Por qué hay que seguir leyendo a Borges en pleno siglo XXI

Por Javier Morales el 23/05/2016

Este texto nace cuando se me presentó la oportunidad –en realidad fue una especie de reto– de convencer a una persona muy cercana y enamorada de la lectura, de que es posible abordar los relatos de Borges sin que en consecuencia de ello termine por perderse en uno de sus múltiples laberintos y salones de espejos y no encontrar una salida.

Como el texto iba dirigido en principio a una persona con nombre propio, me tomé la libertad de cambiar su nombre por la palabra lector encerrada en corchetes “[]”, que ojalá sirvan como una alusión a esa costumbre tan egoísta de algunos lectores de encerrarse entre par de paredes para leer a solas.

Hasta ahora no sé si de hecho surtió efecto mi persuasión con la persona a quien esto iba dirigido en un principio, pero valió la pena para hacerme esta simple pregunta: ¿qué tienen tú, [lector], y Borges en común?

«[Lector],

»Borges es, en muchos sentidos, más un lector que un escritor; él mismo lo afirmó incontables veces, famosa es la cita donde dijo “que otros se jacten de lo que escriben, yo me enorgullezco de lo que he leído”. Ahí se abre la primera posibilidad de que tengas algo en común con Borges, [lector]: el amor por la lectura.

»Sin embargo, es innegable que la figura de Borges como escritor no se puede desvanecer ante nosotros tan fácilmente, su obra y su legado lo evidencian. Pero una vez te acercas a sus cuentos notas que en realidad ambos Borges, el lector y el escritor, están diluidos en la manera como esas historias fueron construidas y contadas. Es decir, leer a Borges es leer todos los residuos que quedan de todas las historias que él leyó y a las que, por esa necesidad de ficcionar (que no todos los lectores tienen) añade una nueva historia, una biografía, un hecho no comprobable pero no del todo refutable, una simple pero honesta mentira, que termina por complementar aquellos detalles que sentimos que se pierden en las historias que normalmente leemos.

»Es bueno que veamos a Borges, entonces, como un escritor que debe mucho a su condición de lector. Condición que lo lleva a adoptar una posición de extrema cortesía hacia el lector (tal vez residuos de ese corte inglés que siempre lo caracterizó). Borges es un escritor cómplice, mas no le enseña los hechos al lector de forma evidente, no lo lleva de la mano para que mire lo que sucede en sus narraciones, no; Borges dialoga con el lector, se sienta, sirve algo para tomar, lo mira de frente y le empieza a contar su historia. ¿Por qué? Porque Borges sabe muy bien que todo buen lector está lleno de preguntas, ¡y quién es él para convertirse en un escritor que se niega a responderlas!

»El mismo Borges hace evidente su creencia en hacer de la literatura un diálogo cuando dice, en una de las seis conferencias que dictó (en inglés) en la Universidad de Harvard durante el curso de los años 1967 y 1968, lo siguiente (hablando de Platón como “el dramaturgo que inventó a Sócrates, así como los cuatro evangelistas fueron los cuatro dramaturgos que inventaron a Jesús”):

En uno de sus diálogos, Platón habla sobre los libros de una manera un tanto despectiva: “¿Qué es un libro? Un libro parece, como una pintura, un ser vivo; pero, si le hacemos una pregunta, no responde. Entonces vemos que está muerto.” Para convertir al libro en algo vivo, Platón inventó –felizmente para nosotros– el diálogo platónico, que se anticipa a las dudas y preguntas del lector.

»¡Otro punto en común!, ¿o no, [lector]? La dialéctica de Platón está por todas partes en Borges. [Lector], ¿no te gusta hacerte preguntas acaso?, pues la literatura de Borges está llena de momentos diseñados con el único fin de hacernos alguna pregunta o, mejor, de hacérsela al autor.

»La necesidad de convertir el libro en un objeto viviente es entonces el fin principal de la literatura de Borges, ya que éste nos responde cuando le preguntamos en ese diálogo fuera de las dimensiones del espacio-tiempo y dentro de las dimensiones de la narrativa. Esto lo puedes notar, [lector], en esos personajes que inventa y que todos parecen partir de la pregunta: ¿y qué diría un personaje así?. La literatura en Borges se vuelve un camino para darle una voz a seres que no existen y a otros que no podemos asegurar si en realidad existieron o no; pero jamás de las típicas formas a las que la literatura en general nos tiene acostumbrados, es decir, en Borges no se trata de la simple creación de un personaje sino de la duda ante la posibilidad de la existencia de tal personalidad, la maestría de hacernos creer que leemos sobre un hecho y una personalidad reales. Un ejemplo a destacar es el relato La casa de Asterión que hace parte de los cuentos reunidos en El Aleph. Allí escuchamos la voz de un personaje que rara vez se había escuchado en la literatura, la voz del Minotauro, aquel ser mitológico encerrado en el laberinto de Creta y posteriormente asesinado por Teseo.

»Otro elemento importante en Borges y que se desprende de esta idea del diálogo entre voces que no existen, o de las cuales no podemos ni asegurar ni desmentir su existencia, es la idea de la intemporalidad. El tiempo no prevalece en Borges, podrán estar las fechas pero resultan insignificantes al lado de los hechos. La idea de ver la literatura como un túnel del tiempo, un canal hacia dimensiones desconocidas que representan momentos y personajes que perfectamente podrían formar parte de nuestro material de estudio en una materia de historia universal. Y lo más interesante es descubrir que Borges sabe que la materia prima para todas esas ficciones es la palabra, de la cual siempre exprime su mayor sentido poético, desde una estética que busca captar las diferentes lecturas que se puedan tener de este único universo y, así, desprender de esa lectura en particular mil universos nuevos.

»El milagro secreto es tal vez de los mejores ejemplos de la idea que tiene Borges del tiempo como algo movible, manipulable. El tiempo en Borges parece moverse siempre hacia atrás, es un constante vistazo al pasado, precisamente buscando la respuesta a esas preguntas que como buen lector se hace.

»En el fondo sé que lo que buscas, [lector], en los libros es eso, una respuesta a preguntas que nunca formulaste y encontrarte con cosas que no estabas buscando. Tú también quieres echar un vistazo al pasado y conversar con personas que tienen algo maravilloso que contar. Tienes entonces, [lector], mucho más en común con Borges de lo que te imaginas. ¿Por qué negarte la posibilidad de leerlo, de hacerte preguntas que nadie más te ha hecho, de responder tú mismo a los enigmas que parecen ser esas preguntas en las múltiples voces (antes anónimas) a las que Borges les dio vida?; todo ubicado en un solo lugar, en ese laberinto y esa casa de espejos que todos conocemos ahora como Borges y su obra».

* Originalmente publicada en País Portátil

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