Rayuela y el fin de los escritores semidioses

Por Néstor Luis González el 11/08/2017

Una artista andaluza cuyo nombre prefiero guardarme me contó que a sus veinte años fue seducida por un sudamericano que le dijo ser Gabriel García Márquez.

Muchos años después -frente al pelotón de fusilamiento- esa artista sabría que aquel hombre no era García Márquez y que ni siquiera era colombiano.

“Lo que pasa es que en Andalucía solo sabíamos diferenciar el acento de los argentinos. De resto, todos los sudamericanos nos sonaban muy parecidos”, me dijo.

Pero esa desinformación también estaba relacionada con el hecho de que los escritores consagrados eran mitificados, entre varios motivos, porque nadie les había visto la cara. Con el siglo XX comenzó a desaparecer la figura de los escritores semidioses que dictaban luces y mensajes filosóficos a través de metáforas en sus extensos novelones.

Aparte de eso, tampoco contribuía que las novelas fueran textos arbitrarios cuya misión era encadenar al lector con la historia. De la página 1 a la 599 había una secuencia que debía ser cumplida. Si el relato no gustaba era abandonado con algo de incertidumbre o completado a regañadientes.

Ya he recordado que César Aira considera a Julio Cortázar un escritor experimental. Eso puede ser cierto. Pero creo que es importante que alguien se haya atrevido a experimentar.

Cortázar dijo en alguna entrevista que él nunca aceptó las cosas tal y como le habían sido dadas, que desde chico se atrevió a inventarse posibilidades, mundos, circunstancias. Seguramente por eso surgió Rayuela, una novela que sacudió el mito que el siglo XIX dejó a los escritores y dio participación real al lector haciéndolo cómplice de la historia narrada.

Cuando Julio Cortázar publicó Rayuela, en 1963, el lector se encontró con un libro que le permití­a tomar divertidas decisiones con respecto a la novela, que no es novela, sino más bien contra novela, “porque en los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de la página menos pensada”, escribió Vargas llosa en un ensayo titulado La trompeta de Deya.

Luego de casi 50 años este libro sigue siendo una novedad. Comenzando por el hecho de que el autor recomienda leer los capítulos de manera desordenada siguiendo el siguiente orden:

73-1-2-116-3-84-4-71-5-81-74-6-7-8-93-68-9-104-10-65-11-136-12-106-13-115-14-114-117-15-120-16-137-17-97-18-153-19-90-20-126-21-79-22-68-23-124-128-24-134-25-141-60-26-109-27-28-130-151-152-143-100-76-101-144-92-103-108-64-155-123-145-122-112-154-85-150-95-146-29-07-113-30-57-70-147-31-32-132-61-33-67-83-142-34-87-105-96-94-91-82-99-35-121-36-37-98-38-39-86-78-40-59-41-148-42-75-43-125-44-102-45-80-46-47-110-48-111-49-118-50-119-51-68-52-89-53-66-149-54-129-139-133-140-138-127-56-135-63-88-72-77-131-58-131

Sin embargo, también advierte que leyendo los capítulos ordenadamente desde el 1 al 56, el lector podrá conseguir otra novela. En todo caso este libro es muchos libros, y si usted prefiere inventarse su propia permutación leerá otra cosa.

La novela carece de una trama convencional. La circunstancia se abre a partir de divagaciones, de conversaciones extraordinarias sobre temas absolutamente banales, de recuerdos que no son del todo narrados.

La primera parte del libro transcurre en París, la segunda en Argentina y la tercera es alternativa y pasa en cualquier rincón de alguna cabeza humana.

Lea Rayuela y conozca al protagonista Horacio Oliveira, que no escribe; A la Maga, cuya ignorancia es infinita entre tantos genios ociosos; A Talita, que se transfigura en la Maga; a Traveler, que no ha viajado nunca. Lea el Capítulo 7 y memorícelo, disfrútelo, siéntalo.

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