Paisaje con voto y ángel exterminador. Por Enza García

Por Enza García el 11/05/2016

¿Por dónde empiezo el cuento? Me ha sucedido el final y creo que las barajas se estaban moviendo desde que amaneció. Me desperté haciendo un inventario de la figura del ángel en la poesía venezolana. Quise tomar algunas notas pero me distraje en la cocina, aun así alcancé a repetirme versos elementales, y dónde dejé el libro de Patricia Guzmán, en la mesa de Michel, dije, y de mi pecho cuelga un ángel de plata y siento la necesidad de comprender en voz alta algunas cosas.

 
 

A mediodía entré al vagón en la estación de Coche y cuando cerraron las puertas, descubrí frente a mí a una jovencita preciosa con franela de quien será bachiller en pocos meses, boca perfecta y ojos de panal, cada forma apropiada para la otra, senos firmes, de esos que caben en una mano y que luego la desbordan. Miré a la muchacha con ese mismo terror que sentía a su edad por las que eran como ella, esas que me hacía sentir tanta pena por mí, porque eran gacelas irreales de la lotería genética y que además hablaban y se movían entre la gente como si nunca tuvieran miedo. Empecé a imaginarlo todo, su vida familiar, sus conflictos inútiles y sin embargo genuinos, ¿habrá tenido sexo ya?, ¿sabrá que quiere estudiar? Mis respuestas se dieron un golpe cuando me di cuenta de que la chiquilla me estaba mirando y entonces vino el espasmo y preferí ocuparme del libro que traía en el bolso.

El tren se detuvo en la ventosidad del túnel entre Los Jardines y El Valle. Cuando arreglé la mirada, la muchacha se acercó:

-Chama, disculpa, ¿tú eres Enza García?

Sé que la gente estaba ocupada en su propio viaje, pero sentí un silencio acusador, o más bien el sonsonete de lo absurdo entrando por el poro preciso. Ella es un ángel exterminador, pensé, por favor, es que mírala, preciosa, firme, sabe que tiene tetas y las mueve, sabe que la devoran y lo sufre, y ahora me habla; o tal vez sea un hombre disfrazado de cordero que viene a cobrar venganza desde otra galaxia.

-Sí -dije extendiendo el gesto de la sorpresa.

-Eh, qué fino, perdón que te interrumpa, es que sabes, yo leí un libro tuyo, me lo compré en estas ferias de ahorita y te busqué por Google.

La miraba y el tren seguí estacionado en la tripa negra del Sur.

-Wow, ¿en serio? -agregué.

-Sí, sí, mira, tu libro es muy fino, no entendí algunas cosas, yo no leo mucho, pero sabes, otras cosas me parecieron muy de verdad y me dio curiosidad. O sea, ¿cómo escribiste eso? ¿Eso se estudia? ¿Cuándo fue? Uno siempre se imagina que la gente que escribe es así vieja. Tú naciste en el 84, ¿no?

-No, en el 87.

Pero eso no tenía importancia. El asunto es que la muchacha quería saber cómo había hecho y no estaba segura de cómo responderle. He dicho varias cosas a través de los años, lo que me indican los datos cronológicos y biográficos, lo que resulta apropiado en una entrevista o no. No quería decirle con el mayor desparpajo “no, eso no se estudia” y me daba vergüenza decirle que había nacido con eso y que le había sumado mis pocos años de lectura entre poesía, narrativa, música y todo lo demás. Mientras esperaba que yo dijera algo me estremecí en la voracidad cruel del asunto, que esa aparición que minutos antes me había hecho sentir miserable bajo la existencia que duda de su propia belleza y fuerza, ahora se acercaba como un animal bonito a preguntarme por el lugar de mi reino. No, yo no soy una persona modesta, me tengo que esforzar para serlo y parecerlo, si fuera modesta no me atormentaría el peso que puedo o no tener a partir de cada cosa que hago. Me habría gustado decirle a mi ángel exterminador con cara de peluche caro que yo nací así, que la gente del 30 de marzo es difícil porque se enferma y se gana una armadura a partir de la fundación de un reino, en ese reino soy un animal de cuatro hermosas patas, y devoro a las presas que me placen, y nada, nada, es distinto a como lo deseo. Me habría gustado explicarle lo importante que es mi vida para mí, decirle que es casi la única manera que poseo de acercarme a los otros sin sucumbir al absoluto horror.

-No, no se estudia, no sé, esas cosas pasan, entonces uno busca dónde ponerlas -sonreí ya bastante cansada de la situación. El tren se movía al fin y el vendedor de dulces saludaba en el otro extremo.

-Mmm, ya. Estoy pendiente de leer otras cosas. ¿Qué libro es ése que tienes ahí?

Se lo extendí. La invité a comprárselo, te gustará seguro, son historias de terror, hay vampiros y hombres lobos. Sonrió emocionada, repitió el nombre del autor, es el segundo episodio en el metro de Caracas que incluye al autor de ese libro, qué gracioso, pensé.

-Estás como triste -inquirió mi ángel exterminador con su boca frutal.

-Sí, un poco.

-Todo el mundo anda triste porque perdió Capriles.

¡Ok, ángel exterminador! ¿Qué estás planeando?

-Sí, estoy triste por eso.

-Bueno, en mi casa votaron por Chávez. No sé. ¿No crees que ha hecho cosas buenas?

Esto no está pasando, esto no me lo van a creer cuando lo cuente, concluí.

-Creo que han sucedido cosas muy malas desde que tenemos este presidente.

-O sea, pero bueno, ¿tú no publicaste ese libro con el gobierno? Te dieron una oportunidad.

Quise pegarle un lepe a mi ángel exterminador, pero no era el punto.

-Te explico, chama -le dije arqueando una ceja- mi libro no lo publicó el gobierno, lo publicó una editorial estatal. Y no es lo mismo, ¿sabes? Estado y gobierno. Te estoy hablando además de una editorial que existe desde mucho antes de que Chávez llegara al poder. Por cierto, ¿cuántos años tenías tú en el 98? Ah, y de paso tuve que ganar un concurso, no fue que si me regalaron un chance.

Pero me estaba sintiendo infinitamente estúpida, sin saber además si era apropiado engorilarme con la muchacha en cuestión que de verdad preguntaba desde una honestidad nada reprochable.

-Mira, hay maneras de hacer las cosas -continué. -Te llama la atención todo esto, ¿verdad? ¿Escribir?

-Bueno, sí, he tratado de escribir poemas. Y me leí Crepúsculo y me gustó.

-Perfecto, qué fino que te guste. La cosa es que yo tengo tres libros publicados y no se los debo al gobierno -lo dije con rabia, quería que el resto del vagón me oyera.

La muchacha se quedó callada. El tren arribó a Los Símbolos y ése era su destino. Se despidió con un beso atropellado y desapareció en la escalera mecánica.

Esta mañana pensaba en los ángeles de la tradición literaria y pensaba asimismo en los ángeles que me importan y me definen en mis usos diarios. Escribo esto deprisa al llegar a casa, víctima del cansancio interior que arrastro desde el domingo. Los nacidos el 30 de marzo con el don de convertir en fábula cuanto les resulta propio o arrancado no pueden huir tampoco, a pesar de su patria imaginaria, del país fantasma que no sabe asomarse a la noche: le tememos a las balas y al reconcomio, a que la estrategia del otro sea barbarie para la nuestra. ¿Pero ven el punto de este relato? La caída de nuestro propio peso elabora el encuentro más inesperado de todos.

¿Acaso éste es mi llamado para ir a votar de nuevo? Lo único que guarda esplendor para mí es que tengo todo derecho intacto: puedo quejarme, indignarme y proclamar una república diferente porque no me arrodillo y porque fui a pulsar el botón. Y sé que cuando voto, estoy arrastrando al resto del país conmigo. Yo soy mi mayoría, pero no estoy sola.

A ti, precioso ángel exterminador con boca de fruta, te deseo otros tantos libros, muchos libros mejores, y que tu inocencia no te convierta en mugido afantasmado.

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