Probé el sadomasoquismo y te lo cuento todo en este texto

Por redaccionnyl el 15/09/2016

Pisar a una persona ofrece unas sensaciones tan alucinantes como insólitas. Nunca pensé que llegaría el momento de plantar mis pies encima de un pene y empezar a saltar con todas mis fuerzas. Pero entonces descubrí el trampling y lo experimenté en el Salón Erótico de Barcelona.

El trampling es una práctica dentro del sadomasoquismo, también conocido como BDSM. Se trata de pisar a una persona ya sea con los pies descalzos o con tacones, sosteniendo tu peso o sin sostenerlo. Normalmente, el que está en el suelo es un hombre y, es la mujer, quien está encima. Pero el sexo y sus juegos no entienden de géneros, así que en algunas ocasiones, los roles cambian. No sé cómo debe ser que te pisen, sinceramente. Por lo que yo pude ver, debe ser placentero, porque la cara de placer de Duart Adonis me lo decía todo. Sí, es el hombre que se ofreció voluntario para desvirgarme en el universo del trampling. El primero de muchos esa tarde.

Feticheando con mis pies

La zona de fetichismo de pies del festival erótico era un pequeño rincón lleno de divanes organizado por mi compañera, Arola Poch. Siendo novata dentro de ese mundo, no sabía muy bien cómo actuar y dónde sentarme. Por suerte, Arola me indicó que charláramos sentadas en el diván mientras nos realizaban un maravilloso masaje de pies. Cuando miré la cara de ese hombre que olisqueaba y besaba mis pies, pude comprender el fetichismo. El espacio-tiempo que nos separaba se ha difuminado. Mi cuerpo, mi cara, mi voz, mis pensamientos; la nada. Solo estaban mis pies y sus manos, su nariz, sus ojos cerrados y su cara de misericordia. Como cuando en Semana Santa realizan la procesión y vemos a las mujeres acariciando a la virgen y se les va la vida. Se acaba todo.

Trampling o cómo hacer body balance gratuito

En ese momento se acercó un chico joven y guapo. Su pseudónimo es Duart Adonis y, tras un delicioso masaje en la espalda, me preguntó si quiero practicar algo de trampling. Acepto sin pensarlo dos veces, aunque dejo clara mi nula experiencia en el tema. Parece que eso, lejos de ser un punto en contra, es algo a mi favor – o al suyo. Duart se tumbó en calzoncillos, casi desnudo. Apoyé mis pies descalzos sobre su fuerte vientre. Lo intenté en sus costillas, en sus piernas, en sus brazos y no había forma de encontrar ese ángulo perfecto que me convenciera para ponerme de pie.

“No tengas miedo, no me harás daño”, me afirma. Pisar a alguien te quita mucho equilibrio. Te resbalas, te caes y necesitas algún punto de apoyo para mantener tu peso y poder saltar encima. Las personas con más bagaje, son capaces de hacerlo ‘sin manos’.

Duart lleva haciendo esto desde los 17 años y ahora tiene 32. Sucumbió al encanto del trampling mientras ojeaba la revista Tacones Altos. Cuando lo probó, la experiencia superó con creces sus expectativas. “Es una sensación llena de armonía y placer. La entrega a la persona que se va a deslizar sobre tu cuerpo según su antojo es, sencillamente, total y absoluta. El suelo deja su función de soporte para pasarlo a ser una persona”, me dijo.

En cualquier momento hace “pum”

Mi sesión con Duart terminó y volví al diván para descansar brevemente, pero en seguida se acercó un hombre a quien vamos a bautizar como X. Me pidió, con una educación asombrosa, que también practicara con él un poco de trampling. Volví a aceptar. Se quitó la camiseta y se desabrochó unos tejanos desgastados, dejando casi al aire su miembro. El vientre de X era blandito, como un osito de peluche al que estaba a punto de chafar. Esta vez me costó menos ponerme en pie y empiecé a jugar con mis pies por todo su cuerpo. Todo iba bien, hasta que X me pidió que le pisara el pene – erecto, por cierto.

Pisar un pene es como si te pusieras encima de un tronquito e intentaras pasarte esa pantalla del videojuego de tu infancia. De repente, junto a mí, subieron 5 mujeres más. Y yo, maravillada por la fortaleza física de ese hombre, intentaba no caerme aguantándome donde podía. Le pregunté a X sobre el dolor y me confirmó lo obvio: el dolor existe. “Pero contraigo mis músculos al máximo para que no dañe mis órganos vitales. De esa forma, podrías saltar encima de mí si quisieras, y no me harías nada”, me dijo.

El porqué de las cosas

Tuve la oportunidad de pisar a varios hombres en la sala y todos me aseguraron lo mismo. Ver a una mujer desde esa perspectiva ofrece una imagen única, tan excitante, que no pueden olvidar. Sienten los pies de una dama recorriendo todo su cuerpo, mientras observan sus curvas en su máximo esplendor, al mismo tiempo que perciben su peso en cada rincón. Aunque, como me explicó Duart, “Los primerizos deben ir con mucho cuidado. Es una práctica de riesgo alto y empezar sin tener un control previo del cuerpo en cuanto a respiración y equilibrio puede causar lesiones”.

Lo que te hace adicto a este tipo de prácticas es cuando no sabes dónde está el límite entre el placer y el dolor, entre llorar de la risa o llorar de tristeza. Entre el pene y el tronquito. Y yo, de nuevo, estoy muriendo por probarlo otra vez. Aunque esta vez, quizás, soy yo la que esté debajo.

Noemí Casquet / Código Nuevo

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