Orhan Pamuk y la traducción según Borges y Brodsky

Por Enza García el 01/01/2017

Brodsky, Borges y Algodón

El sábado terminé de leer Una sensación extraña. Me ahorraré la carta de amor al respecto. Además, ya tendré oportunidad de pronunciarme en la reseña que finalmente escribiré.

 
 

Ahora quisiera ocuparme de algo que me ha inquietado desde entonces y desde que estoy leyendo a Pamuk: yo no lo puedo leer en turco y sé que lo estoy leyendo como si participara en un comercio interior de naturaleza fantasmal, producto de la artesanía traductora del estimado Rafael Carpintero y ahora de Pablo Moreno González. Es como si uno se rindiera a la necesidad de una relación abierta, promiscua, una mediación entre el artefacto, su interpretación y la interpretación de la interpretación. Como si yo fuera un pajarito al que hay que masticarle el alimento a fin de que pueda tragárselo. Cada lengua materna tiene una dignidad y una pureza irrepetible. Y yo, porque amo la lengua que me tocó, no puedo menos que observar la grieta.

Pero hoy he dado con algunas claves que me reconfortan en la incómoda imposibilidad que ensombrece mi filiación pamukiana:

1. Traducir. Del latín “traducere” – “pasar de un lado a otro”, compuesto por el prefijo “trans-“ – “de un lado a otro” y “ducere” – guiar, dirigir”.

2. Dice Brodsky en una brillante disertación sobre Mandelstam: La civilización es la suma total de las diferentes culturas animadas por un numerador espiritual común y su vehículo principal –metafórica y literalmente hablando– es la traducción. El vagabundeo de un pórtico griego hasta la latitud de una tundra es una traducción.

3. Borges da para todo una vez más y refiere en «Los traductores de Las mil y una noches»: Traducir el espíritu es una intención tan enorme y tan fantasmal que bien puede quedar como inofensiva; traducir la letra, una precisión tan extravagante que no hay riesgo de que la ensayen.

Yo no hablo turco, pero creo en la civilización, creo en los artificios que nos ayudan a digerir nuestras carencias compartidas y nuestras insospechadas alianzas. Con ayuda de Carpintero-Moreno y de otros he podido trasladar el espectro de un lugar a otro para materializar un cuerpo literario, que en mi lengua materna ensaya la extravagancia que denuncia Borges y que Brodsky sacraliza. Además, no creo que vengamos a este mundo a otra cosa que no sea a traducir, a interpretar, desde diversas lenguas y asociaciones, esa superstición llamada espíritu. Mi lengua materna puede ser casta y pura, pero mi boca tiene el deber de ser promiscua, boca promiscua para un corazón de la misma calaña. Como dije el otro día en una riña con un lector ofendido: el chovinismo es una avería del entendimiento.

Ya, eso es todo. Lo que pasa es que antes no lo había pensado todo junto y me ha emocionado.

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