Partir o The Wolf In The Rhy. Por Enza García

Por Enza García el 23/03/2016

«En La Casa del Dragón se daban cita los personajes de un drama insignificante», dice Israel Centeno en una de sus novelas. Vivimos en esa casa, me temo, insistiendo en la grandilocuencia inútil de proporcionarle un nombre: decimos patria, mártir, venceremos. Somos un rastro de polvo sobre un alfabeto umbrío que araña sus astucias pasadas, siempre pasadas. La filosofía que nos queda es la del arqueólogo, pesquisas de mausoleo. Esta obra narrativa será indispensable para adivinar la perversidad de, al menos, estos últimos dos siglos. No tanto por su amplitud de tópicos sino porque, a fin de cuentas, no es mucho lo que ha cambiado.

 
 

Centeno aparece en 1992 con una novela profética, distinguida con el Premio CONAC de Narrativa: Calletania retrató la ideología del corrupto mesiánico o el festín del hombre nuevo, eyaculador demagógico. Fue el canto chirrido, sellado con atávicas especias, de la carne sobre la brasa, de la hembra desprovista pero siempre allanada. Quien escribe estas líneas, desde los barrotes de su casa apenas burguesa, vio esta historia antes de que el libro llegara a sus manos: Calletania es la crónica del universo barrio, sangre y una larga fila de vírgenes en la espera del caballero que las cruce y les otorgue una mácula. Ese no era mi mundo, no conocí el hacinamiento, pero también quise huir, como quien se lava la herencia con agua y jabón.

Centeno sabe que el exilio es parte de su jugada. Lo supo desde la primera vez que se escondió en el cesto de ropa: «Tenía siete u ocho años y me metí engolosinado con un libro de Stevenson: La isla del tesoro. Estaba engolosinado porque me habían regalado la biblioteca juvenil Gloriel». Y luego se marchó de la ciudad donde fue hombre por casi cincuenta años: «Acá en Pittsburgh, luego de haberme ido con visa de turista, se fue tramitando mi residencia por habilidades especiales. Luego de una visita a Barcelona, me puse en contacto con City Of Asylum Pittsburgh. Me solicitaron sustentar mi condición de exclusión como escritor en mi país, y lo hice con todo el expediente que tenía ya introducido desde los golpes, persecuciones y amenazas desde la edición de El Complot, y con todo el epistolario recibido por mis amenazadores, todo refrendado por las denuncias que hice, por ejemplo, ante Cofavic. Acá me dieron una residencia como escritor en situación de exilio, o sea, fui el escritor en residencia de City Of Asylum Pittsburgh por dos años. Aunque han pasado los dos años, he mantenido los vínculos con la organización: escribo artículos para su revista, Sampsonia Way; participo en sus lecturas, ya son tres años en el Jazz Poetry festival. Y ahora, he comenzado a dar workshop, charlas y conferencias en Universidades. Acabo de culminar una residencia en Cornell University e Ithaca City, y voy a una residencia en Lafayette College en unos días. Ahora tengo visa de residencia permanente en USA. Mi visa no es de asilo pero me he declarado en situación de exilio. Exilio político, entre otras cosas».

Pero el lobo en su trono (oxidado) no puede deshacerse del electrocardiograma de la tierra que lo maldijo y lo empujó al mundo: tierra madre inocente, tierra padre sin rostro, tierra mar abierto, cráneos, edictos, pisadas. Los aullidos de estos personajes relatan órganos y viejos resabios: la pornografía es la poética de un mapa emocional, el tótem cánido que sirve como catalizador de los intentos, siempre intentos, de criaturas sin mensaje y sin destinatario. La Casa del Dragón (Alfadil, 2004), el volumen de cuentos góticos Criaturas de la Noche (Punto de lectura, 2006), y Bajo las hojas (Alfaguara, 2010) –novela finalista del Premio Planeta– forman una trinidad especialmente representativa de mi hábito como lectora de Centeno: ruido, ruido espiritualizado, siempre ruido en busca de un discurso.

Una vez Centeno me habló de cierto pasaje mahleriano, un solo de violín (que además aparece en su cuento «La casa»). Más tarde en esa misma conversación, Centeno hablaría de Paula C. De pronto sentí que había dado con una de las claves de su universo narrativo: esta propensión judía a lo tribal, a los cuentos de gólems y dibuks, parecía, en él, copular armoniosamente con la salsa, esa protesta filosófica propia del bajo vientre. El posromanticismo de principios del siglo XX alcanza una cumbre en el ruido buscando espíritu y en el cuerpo de la mujer que se fue. Que se fue y que habla: «Soy un papel blanco que no se llena de historias, las historias vienen a mí y el papel sigue en blanco, soy liviana, soy la hoja, esa carrera, el hastío, ¿de qué se me acusa? Una mujer debe soltar su mirada al mundo y romper todos los corazones que desee», dice una de las voces afantasmadas que atraviesa Bajo las hojas. Acaso la historia de la literatura se resume en un catálogo de síntomas que apenas piden ser enumerados.

Palabras claves: bruja, hembra, amarilla, niebla, derviche, girasol, perico, semen, Ramos Sucre, incesto, colmillo, cerro, clítoris, Knoche. Los cuentos y las novelas de Centeno recrean un equilibrio mórbido y escurridizo entre anécdota y lírica, no apto para lectores que exigen comodidades. Sus novelas de universos superpuestos y de géneros licuados, se disputan la atención con los cuentos que homenajean una tradición personal de referentes, de igual manera, en el marco de una verbalización que va de la insolencia a la consonancia hiperbólica. ¿Se desdobla el narrador para cada forma? «Antes lo tenía claro. Una cuestión de respiración. Respiración corta, verticalidad. Sabes, estructuras, no más de tres personajes, limitar los entramados temporales. Parece una receta útil cuando estás aprendiendo a escribir las primeras cosas. Luego todo va a depender de lo que quieras hacer mientras narras. Cómo vas a bailar o a cantar la historia, ¿la dibujarás jazzeando? Esas cosas. Una vez dentro de esto, usas los géneros. Enlazas cuentos en una novela o dibujas una novela en un cuento: «El jardín de los senderos que se bifurcan» o «Los inmortales». Y si escribes poesía, ¿cuánta unidad de contenido le impones a las formas? A veces deseas como resultado final de una gran novela, la epifanía. La revelación poética. Digo todo esto porque podría recurrir a las fórmulas aceptadas por la ortopedia sobre lo que delimita o desdibuja a cada género», acota el padre de dos, el hijo de Norma.

Cada lector tiene bajo la manga el cuento que presiente como el más bello y triste del mundo (para usar una expresión de la profesora Violeta Rojo). La musicalidad tribal y el verbo que fustiga le permitieron a Centeno componer uno de los relatos fundamentales para ensayar la existencia de Caracas. «El velo», de Criaturas de la noche, es el espacio interpretado (como si se pudiera), la ciudad desde la cumbre y la caída, que recuenta la historia del hombre, sus ritos sacrificiales, encomienda y eyaculación, gracias a una breve postal sobre el ascenso del protagonista narrador que presagia a la perra amarilla, arrastrando por la montaña la dificultad de elaborar un testimonio definitivo sobre sí y la ciudad impenitente: «Una verdad no se impone ni se predica, una verdad se vive, esas cosas repito a solas mientras veo una lluvia de partículas de neutronios atravesar a los nubarrones, a las parásitas adherida a los árboles, a mi cuerpo y a la tierra; no es una frase feliz, es una querida blasfemia […] Me encuentro, siempre me he encontrado, en la parte baja de una piedra lunar al otro lado de la penúltima eminencia antes de llegar a la cumbre del Naiguatá […] Sin el marco temporal, somos inmemoriales, una raza anterior y desleída».

Llamarse Israel es convertirse en la cruzada constante por encontrar el lugar prometido: «Creo que hubiese sido difícil responder a otro nombre. Yo le pertenezco. Soy su esclavo. A veces leo el nombre fuera de mí, y siento vértigo». Un vértigo, como quien se atreve a tejer una utopía después de una masacre. Acaso los lobos no pertenecen a la tierra y cantan porque quieren volver a ese lugar del que apenas guardan un recuerdo.

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