Néstor Sánchez, el escritor que no quería morir

Por Luis Figuera el 13/02/2016

En el libro de Manuel, Cortázar refiere la historia de aquel filósofo que se sumergió en una tina de mierda, para purificarse. Néstor Sánchez, discípulo, y amigo, intentó ese viaje, alejándose cada vez más del centro.

Alabado como uno de los grandes escritores argentinos, creó un universo narrativo que lo obligaba a la huída perenne y desesperada en busca del mándala sagrado. En “Nosotros dos”, considerada la mejor novela en su género desde los días de Roberto Arlt, se busca crear un espacio desde donde un hombre que llega del Uruguay, evoca el recuerdo de una mujer, desconstruyendo la realidad, desde la perspectiva de la conciencia.

“Nosotros Dos, tenía la cadencia del tango y de hecho resultaba muy parecido a un tango”, afirmó Vila-Matas.

“Siberia Blues” es la remembranza del universo porteño y transcurre en el submundo de la marginalidad, entre un grupo de personajes que se reúnen en una barra, y juegan al fútbol mientras son observados por un adolescente que cuenta años después las historias que le refirió un miembro de la barra apodado el Obispo.

Lingüísticamente, la obra de Sánchez fue la propuesta más audaz y original que se hizo en Latinoamérica en los tiempos del Boom literario. Cortázar llegó a considerarlo el James Joyce de América. Inexplicablemente este talentoso narrador, que en sus inicios fue bailador de Tango profesional, renunció a la vida y a los reconocimientos y se embarco en un viaje que lo llevaría a desaparecer por más de 14 años, de los cuales pasó ocho como mendigo en New York viviendo con dos dólares diarios hasta que fue rescatado por su hijo.

Al preguntársele por qué abandonó la literatura, respondió: “Sí. Yo decidí terminar con todo. Siento que se terminó la épica y dejé de escribir. En realidad, cuando yo escribía, mi vida tenía otra riqueza que fue perdiendo. Ahora me quedé sin nada: es la vejez. Siempre escribí en relación conmigo mismo, en relación con un estado de sinceridad irremediable. Le repito, se me terminó la épica”.

La música es el leitmotiv para Sánchez, que logró estructurar una prosa de una belleza singular, donde el jazz y el tango afloran no como anécdotas o recuerdos, sino como claves liberadoras de la espiritualidad, el desarraigo, y la conciencia de saberse transitorio en el yermo infinito de la vida.

Fue el creador de la novela musical aquella donde la sonoridad y el ritmo son piezas fijas del suspense de una trama, edificada sobre los acordes de Gillespies, John Lee Hooker, Charles Parker, Miles Davis, “Siberia blues… no era un libro sobre el jazz, sino lo más parecido que ha existido nunca al jazz”, dijo Enrique Vila-Matas.

“El amhor, los orsinis y la muerte” es una novela inquietante que forma parte de la etapa iniciática del autor, en la búsqueda del misticismo a través de la experiencia límite de la vida, y donde el tiempo cronológico no existe, y abundan voces interiores, a través de la desfragmentación del tiempo.

“Cómico de la Lengua” y el libro de cuentos “La vida efímera”, son las últimas obras de Sánchez. En la primera se intenta recobrar el tiempo de la memoria desde la perspectiva de un personaje Roque Barcia, que habla del viaje de un grupo de amigos desde Argentina hasta Europa, es el recuento autobiográfico de la búsqueda existencial de su autor.

Néstor Sánchez fue influenciado por Cortázar, Joyce, los surrealistas, la beat generation, y probablemente por el nouveau roman y toda la ola de experimentación que se vivió en Latinoamérica, pero su obra es original.

Su planteamiento narrativo, la preciosidad de su prosa que él definió como poemática, la sinceridad y el valor para enfrentar su condición de escritor extraño hacen de él un escritor de culto para lectores machos.

“Pasa que mi imagen como escritor es por lo general resistida y esto llega, aunque parezca mentira, al ámbito de las editoriales, donde aparezco como un raro de cierto peligro para el buen negocio de la facilidad y los lugares comunes que tanto abundan”.

En 2003 murió en Buenos Aires, tal vez en ese instante azaroso, clarificador, y terrible por su miedo a la muerte. “Me parecía mentira que la gente no se diera cuenta de que se iba a morir, eso me pasó siempre, entonces en todos mis libros hay una advertencia: la vigencia de la muerte. Ésa era la épica”.

El escritor que buscó en Gurdjieff y en Castañeda la posibilidad de vivir 300 años, que probó la hierba del bien y el mal, comprendió que viviría más de sus trescientos años, porque su narrativa inquietante y acezante estaba allí moviéndose en ese otro territorio de la memoria perenne.

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