Oscar Wilde: delirios de la belleza y otras forma de locura

Por Aglaia Berlutti el 04/02/2016

A veces me pregunto si Oscar Wilde sería tan célebre de no haber sufrido el oprobioso proceso legal que destrozó su vida y su carrera. Tal vez no: la sociedad ama a los mártires, a la manera melancólica de quienes inventan héroes en la sangre ajena. O tal vez sí: incluso antes de sucumbir a su propia historia, Oscar Wilde fue formidable por mérito propio. Fue inmenso en talento, descaro y esa necesidad suya de construir su propia historia. Como diría André Gide en su inolvidable biografía sobre el escritor. “Oscar Wilde tenía la fortaleza del que se comprende el mundo en su sutileza”. Y es que Oscar Wilde, fue sin lugar a dudas, uno de los primeros escritores en comprender el poder de lo mundano, lo que parece simple pero no lo es. Wilde encontró esa grieta en la visión del mundo que lo despoja de todo dramatismo: la simple belleza.

Porque Oscar Wilde era un apasionado amante de la simplicidad de lo estético. Hay quien dice que allí empezó su tragedia: Wilde era un libertino muy inocente, un fantasma de su verdadera personalidad que ironizaba a una Londres aún inofensiva, que todavía sonreía antes sus travesuras. Y es que Wilde siempre imaginó el mundo en colores mucho más brillantes que los reales, con una belleza frágil, a punto de romperse. Recuerdo una vez haber leído sobre una anécdota que parece describir a Wilde mejor que ninguna otra: En 1890 entró en un café de París y se acercó al director de la orquesta que por entonces tocaba en el pequeño local. Se trataba de algún antro desconocido, de esos tan de moda en las postrimeras del siglo, que disfrutaba de su sordidez como forma de rebeldía. Muy probablemente por ese motivo, Wilde entró y comenzó a explicar: “Estoy escribiendo una obra sobre una mujer que baila, con sus pies descalzos, sobre la sangre del hombre del que estaba desesperadamente enamorada y ha matado”. Nadie se sorprendió. A veces imagino al curtido director de orquesta, con la cara regordeta y un bigote a la moda de la época, escuchando con deleite las palabras de Wilde, la descripción de esa escena literaria a punto de nacer. Después Wilde agregó: ¿”Podrían tocar ustedes algo que se adecuara a eso?”. Los músicos, quizás permanecieron un momento en silencio paladeando la imagen y la petición, soñando con esa escena de pesadilla de extremada belleza: La mujer espléndida bailando descalza sobre un charco de sangre, los ojos llenos de lágrimas, la sonrisa triunfal y crispada. ¿La locura quizás? ¿Quién podría decirlo?. Entonces tocaron la pieza imaginaria, porque como buenos parisinos, a nadie sorprendió la solicitud del escritor. Imagino la melodía: terrible, inquietante y siniestra, tan hermosa como tenebrosa. E imagino también la sonrisa de Wilde, satisfecho, creando, paladeando la música con un tipo de sensualidad que nadie comprendería muy bien. Seguramente, Oscar Wilde regresó a su habitación para seguir escribiendo su obra “Salome”.

Y es que Oscar Wilde estaba convencido que la belleza redimía, por el solo hecho de elevarse sobre lo común, de construir ideales sobre lo real, lo rutinario y conocido. Y sus obras reflejan esa convicción, esa necesidad de meditar sobre el mundo y la circunstancia del hombre a través de símbolos estéticos, en una especie de filosofia de lo bello, de lo excelso, de lo extraordinario. Wilde, más allá de su fama de superficial, era un hombre tremendamente transcendental, que podía encontrar lo mistico incluso en las cosas más simples. Desde sus cuentos para niños – escritos para sus dos hijos – hasta su profunda y dolorosisima De Profundis, Wilde medita sobre la naturaleza humana despojándola de lo ordinario para brindarle algo de sublime, una ternura deliciosa, quizás un mirada cínica que no llega a ser burlona. Tal vez por ese motivo, para sus contemporáneos y mucho de los criticos a los que se enfrentó ferozmente durante toda su vida, Wilde era un hombre superficial, un fantasma de si mismo. Eran tiempos donde se ensalzaba la solemnidad, un tipo de profundidad sacralizada en el sufrimiento y la mezquindad del espiritu humano a la que Wilde se enfrentó siempre que pudo. Era un conversador maravilloso e ingeniosísimo, y gracias a eso y sobre todo, al movimiento esteticista del que fue el mejor representante, ridiculizó a esa sociedad rigida, dura, que aún caminaba de puntillas en los primeros albores de un siglo que lo cambiaria todo. Decadente y extraordinario, Wilde predicó el difícil arte de enfrentarse a la sociedad con inteligencia, de crear una manera novedosa de ver el mundo a través de la originalidad, de los sueños idealizados como parte de un discurso literario que creció con los años. Un hombre que soñó con la utopía de la cultura por la cultura y que por muchos años, creyó que el mundo de su imaginación era posible. Un devoto de su propia creación.

Con frecuencia, imagino a donde habría llegado la obra de Wilde haber sobrevivido a su propia tragedia incólume. Pero tal vez, no hay respuesta para eso: el mundo de Wilde, su leyenda, se cimentan en esa dualidad de la esperanza y el dolor, la gloria y la caída que encarna de manera tan profunda y evidente. Wilde es Wilde en lo exquisito de su obra y lo despiadado de su tragedia. Y probablemente sea esta dualidad lo que lo hizo grande. Lo que lo hizo inmortal.

Su historia, como un sueño de la razón salpicado en su propio dolor, una imagen que el propio escritor pudo haber soñado, sin duda.

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