Nueve semanas y media. Por Yrina Kosohovski

Por redaccionnyl el 30/10/2017

Nueve semanas y media.

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¿QUE? ME HACI?A E?L?

– Me alimentaba. Compraba toda la comida, cocinaba, lavaba todos los platos.

– Me vestía por las mañanas, me desnudaba por las noches y llevaba mi ropa con la suya a la lavandería. Una noche, al quitarme los zapatos, decidió que necesitaban suelas nuevas y, al día siguiente, los llevo? al zapatero.

– Me leía incesantemente periódicos, revistas, novelas policiacas, cuentos de Katherine Mansfield y mi propio archivo cuando lo llevaba a casa para poner al día trabajos atrasados.

– Cada tres días me lavaba el pelo. Lo secaba con mi secador de mano, y sólo las dos primeras veces lo hizo con torpeza. Un día, compro? un cepillo de pelo de Kent of London, escandalosamente caro, y esa noche me pego? con él. Los cardenales que dejo? duraron mucho más que cualesquiera otros. Pero lo usaba todas las noches para cepillarme el pelo. Ni antes ni después me han cepillado el pelo tan concienzudamente, tan largos ratos, con tanto amor. Brillaba.

– Me compraba tampones, me los insertaba y los sacaba. La primera vez, al verme estupefacta, dijo:—Yo te como mientras tienes la menstruación, y a los dos nos gusta. No es distinto.

– Me preparaba el baño todas las noches, experimentando con variados geles, sales y aceites, deleitándose como un adolescente en comprarme una gran variedad de productos de baño, aunque él se atenía estrictamente a su rutinaria ducha, jabón Ivory y Concentrado Prell. Nunca se me ocurrió preguntarme que? pensaría su asistenta del látigo que quedaba en el mostrador de la cocina, de las esposas colgadas del tirador de la puerta del comedor, del sinuoso montón de cadenas estrechas y plateadas enroscadas en un rincón del dormitorio. Si? me pregunte?, sin darle mayor importancia, que? pensaría de tan repentina proliferación de frascos y botellas, nueve champús apenas usados ocupando todo el armario de las medicinas, once sales de baño distintas alineadas en el borde de la bañera.

– Todas las noches me desmaquillaba. Aunque llegue a los cien años, jamás podre? olvidar lo que sentía, sentada en una butaca, manteniendo los ojos cerrados, con la cabeza echada hacia atrás mientras la dulce presión de una bola de algodón empapada en tónico se desplazaba por mi frente, por mis mejillas, demorándose largamente sobre mis párpados…

¿QUE? LE HACI?A YO?

Nada

En 1.978, Ingeborg Day, publicó bajo el seudónimo de Elizabeth McNeill, Nueve Semanas y Media y con su nombre verdadero, Vals Fantasma (Ghost Walts). Ambas novelas, tienen inspiración autobiográfica, sin embargos sus temáticas son totalmente disimiles.

Nueve Semanas y Media, tiene un corte erótico y cuenta, lo que se cree, que fue su experiencia después del divorciarse y llegar a Manhattan, donde trabajó como editora de la revista MS.

Ghost Walts

El Vals Fantasma, se publicó en 1980. Son las memorias de Ingerborg, nacida en Austria, en plena Segunda Guerra Mundial. Su padre se unió al ejercito austriaco como parte de la banda militar y fue uno de los primeros miembros del Partido Nazi y de la SS. En 1957, Ingeborg, llega a Estados Unidos de América como estudiante de intercambio y a partir de ese momento conoce el otro lado de la historia del Tercer Reich, el cual estaba prohibido en su país y silenciado en su casa por siempre. Este libro es la reconciliación con su legado familiar.

Ingeborg Day se casó en primeras nupcias con Dennis Day, un aprendiz de sacerdote, con quien tuvo dos hijos: Ursula en 1963 y Marcos, que murió a los siete años. Dejó a su esposo y se mudó Manhattan con el artista Tom Shannon. En 1991 se casó con Donald Sweet, catorce años mayor que ella. El 18 de mayo de 2011 se suicidó, a los setenta años de edad. Cuatro días después murió su esposo, de quien cuidó por muchos años, por estar aquejado de una grave enfermedad.

Nueve semanas y media,Página 55/56En realidad, es la primera vez con él, y la primera vez en mi vida, que me corro al mismo tiempo que mi amante. Después, me lame la cara. En cada punto siento, primero, calor y, luego —cuando su lengua se desplaza—, un frío repentino al evaporarse el sudor y la saliva con el aire acondicionado.Cuando se detiene, abro los ojos.—Pero, de todas formas, me pegas —susurro—, incluso, cuando hago lo que tú…—Sí —dice.—Porque te gusta pegarme —susurro.—Sí —dice—, y ver cómo te encoges, sujetarte y oír tus súplicas. Adoro los ruidos que haces cuando no puedes quedarte callada, cuando ya no puedes controlarte. Adoro ver los cardenales en tu cuerpo y saber a qué se deben, las marcas del látigo en tu culo.Me estremezco. Se estira hacia atrás y saca de un tirón la vieja manta que guarda doblada bajo un cojín en un extremo del sofá. A continuación la sacude hasta abrirla, me cubre con ella, metiéndome el desgastado ribete de raso bajo la barbilla, y dice:—Y también porque tú quieres.—Sí quiero —susurro—. Nunca cuando… nunca mientras…

De sus dos novelas, Nueve Semanas y Media, es la más famosa por su adaptación al cine.

Kim Basinger y Mickey Rourke

En 1986, se estrenó la el trabajo que Zalman King escribió, produjo y que le dio a Kim Basinger y Mickey Rourke el nivel se símbolos sexuales en la década de los ochenta y noventa. Dirigida por Adrian Lyne (“Flashdance”, “Atracción fatal”, “Una propuesta indecente”). El público y la crítica fueron bastante fríos con la película, pero gracias a los videoclubs, la obra se convirtió rápidamente en culto para los seguidores del cine erótico.

Nueve semanas y media, obtuvo tres categorías en los premios Razzie, los “anti-óscar”. A pesar de la campaña de repudio, la película y su banda sonora son el icono pop de la sensualidad. Las escenas del strip-tease de Kim Basinger, el juego con la comida frente a la nevera y Kim vestida de hombre, son las más y emblemáticas e imitadas.

Después del estreno Kim Basinger, marcó distancia de Mickey Rourke (se volvieron a hablar en el 2009, cuando la academia nominó Rourke, por su película el Luchador). Se dice que el ambiente durante la grabación era tenso. El director no le daba directrices a Kim, no le permitían ensayar sus líneas con su co-estrella. Se rumoreaba que Mickey, alentado por Adrian, se había pasado un poco con Kim. Todo esto con la finalidad de mantener a la protagonista en un permanente estado de desasosiego, para transmitir la esencia del personaje.

Según una cita de la revista Vanity Fair “Seguramente, de haber sido fiel al relato autobiográfico escrito por Elizabeth McNeil en el que se inspira, la película no hubiera llegado a producirse nunca. Si bien en el filme un bofetón supone el culmen del sometimiento de Elizabeth ante John, en la novela se habla de cardenales, médicos y cuerdas.”

Para la sociedad de los ochenta, los desnudos no escandalizaban, sino la temática sadomasoquista, por esta razón la fuerza del conflicto de la protagonista, planteado en el texto, no se compara con el planteamiento cinematográfico que se afianzó en las experiencias y la estética de los sexual. Elementos puntuales como la bofetada en pleno coito; Elizabeth a gatas tras un fajo de billetes, así como un pacto suicida entre los amantes fueron censurados en EE UU.

Nueve semanas y media,Página 41Nada me había preparado. Hacia unos años había leído La historia de O intrigada al principio, horrorizada a las pocas páginas y asqueada mucho antes del final. Los sadomasoquistas de la vida real eran monstruos, de cuero negro, tontos y divertidos en sus ridículos atavíos. Si alguna amiga, alguien como yo, me hubiera dicho que se hacia atar a la pata de una mesa cuando llegaba a casa tras un día de trabajo en la oficina… Bueno, nunca ha ocurrido. Sólo Dios sabe que no la habría creído.

En 1997, Rourke retomó el personaje de John, en la secuela Otras Nueve Semanas y Media. Amor en París. Basinger no participó. La trama repite patrones del guión original, sin llegar a capturar la magia. Fue editada directamente como vídeo.

En esta historia John recibe una invitación para la subasta los cuadros de Elizabeth (en la novela ella es editora de una revista, en la película es curadora de una galería, con talento para la pintura, en esta propuesta se desarrolló como artista) viaja entonces a París buscándola, para tratar de recuperar lo que sintió con ella diez años antes. Sin embargo no la consigue, en su lugar conoce a una diseñadora de modas llamada Lea y a su asistente, Claire, amigas de Elizabeth.

Lea, le cuenta a John que su amiga se casó hace tiempo y se ha mudado; pero John duda y en búsqueda de la verdad accede a los juegos de Lea, quien quiere probar algo de lo que su amiga le había contado sobre John. Se invierte entonces el rol del poder. Al final John descubre que Elizabeth se suicidó (una idea, que en el libro, queda en el aíre). Como cierre de la historia, John cita a Lea a un hotel, en la que hace que otro hombre la azote, la posea y la humille, mientras el ve. Se da cuenta que Lea no es Elizabeth, así que la situación no tiene el mismo encanto. Mientras que Lea consigue al fin lo que buscaba, pero no le gusta. La trama de la asistente, Claire es muy débil, sin embargo parece ser el reflejo de la historia de Elizabeth.

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Nadie vio mi cuerpo, salvo él, un muchacho llamado Jimmy, y una mujer cuyo nombre no me dijeron. A veces, en la bañera, o cuando veía por casualidad mi imagen en el espejo, contemplaba mis cardenales con la desenfocada curiosidad que reservamos para las fotos de los primos de otra gente. No tenían nada que ver conmigo. Mi cuerpo no tenia nada que ver conmigo. Era un señuelo, para ser utilizado de la forma que el decidiera, con el fin de excitarnos a los dos.

Regresando al libro, la historia se desarrolla a inició de los años setenta en Nueva York. Relata el encuentro fortuito de una chica conservadora con un el hombre que la llevará al descontrol sexual y de sus conceptos de relaciones de pareja, durante Nueve Semanas y Media. Con una prosa delicada y limpia, la protagonista pasará por experiencias sado-masoquista, lésbicas, voyeristas, exhibicionistas y más para el disfrute de su cuerpo y el conflicto de su mente.

Uno de los pasajes más intensos, donde se muestra la entrega absoluta de la voluntad de Elizabeth, es cuando John le pide masturbarse para él, ella se niega, él pide un taxi y recoge sus cosas. Ella suplica de arrodillas y accede (página 36 a la 40)

Esta novela corta o cuento largo, parte de colección literaria de Tusquets Editores, La Sonrisa Vertical, es para los más curiosos o exóticos, más allá de la película y su referencia visual, uno de los textos más preciados de la literatura erótica moderna.

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—Sucede todo dentro de ti, ¿sabes? —dice el hombre que tengo sentado enfrente, vestido con el mismo traje que yo—. A nadie más le importa. Pero a mí me divierte mucho que te importe a ti.Después, pasamos al comedor, donde me coge la mano entre plato y plato. Me resulta difícil masticar, más difícil aún tragar; bebo casi el doble de vino de lo que acostumbro a hacer. Él toma otra copa en el bar, la mano ligeramente apoyada sobre uno de mis muslos.Arriba, en la habitación, me lleva al espejo. Me pasa un brazo por encima de los hombros, y contemplamos nuestra imagen: dos hombres, uno alto y bien afeitado, otro bajo y de barba rubia; trajes oscuros, una camisa rosada y una azul pálido.—Quítate el cinturón —dice en voz baja; le obedezco, incapaz de separar mis ojos de los suyos en el espejo. Sin saber qué debo hacer ahora, lo enrosco como la apretada serpiente que era cuando estaba en la caja. Me lo quita y dice:—Sube a la cama. No, a gatas.Me pasa una mano por detrás para desabrocharme los pantalones y dice:—Bájate los pantalones por el culo.Algo cede en mí, y mis codos ya no pueden sostener mi peso. Estoy de rodillas, la cabeza entre los brazos, y de mi garganta surgen sonidos que no alcanzo a interpretar: ni temor ni deseo, sino la incapacidad de distinguir entre ambas cosas y como resultado… Me golpea, tras ponerme una almohada encima de la cabeza para amortiguar mis gritos; después, me posee como poseería a un hombre. Grito más fuerte que antes, con los ojos abiertos como platos en la oscuridad, la almohada cubriéndome el rostro. Muy dentro de mí, su golpeteo cesa abruptamente. Me empuja boca abajo, su mano derecha debajo de mí y entre mis piernas. Tumbado encima de mí cuan largo es, levanta la almohada y escucha cómo se apagan mis sollozos. Cuando me doy cuenta de que estamos respirando al unísono, serenos, sus dedos inician su infinitesimal movimiento. Mi respiración no tarda en agitarse. Me vuelve a tapar la cara con la almohada cuando me corro y no tarda en correrse también. Coge Kleenex reforzado de la mesilla y me lo mete por entre las nalgas. Cuando, más tarde, lo saca de allí, está empapado de semen y teñido de rosa. Acurrucado contra mí murmura:—Tan prieto tan caliente, no puedes imaginarte…

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