nunca llegó a disfrutar del éxito, de ese enorme que se anunció para él desde sus primeros libros. Murió a los 50 años, con algunos libros de culto a cuestas y rozando la celebridad mundial, esa que se insistió esperaba por él desde que el autor comenzó su andadura por el mundo de la literatura. Tal vez por ese motivo, resulte mucho más real esa imagen del escritor silencioso, del amante de la palabra en estado puro, del creador por vocación que Bolaño cosechó con esfuerzo.

Pero el éxito llegó para Bolaño, como destino inevitable y a pesar de su muerte. Tal pareciera que ese universo lector que logró cautivar a medias, le rinde un homenaje póstumo: El nombre de Bolaño cobra importancia y poder, enaltecido por una celebridad impensable para un hombre cuyo dedicación a la hoja y a la palabra, superaba con creces la verdadera ambición del escritor consagrado. Porque para Bolaño, la escritura era un ejercicio en solitario, una mirada profunda y desgarradora sobre la naturaleza humana, sobre el mundo construido a base de la opinión y la observación sensible. Y quizás, la mayor diferencia entre el Bolaño real – el escritor misterioso que sorprendía por su minuciosa visión del hombre y su circunstancia – y el Bolaño recién descubierto sea la intención, la visión elemental sobre lo que constituye en esencia, la interpretación del escritor sobre el mundo que reconstruye a párrafos. Actualmente, la obra de Bolaño disfruta de re ediciones, revistas y periódicos celebran su talento con artículos y ensayos, se adaptan sus novelas para el teatro y posibles guiones de cine. El éxito clásico, el que se presume objetivo de todo el que crea para brindar sentido al caos existencial. Y aún así, en una fidelidad sorda y casi sorprendente así mismo, Bolaño no disfrutó de la esta súbita trascendencia. Para el escritor, el éxito fue un anuncio y el deseo de expresión, la verdadera necesidad insatisfecha.

No obstante, no hay nada que lamentar en la ausencia de Bolaño en la celebración y triunfo de su obra. Lo saboreó antes de morir, en esa celebridad diminuta, que alcanzó a desgarros y con la intuición firme de quien escribe por deseo insuperable, por devoción perpetua a la palabra. Para Bolaño, la escritura era un enigma a medio descubrir, una idea apenas esbozada que se construía a medida que el escritor avanzaba en su andadura por la construcción de su propio lenguaje. Y es que ese anonimato a dos voces del Bolaño escritor y el Bolaño célebre, no parece incluir ese matiz indudable del genio que elaboró un mensaje trascendental en su obra. Quizás el ejemplo más claro de esa dicotomía, sea su novela “Los detectives salvajes”, vitalista, extraña e inquietante, un reflejo de las experiencias juveniles en México. La novela fue considerada como parte de las obras imprescindibles: ganadora de los premios Herralde y el Rómulo Gallegos, fue la primera obra del autor en trascender al gran público. Pero sin embargo, la que le abrió las puertas de la celebridad literaria, su definitiva consagración como uno de los mejores escritores de su generación sería con la edición norteamericana de su obra póstuma “2666”: Compleja, monumental y ambiciosa, cimentó el mito Bolaño y reveló al mundo el talento de un escritor que hasta entonces, había sido parte de esa pleyade discreta del talento latinoamericano.

Asombra, sobre todo, la subita repercusión que el nombre de Bolaño cosechó una vez que su obra remontó ese limite imaginario del escritor del culto y se convirtió en una curiosa celebridad sin rostro: Natasha Wimmer, su traductora, celebra la manera como Bolaño se transformó de una autor local en un representante de la nueva narrativa Latinoamericana. Una idea desconcertante, si tomamos en cuenta que Bolaño tuvo una enorme repercusión en las letras latinoamericanas – especialmente las Chilenas – mucho antes que su obra alcanzara el reconocimiento que obtuvo luego de su muerte. Aún así, esta fama imprevisible parece abarcarlo todo: La novela “2666” fue escogida Novela del año por el New York Times y considerada el mejor libro de ficción por el prestigioso Círculo Nacional de Críticos Literarios de Estados Unidos. Convertido en imprevisible mito Pop, incluso su muerte prematura elabora una idea del escritor como fenómeno literario. Y aún así, el Bolaño real subsiste, como observador esencial de la Latinoamerica interpretada a través de sus palabras y más allá, su capacidad literaria para reinventarse a través de sus propios simbolos.

Y sin embargo, la duda persiste: Bolaño – el hombre – fue un personaje dificil y complejo, tanto como sus magnifica obra. Rebelde y contracultura, creció en una generación deslumbrada por al revolución Cubana y que apoyó la idea de liberación social propuesta por Salvador Allende. Idealista, recorrió América mochila al hombro e intentó comprender el continente que le vio nacer desde sus anécdotas, una conclusión a su propia historia y a la sociedad que se construye a partir de una cultura profundamente herida por sus propias vicisitudes. Porque Bolaño, el hombre, era también una mezcla imprevisible de ideas y visiones sobre el poder de la palabra y su necesidad de construir opiniones: por ese motivo, el infrarrealismo, ese experimento de rebeldía literaria creación suya, se oponía frontalmente a los que llamaba “santones del régimen”. La transgresión como una forma de creación, la subversión cultural a partir de la obra que se asume como identidad.

Aún así, el mito Bolaño subsiste, amparado en esa interpretación de la celebridad que intenta ocultar como puede al hombre real, al irreverente escritor que construyó ideas y cuya mayor ambición fue construir su propia visión del bien y el mal. No obstante, no queda sino imaginar que opinión podría tener Bolaño, descreído y visceral, sobre esta Celebridad suya post Morten, esta gran celebración de su obra con un gran ausente: la visión más descarnada y verídica del escritor.

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