Nooteboom, el viaje y sus constelaciones

Por Javier Morales el 28/12/2016

Antes de leer a Nooteboom la idea que me había hecho sobre el tipo de escritor que podría ser es la de uno de esos genios indiscutibles, un escritor sencillamente superior a muchos otros; ¿de dónde me hice esa idea?, no puedo estar del todo seguro. No recuerdo hablar mucho con otras personas sobre sus libros; tal vez leí algún artículo literario; una entrevista, puede ser. Pero no tengo realmente claro qué me hacía verlo como una pieza indiscutible en el rompecabezas de grandes escritores contemporáneos. Ahora que he podido leerlo (con qué gusto) he confirmado buena parte de esa idea preconcebida. Sin embargo, tener claras las razones de la genialidad de Nooteboom es el gran descubrimiento personal que impulsa este texto.

Bien sabido es por muchos lectores y estudiosos de la literatura que las más grandes obras se cimientan en la construcción de un viaje, en el personaje que sale, bien sea en una aventura personal, una huida, un regreso, una gesta patriota, una misión secreta o un paseo a la vuelta de la esquina. La idea de movimiento de los personajes, sus diálogos, sus encuentros, retos, conflictos y silencios nos dan una idea de crecimiento, de que avanzamos con ellos en ese ir a un lugar desconocido muy cerca a la contratapa del libro, a pocos centímetros de esa última página en blanco que marca el final del trayecto. Ese crecimiento, esa construcción a través de la acción, del paso a paso, es sin duda uno de los mayores temas y recursos literarios de todos los tiempos. El escritor holandés, Cees Nooteboom, es en sí mismo una extensa oda a la idea del viaje en todas sus facetas.

Nooteboom ha dedicado la mayor parte de su vida a viajar y a escribir sobre sus viajes; de hecho, en un momento de su juventud escribió su primera novela y luego se olvidó de todo lo que tuviera que ver con la ficción para dedicarse a escribir sobre las personas y los paisajes en un sinnúmero de escalas durante años de viajes. Pero es justamente en sus novelas y algunos relatos en donde he encontrado toda la esencia de lo que puede significar la travesía de un personaje por las páginas de su propio libro.

Philip y los otros (1954) es la primera novela de Nooteboom, una novela prácticamente desconocida en español hasta su reedición en el 2010 por la Editorial Siruela, y ya en ella se marcan los primeros pasos del tema que se haría inacabable e inabarcable para este escritor holandés. Philip es un muchacho cuya historia tiene un mismo punto de partida y de llegada: la casa de su tío; un día decide salir de viaje sin ningún plan preconcebido haciendo auto-stop y en su trayecto indefinido es marcado por una mirada, también indefinida, de una mujer desconocida, que, paradójicamente, empieza a dotar de sentido aquel viaje. Entonces el viaje ya no es una búsqueda de la nada, es la búsqueda de esa mirada, de ese encuentro casual entre dos desconocidos, y es la necesidad de forzar ese azar para convertirlo en algo concreto, en eso que solemos llamar destino, porque —fíjense— es el lugar al que debemos llegar, pero no nos damos cuenta de que en realidad el destino es ese lugar al que queremos llegar, si llegamos o no depende de cuánto trabajemos por ello y, en este caso, Philip trabaja incansablemente por encontrar a esa muchacha de ojos rasgados que lo embrujó con la mirada.

Por otro lado, las estrellas han servido de guía a miles de viajeros a través de los siglos, observándolas, en busca de una ruta, hemos terminado dibujando caminos entre ellas y les hemos puesto nombres y adjudicado historias que pertenecen al mundo de los mitos. Así las vemos todavía hoy y así las retrata Nooteboom en un pasaje excepcional de su novela La historia siguiente (1991), en el que nos hace ver la arbitrariedad de nuestros caprichos, pero sobre todo los de los contadores de historias que quieren adjudicar un orden a aquello que no necesariamente lo tiene y que si lo llegara a tener por un instante, o por unos cuantos milenios, es posible que todo deje un día de existir:

“La pizarra del cielo estaba escrita con términos latinos y yo ya no era profesor. Orión, Tauro, luego arriba hacia Perseo, el Auriga… —yo seguía la mano indicadora que iba a lo largo de las imágenes que ahora, igual que nosotros, parecían bambolearse despacio. Algún día, decía el capitán, esas imágenes se separarían, deshilachadas, esparcidas sobre el cielo futuro. Lo que las había mantenido juntas era nuestro ojo casual de los últimos milenios, lo que habíamos querido ver en ellas. Estaban tan relacionadas entre sí como una multitud de paseantes por los Campos Elíseos; estas constelaciones eran fotografías instantáneas, lo único es que los instantes duraban algo más para nuestras nociones.”

Entonces entendemos que hemos viajado bajo la conexión de una serie de fantasías. A eso se reduce todo viaje, porque realmente no hay manera de asegurar que aquello que vemos permanecerá así para siempre. Es un hecho que esas constelaciones desaparecerán y es el azar unido a nuestro capricho de contadores de historias y de hombres fantasiosos el que les ha dado forma y nombre.

Sucede algo muy similar con todas las formas de arte, les damos una imagen y un nombre para un momento determinado y el tiempo se encargará de moldearlas nuevamente o conservarlas en su estado original. ¿Cómo atrapar esos momentos para siempre? Un fotógrafo lo intenta cada vez que presiona el obturador de su máquina. Así lo intenta el fotógrafo en ¡Mokusei! (1982), uno de esos relatos escritos por Nooteboom que indudablemente debe estar mezclado con las experiencias de sus viajes. Aquí un fotógrafo debe retratar a una hermosa joven japonesa con el monte Fuji como marco en el fondo, pero antes de saberlo es evidente que se ha enamorado de ella.

Es así que el amor aparece como un motivador constante de las aventuras y viajes, bien sea internos o externos, de los personajes de Nooteboom, personajes que buscan algo más allá de la alineación arbitraria que hacemos de las estrellas y de las historias que pretendemos conservar con ellas, y es precisamente la noción del arte la que parece darle sentido a todo.

La historia de la unión de dos amantes puesta en un mapa puede hacer exactamente lo mismo: si trazáramos en un mapa todos los recorridos que cada uno de los amantes hace en su vida hasta llegar al punto en que se encuentran, podríamos obtener el dibujo de la constelación de esa historia de amor.

Sin embargo, el viaje también puede ser un factor que desencadene la separación de los amantes. Así sucede en la fantástica y en cierto modo extraña novela En las montañas de Holanda (1984), en donde Kai y Lucía, dos ilusionistas de circo, deciden viajar a las regiones del sur de Holanda para probar su suerte y hacer valer nuevamente sus habilidades en el mundo del espectáculo; pero esa zona montañosa de Holanda parece un lugar olvidado en el mundo y estos amantes se ven enfrentados a la penosa tarea de, más que probar su suerte, poner a prueba su capacidad para sobrevivir el uno separado del otro.

Por esto, y por mucho más, Nooteboom es innegablemente un grande de la literatura escrita en los últimos cincuenta años. Un grande que además tiene una relación muy íntima con el español, lo habla perfectamente, ya que tiene una casa en la isla de Menorca en España. En esa misma isla recibió, hace unos años, treinta y tres dibujos del artista alemán Max Neumann, y cada dibujo sirvió de boceto para configurar los treinta y tres poemas escritos por Nooteboom y que se publicaron bajo el título de Autorretrato del otro (2013); así que la poesía es otro terreno fértil para este autor y para quienes pretendan leerlo en alguna de sus tantas facetas. Solo deben tener siempre en cuenta que todo hace parte de un solo viaje, el que propician los libros.

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