Minsk. Por Isabel Carlota Roby

Por redaccionnyl el 15/04/2017

Era verano y estábamos sentados en el suelo
al borde de un puente abandonado
cerca de Minsk.
Allí me hablaste de tu amante bielorrusa,
una rubia preciosa, de piernas perfectas,
forjadas, de plié en plié, con años de ballet.

 
 

Una mujer hermosa pero de corazón frágil.
Yo te escuchaba en silencio, hacía frío,
balanceaba mis pies sobre el Svislach
tú hablabas con franqueza.
La viste unas dos veces entre casa de amigos,
un día te invitó a su piso
a bañarte en su bañera
luego de que comentaras cuánto te gustaba.
Y como en la vida nunca hay demasiado tiempo,
olvidaste su oferta, hasta que llegó el invierno
y la llamaste, y te dijo que fueras que había agua caliente
y asististe al encuentro de una historia que terminaba
luego de un par de días.
Fuiste pudoroso y cerraste la puerta antes de desvestirte,
debió ella tocarla y preguntar si necesitabas algo,
tu dijiste que no,
que ya tenías toalla.
Allí estallé en risas, y me toqué el estómago y el pecho
para poder respirar. Tú también reíste. Para ese
entonces en tu historia, ya habías salido del baño
y la masturbabas detrás del sofá.

 
 

Le abriste el pantalón y moviste su ropa interior
para tener espacio con tus dedos,
movías tu dedo índice y el del medio
de un lado a otro, de arriba abajo
y ella comenzaba a moverse y a respirar más rápido.
Y viste al orgasmo en sus ojos azules
y terminaste con la determinación de quien busca
salvarse de una huida.
No duraron mucho,
pero ahora estamos en Minsk y la recuerdas
su padre fue un desaparecido de la dictadura
y a ella la recuerdas porque no estás con ella.
Su cabellera larga, sus ojos tristes, sus labios gruesos,
sus intenciones precisas, sus pocas palabras,
sus muchos intentos, su decepción cuando te fuiste.
No puedes separar al dolor del lenguaje,
como cuando te estrangulo y te pido que
me folles luego de contarme tus historias.
Es cierto, los hombres son atractivos
gracias a las mujeres hermosas
que estuvieron con ellos.
El viento nos ahuyenta y yo comienzo a sangrar,
ves la sangre que recorre mis piernas,
yo me levanto el vestido y te obligo a contar
las gotas que logran llegar a mis pies.
La diosa sangra frente al hombre pagano
y obliga a que le rece.

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