Otras maneras de resucitar a un vampiro

Por Javier Morales el 01/05/2016

Un libro es fácilmente equiparable a una puerta o una ventana que, al ser atravesada, adquiere los poderes de una máquina del tiempo. En 1897 vio la luz Drácula de Bram Stoker, y desde ese momento la novela ha influido generación tras generación, convirtiendo la figura del vampiro en un ser que hace parte de nuestro imaginario socio-cultural y que para cualquiera, sin importar su edad, es posible reconocer.

Pero, ¿qué tanto conocemos realmente del origen de este personaje, de su historia? Nombres como Van Helsing, Renfield o Mina Harker, se convierten en referentes, a veces claros, otras veces no tanto, gracias a la extensa producción cinematográfica que de forma casi quimérica se ha ido gestando en torno al personaje de terror más importante de nuestra era. Es Drácula, el Conde, a quien mejor reconocemos sin chistar: su brillante medallón, insignia inconfundible de su lejana estirpe; su capa, emuladora del alcance y el poder del mundo de las tinieblas; su mirada penetrante e hipnótica; sus tétricas manos, que parecen querer halar las cuerdas del destino de sus víctimas; y sus feroces armas, un par de colmillos que fálicamente penetran las carnes de inocentes y bellas mujeres, extrayendo por completo su fluido vital para convertirlas en sus fieles protectoras y amantes eternas.

Curioso es entonces que Bram Stoker —un gigantón pelirrojo, aficionado a las bibliotecas y criado cerca del cementerio para suicidas de su natal Clontarf— se haya inspirado en la figura de un voivoda (príncipe) rumano para dar nombre y vida al personaje por el cual todos lo recordamos. Vlad Draculea, alias El Empalador (Tepes en rumano), y su sanguinario régimen político que luchaba de lado de las fuerzas del catolicismo contra los invasores turcos, es en quien se inspira Stoker para empezar a escribir su novela durante unas vacaciones familiares a finales de 1890. La fuerza del mito que rodeaba a este príncipe rumano, junto a las numerosas supersticiones que invadían a la región de los Cárpatos en torno a la existencia de seres que regresaban de la muerte para alimentarse con la sangre de los vivos, fueron la semilla que más tarde se convirtió en la famosa novela.

El mito creado con Drácula —tanto el personaje como la novela— lleva a muchos a preguntarse, aún en nuestros días, si es posible la existencia de estos seres llamados vampiros. Es tal el alcance obtenido por la historia de Stoker que es fácil pensar que, en un remoto lugar de la llamada Transilvania, alguna vez existió un conde que atemorizaba a las poblaciones vecinas bajo su malévolo poder.

El pasado 20 de abril se cumplieron cien años del fallecimiento de Bram Stoker; el 8 de noviembre, ciento sesenta y cinco de su nacimiento. Y, aunque parezca innecesario hacerlo porque esta obra ha probado mantenerse viva y vigente por sí sola —tal como su sangriento personaje principal—, parece ser un buen momento para recomendar el acercamiento a esta obra que ya es un clásico de la literatura, de la cual se han desprendido toda una lista de géneros y subgéneros que hoy en día siguen alimentando cuentos, otras novelas y numerosas películas.

El mito y la historia están ahí; en nuestras manos está revivirlos con nuestras lecturas y relecturas. Convirtamos este nuevo acercamiento a Drácula, la novela, en otra manera de resucitar vampiros.

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