Mi reino por clavo. Por Néstor Luis González

Por Néstor Luis González el 18/09/2016

L a batalla está por comenzar y la presencia de nuestro general Giggs nos garantiza la victoria. Por eso no tengo miedo. Solo él puede alinear las tropas en plena pelea y emboscar al enemigo con astucia. Solo él gradúa a su antojo los tiempos de la matanza y moviliza a 30.000 jinetes sin perder las nociones de la geometría y el ajedrez. Ya lo demostró en el anterior encuentro con el ejército invasor hace un mes, cuando 1.000 enemigos sitiaron el campo de entrenamiento de nuestros jóvenes y –lejos de amilanarse y pensar en la rendición- el general Giggs ordenó a los muchachos esconderse entre la maleza del bosque y atacar jugando a la guerra de guerrillas, esa embestida sorpresiva que usaron los españoles para defender su libertad y los derechos de Fernando VII frente a Napoleón y su hermano Pepe Botella, y que –¡vaya paradoja!- casi simultáneamente empleaban en América los patriotas para quitarse de encima el yugo español. Así fue como Giggs, nuestro general Giggs, derrotó a 1.000 invasores con apenas cincuenta jóvenes aprendices, hoy todos sargentos por su enorme valor. Orgullo de Su Majestad, orgullo de todo nuestro reino insular es el general Ludovic Giggs, quien hoy nos conducirá a la victoria, y junto a quien no me importaría morir defendiendo a mi patria y a mi rey.

Esta batalla es crucial. Menos mal que cuento con Giggs. De no ser por él y su honor en cada combate hace rato que me habría visto obligado a entregar mi corona a esos malditos invasores. A veces creo que el pueblo y los soldados lo quieren a él más que a mí. Pero el rey soy yo. A mí es a quien ellos aman y glorifican por tener hombres como Giggs en el ejército. Además, a Giggs lo nombré yo Caballero, pero a mí fue el mismo Dios quien me nombró rey a través de mis antepasados. Qué talentoso es ese general Giggs, en él confío mi reino. Así como es llover sobre mojado darle flores a una mujer con aspecto de jardín, así me pareció redundante nombrarlo Caballero porque, si bien yo nací para ser rey, definitivamente él es un Caballero tácito desde el mismo día de su nacimiento.

Todos confían en mí. No puedo defraudar a mi rey, ni a mis soldados, ni a mi gente. Debemos ganar esta batalla y por eso corro. Corro porque a mi caballo le están poniendo las herraduras y sin mi caballo no soy el mismo dentro del campo de batalla. Es que corre tan bien, con tanta astucia y valor hacia el enemigo armado, que su ímpetu me invade haciéndome presa de un valor que yo mismo no puedo controlar. Es tan fiero mi corcel que el caballo de Atila pasaría por burro delante de él. Ay mi caballo, y cuando galopa, cuando este nieto del caballo negro de Don diego de la Vega galopa el viento se excita, y el ganado maldice no haber nacido yegua. Donde pisa mi caballo tampoco crece el pasto nunca más. En ti confío corcel celestial, en ti confía mi rey, en ti confían mis soldados y en ti reposan las esperanzas de toda una nación.

Ese que viene corriendo debe ser el general. Pero su caballo no está listo. Me falta un clavo en la herradura de una pata. ¿Dónde fue que los puse? General, lamento decirle que busqué en todas partes y no tengo más clavos para las patas de su bestia. No importa me lo llevo así. Entonces corra general, corra pues en su corcel por el destino de este reino insular. ¡Larga vida al Rey!

Vamos bestia bendita, corre, corre más fuerte, más fuerte. Un momento. ¿Qué te pasa? ¿Por qué has comenzado a cojear? ¡Oh mi caballito! Tienes los ojos llenos de lágrimas. No puedes correr más. ¡Reacciona maldito animal! ¿No sabes que en ti reposan las esperanzas de este país? Sin ti no podré dirigir la batalla y nos vencerán los gusanos extranjeros. Sin ti el rey se quedará sin reino, el labrador sin campo, pescador sin mar y el soldado sin su vida. No me veas con esa cara que no te voy a soltar. Olvídalo. Vamos a pelear. ¿Viste lo que hiciste? ¿Esto querías? ¿Verme llorar contigo? Pues lo lograste. Por Dios. Tienes la pata llena de sangre. Ese maldito clavo era necesario. No puedes marchar más, y yo me quedo contigo. Un solo hombre no puede ser más necesario en una guerra de sesenta mil que en medio del llanto de su único amigo verdadero. ¿Por qué Calígula nombró Cónsul a su caballo Incitatus? He aquí la respuesta.

¡Alguien que me mate por favor! Necesito morir ahora mismo porque este sufrimiento no es para seres vivos. Ese maldito. Nunca se presentó. Cobarde. Su sola presencia nos habría hecho ganar la batalla. Debo ser el único sobreviviente de mi ejército, y lo peor es que no tengo fuerzas para clavarme esta espada en el corazón. Arderás en el infierno Giggs. ¡Soldado! Aquí hay un hombre vivo. Ten honor y acaba conmigo también. ¿Uno más, uno menos? Habrás asesinado a cien hombres hoy. Vamos, soldadito extranjero, si eres hombre mátam… Gracias hermano extranjero.

Un clavo, un clavo. Mi reino por clavo.

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