¿Por qué ha causado tanto revuelo la película “Los Cazafantasmas”?

Por Aglaia Berlutti el 21/07/2016

Jurgen Muller cuenta en el libro “Lo mejor del cine de los 80” de la editorial Taschen, que el director Ivan Reitman supo que la película “Los Cazafantasmas” sería un éxito cuando rodó una escena en plena ciudad de Nueva York y una multitud de neoyorquinos siguió al trío de actores disfrazados batiendo palmas. Reitman comentó que si había logrado despertar el interés de los fríos y distantes habitantes de Nueva York, lo haría con cualquiera. Y el tiempo le daría la razón.

La anécdota parece resumir el origen sobre toda la exagerada reacción que ha provocado el remake de la película ahora mismo en cartelera estadounidenses con una tibia taquilla. La controversia sobre la nueva versión de la icónica película Cazafantasmas?—?en esta ocasión protagonizada por un cuarteto de mujeres, en lugar de uno de hombres?—?se ha convertido en un debate público sobre ciertos extremos sobre el fondo y la forma acerca de temas álgidos como el sexismo y el racismo. De la queja general que acusaba a los productores de “maltratar” una película de culto para una considerable número de espectadores a la reacción sexista en contra el género de sus personajes, la película parece haberse convertido en un reflejo de una serie de ideas culturales preocupantes. Porque no se trata ya de una crítica analítica sobre las bondades o debilidades de un producto cinematográfico, sino la polémica que ha causado cierto concepto que la película transgrede incluso sin estar muy consciente de hacerlo: El hecho de reformular el imaginario de la cultura pop en algo por completo nuevo y con inéditas implicaciones sobre su trascendencia.

Porque admitamoslo: Cazafantasmas (dirigida por Ivan Reitman y protagonizada por cuatro comediantes de éxito local en una década especialmente complicada para el standup) no fue pensada como un film trascendente. Mucho menos, como un film que pudiera considerarse de culto. Pero de alguna manera, la combinación de desenfado, originalidad y frescura convirtieron un experimento argumental?—?el guión se reescribía a diario y Dan Aykroyd ha confesado en más de una ocasión que la mayoría de los diálogos fueron improvisados?—?en un éxito que sorprendió a propios y extraños. Vestidos con uniformes de exterminadores de ratas Bill Murray, Dan Aykroyd y Harold Ramis crearon un ambiente de peculiar comicidad que logró brindar a la película un tono único que la consagró. Hasta hace menos de una década, seguía considerándose la comedia de mayor éxito taquillero y quizás, la única que había logrado demoler varios de los mitos más queridos de la cultura cinematográfica y televisiva estadounidense.

Y es que el triunfo en taquilla y público de Los Cazafantasmas se basó justamente en su capacidad para reírse de sí misma, para mofarse de sus pequeñas argucias visuales y transformarlas en oro puro de la comicidad. El encantador cinismo de Murray, combinado con el horror disparatado?—?un monstruo en el refrigerador, el contable tópico enamorado de su estatuaria vecina?—?crearon una percepción sobre la burla al American Life Style que pasó desapercibido entre el desfile de efectos especiales, baba ectoplásmica y guiños a clásicas secuencias de horror.

De manera que sorprende la reacción de los fans de la vieja escuela?—?reconvertidos en fans hostiles y sexistas?—?con respecto al hecho de una nueva película que no sólo toma las claves principales de la original, sino que la redimensionan en algo que busca construir su propia capacidad para asombrar y obtener su propia identidad. Pero más allá de eso, el Reboot de Cazafantasmas, con su vuelta de tuerca al mito y sobre todo, su búsqueda de refrescar una mitología caduca, intentó plantear una gama de temas simples sobre la comicidad, el humor y nuestro apego a símbolos culturales con un fuerte acento en la nostalgia. Y quizás eso sea el primer motivo por el cual la película se ha enfrentado a una ola de rechazo sin precedentes.

¿Que irrita a los fans de la primera versión de los Cazafantasmas tanto como para convertir la nueva versión en un fenómeno controversial? ¿Que provocó una reacción tan extrema como para que la película haya sido atacada en todos los frentes posibles? ¿El hecho de la remake o la forma como se manejó la simbología de una película que se distinguió por burlarse de sí misma? La respuesta a esos cuestionamientos parecen estar estrechamente relacionadas con la manera como la película se percibe y la experiencia que produjo en el público. Resulta irónico que para los actores sea algo por completo distinto. La primera versión recibió críticas lapidarias en su primer fin de semana de estreno: se le acusó de tener un humor barato, personajes superficiales y una historia ridícula. Y aún así, sus protagonistas tuvieron el buen tino de reír a carcajadas y continuar con el espíritu de un film que jamás se consideró otra cosa que un buen medio para hacer dinero.
Dicho así, suena duro e incluso doloroso. Después de todo, la gran mayoría de los niños de la década de los ochenta relaciona a la película “Los Cazafantasmas” con su primera experiencia en cine, un vinculo emocional que la convirtió sin duda en parte de ese tipo de elementos que definen a una generación. No obstante, más allá de eso “Los Cazafantasmas” como producto no es otra cosa que una reformulación de clichés comerciales de enorme éxito. Un gran juego de espejos donde la cultura obsesionada con el símbolo de estatus consiguió un reflejo barato. No es casual que la película fuera un éxito en plena década del triunfo superficial y el mercadeo destinado a demostrar la prosperidad económica. Con su estética de cartón piedra y su humor profano, “Los Cazafantasmas” decodificó el momento social que la vio nacer con una facilidad que aún hoy sorprende por su poco artificio.

Sin embargo, la película del director Paul Feig parece haber conseguido justamente el efecto contrario y de hecho, convertirse en una crítica involuntario a cierto patrón cultural que se repite de manera muy poco sutil. El reboot de “Los Cazafantasmas” ha traído una ola de odio sin precedentes, que de inmediato convirtieron el trailer en el video con más reacciones de rechazo en Youtube. Luego, el ataque pasó a todas las redes Sociales disponibles e incluso mucho antes que la película se estrenara (y que alguna porción del público pudiera verla) ya se le punteaba exageradamente mal en IMDb. Una semana antes de su estreno en salas de cine y cuando sólo había sido vista por un pequeño grupo de críticos (que le dieron un nada despreciable 77% de evaluación positiva en Rotten Tomatoes) ya el film estaba clasificado por debajo de la media con 3,8/10 en IMDb. ¿Que provocó este ataque selectivo y directo hacia una película cuya mayor baza es tal y como hizo su predecesora, no tomarse en serio así misma? Al analizar los datos, comentarios y movimientos de usuarios en la mayoría de las plataformas sociales, una cosa es evidente: se trata de un movimiento de odio. Racial o sexiste, hay una opinión específica con respecto al film que poco o nada tiene que ver con la trama o la actuación de sus actores. Un ataque continuado no sólo a la diversidad que la película muestra como principal elemento de atención?—?y que ha sido denigrado y denostado por buena parte de los acérrimos fans que la critican en todas las formas posibles?—?sino también a esa capacidad para reinventar el mito con los mismos elementos de la original, aunque sin lograr encontrar el nicho social que hizo famosa a la película original.

Se habla de Nostalgia para justificar la reacción desmedida contra la película?—?y la representatividad que representa?—?o el hecho que los productores de la nueva versión “desvirtuaron” el sentido de lo que fue un ícono de la comedia que se mantuvo más o menos incólume por décadas. Incluso el director de Los Cazafantasmas, Ivan Reitman insistió en esa conclusión y llegó a emitir una opinión más o menos complaciente sobre el tema: “Creo que se habla demasiado sobre el género (en lo que respecta a esta película). Creo que mucha de la gente que se está quejando eran en realidad amantes de las originales, no misóginos” lo dijo, mientras los comentarios burlándose del elenco femenino de la película aumentaban de manera exponencial en el trailer incluído en Youtube, un hecho que el director ignoró e incluso desdeñó como posible causa para una reacción en cadena que ha convertido en la película en algo más que un producto cinematográfico al uso. “Creo que los amantes de la película original sintieron que era una especie de sacrilegio rehacerla, porque suponía una parte intrínseca de su experiencia de ir al cine cuando tenían 7 u 8 años. Eso es algo que no se debe subestimar, y yo respeto totalmente ese amor.”

No obstante, Reitman no explica por qué sólo los hombres sienten ese tirón de nostalgia o por qué únicamente los fanáticos masculinos atacan la película sin aún haber pasado por una sala de cine para criticar lo que ven en pantalla. El fenómeno parece no tener otra explicación que una visión limitada sobre lo que un vehículo cultural como un film de culto puede ser y las inmediatas repercusiones a esa idea. En un artículo de la web especializada en cine IndieWire se analiza el fenómeno y se compara con el de The Karate Kid, un remake con terribles críticas que en IMDb luce un nada desdeñable 6,2.

Entonces ¿De qué hablamos al analizar el fenómeno de odio y rechazo hacia el Reboot de “Los Cazafantasmas”? ¿Reflexionamos sobre un hecho mediático nacido de la efervescencia natural de las redes sociales y la inevitable opinión fanática o de algo más complejo? ¿Se trata de un ataque a la diversidad, a la inclusión o esa reinvención de ciertos símbolos culturales que parecen relacionarse de manera inherente con la psiquis cultural de buena parte de nuestra generación?

Nadie podría decirlo con seguridad, aunque si queda claro que “Los Cazafantasmas” se ha convertido en un dilema involuntario sobre la idoneidad de reconstruir viejos esquemas culturales en favor de una noción mucho más plural de la identidad universal. ¿Por qué irrita tanto a ese piso fan incondicional que ahora sea una mujer quien sostenga el lanzador de protones y no un hombre? ¿O se trata que aún existen una serie de prejuicios que se resisten a una evolución sobre sus implicaciones o como se asumen su valor como símbolo cultural? No se trata sólo si la película es un éxito argumental o carece de alicientes para lograr un triunfo publicitario y de promoción. La verdadera cuestión es preguntarnos que provoca que el mero hecho de cuestionar la integridad de un símbolo que forma parte por igual de la mitología infantil de hombres y mujeres, provoque un rechazo tan parecido al prejuicio que resulta preocupante. Más allá de eso, asumir que lo que está ocurriendo con el reboot de “Los Cazafantasmas” sea más que un escándalo mediático de limitado alcance y duración. Hay un todo un esquema de ataque y sobre todo, de discriminación que la película sacó a flote y mostró por el mero hecho de su existencia.

Por supuesto, para nadie es un secreto que Internet es un sitio agresivo para las mujeres. A eso podríamos añadir el hecho que el reboot de “Los Cazafantasmas” se toma el atrevimiento de subvertir cierto orden cultural sobre una serie de ideas sobre el protagonismo femenino y analizarlas desde una perspectiva fresca. El lunes pasado, Leslie Jones una de las protagonistas de la película abandonó Twitter luego de ser sometida a una encarnizada campaña de acoso y agresión racista por casi una semana. Aunque Jones lleva trabajando como comediante y guionista desde hace más de diez años, el estreno de la nueva Cazafantasmas la hizo blanco de un tipo de violencia que hasta entonces, le había resultado desconocida. Luego de soportar el asedio por varios días, Jones decidió abandonar la red social, no sin antes denunciar los insultos que recibió no sólo por haber cometido el “atrevimiento” de “profanar” la película original de la franquicia sino además, su color de piel. Jones se mostró dolida y aterrorizada por los ataques e insistió que se trata de algo mucho más grave y peligroso que “nostalgia”.

Y lo es, por supuesto. Sobre todo si hablamos de la virulencia que la discusión ha alcanzado en foros y comentarios a lo largo y ancho de internet. Hace unas semanas, el diario The Guardian publicó la investigación The dark side of Guardian commments en donde analizó millones de comentarios que los lectores han dejado en las noticias del diario y que refleja cómo las mujeres reciben más críticas e insultos. La investigación incluyó además el tono y la forma como la mayoría de los comentaristas anónimos se refieren a contenido relacionado con mujeres y demostró que reciben más violencia que cualquier otro. Además, dejó claro que no sólo se trata de ataques sobre lo que los artículos o investigaciones publican o contienen, sino al género de su autor.

De la mirada masculina a la búsqueda de la diversidad: el dilema insistente.

La original “Los Cazafantasmas” fue descrita en más de una crítica como una película sobre un club de chicos. Después de todo, el guión no se molesta en analizar sobre las vidas y circunstancias de los personajes centrales sino a dejar bien claro que son buenos amigos. Con multitud de chistes privados, guiños cómplices y una camaradería que poco o nada tiene que ver con lo que el argumento cuenta, la película refleja una visión sobre un tipo de amistad masculina muy común en nuestra cultura. De hecho, el guión de Dan Aykroyd y Harold Ramis no parece necesitar explicarnos detalles importantes para la narración: Nadie sabe muy bien cual es la investigación que llevan a cabo Venkman y Stantz o quién les dio fondos para los sofisticados equipos que usan para su originalísimo trabajo de campo. A ninguno de los guionistas le preocupa demasiado analizar el hecho de la película como una pieza de ciencia Ficción sino mostrar a un trío?—?después cuarteto?—?de científicos tiene firmes lazos de amistad que provienen de mucho antes del primer cuadro en pantalla.

En el reboot, el guión se enfrenta directamente a esa noción y quizás es entonces, cuando el mito sobre el elemento que hacía “única” a la original sufre una transformación real. La nueva película no sólo se toma el tiempo de analizar los orígenes del equipo de mujeres, el motivo por el que trabajan juntas y juega con la simbología hasta construir una visión sobre ese “club de amigos” que destruye los límites de esa noción netamente masculina. De pronto, el guión?—?que adolece de cierta sustancia y tiene algunos baches de ritmo apreciables?—?reescribe la historia de un icono cultural y lo hace inclusivo. Lo hace parte de una idea general donde nadie queda excluido. Los chistes privados ahora son parte de esa gran carcajada que intenta obtener. Hay un nueva percepción sobre la diversidad que es muy notoria?—?en ocasiones directamente forzada?—?pero que abre un espacio de considerable importancia para el debate.

La película de hecho es divertida, a su manera y bajo su tono. Hay todo un nuevo territorio para avanzar y es justamente es esa mirada sobre identidad de “Los Cazafantasmas” lo que provoca una ruptura con su predecesora. El “Club de chicos” ahora es un concepto mucho más amplio: un grupo de mujeres divertidas, con bromas abiertas a interpretación, que avanzan en una trama disparatada con la misma alegría festiva de quienes tomaron el relevo. Y no se trata de un tema feminista, sino algo mucho más complejo y profundo: el hecho que la película, con toda su carga simbólica sobre la cultura pop abre las puertas a una interpretación novedosa sobre el impacto de los símbolos que consideramos parte de nuestra visión sobre el mundo. La noción sobre quienes somos y cómo la expresamos.

Claro está, la película tiene enormes fallos de forma y fondo que poco o nada tienen que ver con el debate en Redes. Paul Feig carece de una mano experta para crear una comedia redonda y hay fallos de edición que afectan la coherencia del relato en puntos álgidos. Aún así, la película se sostiene como puede y avanza entre risas y golpes de efecto en medio de arcos narrativos torpes o directamente innecesarios. Y es que el reboot de “Los Cazafantasmas” no es una película extraordinaria, pero tampoco carece de cierto brillo que hace cuestionable el ataque en su contra.

Sin duda, quizás el hecho que resulta más sorprendente del guión es la forma como la película se enfrenta al odio y los posibles ataques en su contra con un golpe de efecto que sorprende por su sutileza. El villano de la película es de hecho, la encarnación de la horda de fans enfurecidos que reclaman con puño en alto la destrucción de un mito de su niñez. Se trata de un personaje que fue acosado e ignorado durante buena parte de su infancia y que ahora, tiene la peregrina idea de destruir el mundo que le hirió de tantas maneras. Un Armagedón a su medida donde no sólo intenta vengarse del maltrato infantil sino del resentimiento posterior. Un juego de espejos que demuestra que la película intenta regodearse en sus fallos sino también en su criticada premisa. Una noción inteligente sobre el metamensaje que el reboot de “Los Cazafantasmas” no pierde de vista.

Incluso Chris Hemsworth, como “Kevin”?—?el sexy secretario sin otra papeleta a su favor que su buena estampa?—?parece una trampa suculenta para la crítica de los tradicionales papeles femeninos que suelen utilizar los mismos estereotipos. El personaje de Kevin no tiene otro propósito en la película que recordarnos que hay un guiño sustancial sobre los tópicos de lo que la película se burla y lo hace, con una inteligente actuación de Hemsworth, que en ocasiones parece burlarse de su alter ego cinematográfico Thor con enorme buen humor. Otra reinvención del mito y el concepto que el reboot desliza con cierta torpeza pero con también, con enorme gracia.

Pero sobre todo, el elemento que la película promociona y que quizás sea su característica más importante, es que brinda un elemento muy concreto a las mujeres dentro de la cultura Pop: accesibilidad. De pronto, todos los personajes pop parecen ser más cercanos, comprensibles y sobre todo, proclives a una reinvención inclusiva que pueda abarcar más allá de los tópicos en los que se basan. De pronto, la fantasía empieza a perder la perdurabilidad del método y del género, para bordear algo más franco, más amplio y más poderoso. Ya no se trata del hecho que “Los Cazafantasmas” pertenece a un exclusivo grupo de fans sino que ahora es algo más amplio. Mucho menos definido y restrictivo. La barrera que separaba a hombres y mujeres dentro de la fantasía comienza a romperse. Y es divertido?—?gratificante?—?verla caer.

De lo nuevo, lo que se reinventa y un legado inmediato

Pienso en todo lo anterior mientras camino por las instalaciones del Comic Con Caracas, parada obligada de los fanáticos de la cultura pop de mi país. Dos niñas con uniformes gris a rayas naranjas saludan y se fotografían, mostrando el símbolo de los Cazafantasmas sobre el pecho. Cuando me acerco ambas me apuntan con su lanzador de protones de anime.

— ¿A quién vas a llamar??—?me dice una de ellas. Salta y sacude la cabeza?—?¡No se te olvide quienes irán si los fantasmas te atacan!

Un recuerdo inmediato. Cuando tenía unos ocho años, me empeñé en usar un disfraz de Cazafantasmas. Había visto la película y estaba todo lo obsesionada que se puede estar con la historia. Insistí tanto como para que mi madre se diera por vencida y se dedicara a la ingrata tarea de recorrer Caracas en busca del mentado objeto del deseo. En una de esas ocasiones, la acompañé y finalmente en una vieja tienda de Sabana Grande, encontramos algo parecido al disfraz: Era una braga de tela suelta con una línea horizontal naranja, donde alguien pegó con torpeza el conocido logotipo de la película. Pero para mi era suficiente, de manera que mi madre decidió comprarlo.

Todavía recuerdo la sonrisa burlona de la vendedora cuando no sólo se negó a vendernos el disfraz, sino que además miró a mi mamá con cierto fastidio.

– No debería criar a su hija “marimacha”. Las niñas no hacen esas cosas. Deben verse bonitas.

Al final, por supuesto, compramos el disfraz pero la reacción de la vendedora se repitió cuando llevé el disfraz a una de las fiestas de mis primas e incluso, cuando lo hice en el cierre de curso de la Escuela dirigida por monjas bigotonas donde me eduqué. Tanto fue la sorpresa y la insistencia por lo inadecuado del traje?—?las burlas, los chistes a costa de cómo me veía?—?que mi madre me prohibió usarlo otra vez.

Puede parecer simple pero no lo es, porque hablamos de los límites invisibles que un niño debe sufrir por ese patrón endémico del prejuicio que heredamos de generación en generación. Esa sensación abrumadora y sobre todo dolorosa que te cierra puertas y te obliga a conformarte con lo poco que la discriminación te permite alcanzar. Por años, recordé la escena e incluso de adulta, siguió enfureciéndome. Tenía la sensación había aún una historia incompleta que contar o mejor dicho, que entender en todo esto.

Y lo comprobé mientras fotografiaba a estas dos niñas llevando una braga gris con lineas naranjas y llamándose a sí mismas Cazafantasmas. Como las de la película, me dijo una de ellas con gran entusiasmo. Como lo quise hacer de niña. Pero en esta ocasión, normalizado y construído sobre esa noción que la película creó y que sin duda, convirtió un objeto de culto pop en algo más.

A veces, las grandes batallas empiezan por pequeña cosas, me digo sonriendo. Quizás por una toma de conciencia de la importancia real de los símbolos que se rompen y el camino que abren a continuación.

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