Peggy Roche, el gran amor de Françoise Sagan

Por redaccionnyl el 06/01/2017

Françoise Sagan (1935-2004) fue durante varias décadas el «pequeño monstruo» más famoso y millonario de la literatura francesa, contando historias amor «convencionales», melancólicas y desencantadas. Pero su gran amor fue otra mujer, Peggy Roche, su protección última contra los coches de carreras, el alcohol, la cocaina y el opio.

La primera biografía de Roche, «Peggy dans les pares» (Flammarion), escrita por Marie-Ève Lacasse, reconstruye hoy una historia bella y trágica entre dos mujeres, novelista millonaria y estilista adorada por grandes fotógrafos (Helmut Newton), que estaban casadas y eran madres cuando se conocieron -en la redacción del semanario «Elle»- y lo dejaron todo para abandonarse a una pasión que tuvo muchos otros rostros femeninos, masculinos, lésbicos, homo y transexuales, en los escenarios de un París y una Costa Azul de otra época.

Sagan se hizo célebre y millonaria, repentinamente, a los dieciocho años, en 1954, tras la publicación de la más célebre de sus novelas, «Bonjour tristesse» (Buenos días, tristeza). Hasta entonces, la joven novelista era Françoise Quoirez, nacida en el seno de una familia burguesa. Pero decidió utilizar el seudónimo de Sagan -homenaje a un personaje principesco de Marcel Proust- para evitar a su padre, el «horror y vergüenza» de una hija descarriada en la vida literaria. Comenzó entonces una fabulosa carrera triunfal, que culminó provisionalmente en Nueva York, donde conoció a su primer marido, el editor Guy Schoeller, con el que vivió dos años cortos. Sagan, ya célebre y millonaria, volvió a casarse con un maniquí norteamericano, Robert Westhoff, bisexual él mismo, padre de su único hijo.

Primer encuentro

Sagan conoció a Peggy Roche cuando todavía estaba casada con Schoeller, antes de su segunda matrimonio. Roche estaba casada con el actor Claude Brasseur, tras un primer matrimonio fallido. Marie-Ève Lacasse, biógrafa de la pareja, cuenta que Sagan y Roche se amaron desde el primer día que se conocieron, pero su unión no llegó a «formalizarse» hasta que ambas se divorciaron y pudieron instalarse en un legendario apartamento del distrito XIV de París, una suerte de «gineceo» por donde desfilaron un número impreciso de amantes, hombres y mujeres de muy distinta edad y condición.

Todo ocurrió durante los años 60, 70, 80 y 90 del siglo pasado. Tras un legendario accidente, al volante de su Aston Martin, Sagan fue tratada con dosis intensivas de Palfium, un opioide tres veces más potente que la morfina. Comenzó entonces su lenta, inexorable y fatal caída en el infierno de las drogas (de la coca al opio) y el alcohol. Jovencísima, Sagan era una conductora temible, al volante de coches deportivos de gran lujo (Maseratti y Aston Martin, de preferencia) y había ganado gran fama como jugadora de altos vuelos, tras ganar más de 8 millones de francos de la época jugando a la ruleta. Las drogas acentuaron esas tentaciones. Sagan llegaría a declarar: «El opio es la manera más eficaz que conozco de llevar con elegancia las trivialidades de la vida».

Amistad

Peggy Roche no solo fue el gran amor de Sagan, que tuvo otros amores femeninos (Bettina Braziani, Charlotte Aillaud, Annick Geille). También fue una amiga íntima y maternal que intentó protegerla contra ella misma, cuando la irresponsabilidad trágica de la escritora culminó con escándalos siempre más patéticos: fraude fiscal, participación en grandes estafas de Estado… de las que pudo salvarse parcialmente gracias a discretas intervenciones de un amigo muy poderoso, el presidente François Mitterrand.

Denis Westhoff, el único hijo de Sagan, ha contado la tragedia final de su madre: dilapidar inmensas fortunas a manos llenas, con una generosidad escandalosa y una irresponsabilidad patética. A su muerte, Sagan dejó a su hijo deudas millonarias, como única herencia, asumida con devoción filial.

La primera biografía de Peggy Roche ilumina con una luz cruda y melancólica aquellos años lejanos de una vida consagrada a los placeres, el gasto improductivo, los amoríos más volátiles y pasionales, vistiendo esa obra de arte, íntima y maldita, con la elegancia de una escritora de mundo, escribiendo novelas, teatro, ensayos, artículos de prensa, cobrados al precio fuerte, para pagar el costo creciente de una vida de ocio y placeres, solitarios y compartidos.

Sagan vendió decenas de millones de libros. En su día, el talento literario de una adolescente y joven de gran mundo se gastó en vano, con una elegancia suprema, para ganar mucho dinero. Era necesario pagar una residencia en Normandía, los negocios fallidos de su gran amor, los coches deportivos pronto desguazados, las noches no siempre afortunadas de juego y droga. Peggy Roche intentó frenar y canalizar los escándalos. En vano. Murió, en 1991, trece años antes que Sagan, que vivió mal la ausencia sin retorno de su gran amor, acogida en la residencia de otra mujer, millonaria, que intentó salvar lo que salvarse pudo de las cenizas frías de una vida gloriosa y fatal.

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