Messi agiganta su leyenda con malditismo

Por Néstor Luis González el 27/06/2016

Desde que el fútbol apareció en la vida del hombre para arruinársela con matemáticas imprecisas y falsas geometrías, nadie había mostrado tanto talento con una pelota en los pies como Lionel Messi, a quien los demonios del mundo aborrecen por no haber podido devorarlo como a todos los falsos ídolos desde el primigenio Nimrod a la anestesiada Amy Winehouse.

Una antigua ley tácita entre los vivos dice que los admirados deben destruirse a sí mismos. Pero a este no lo penetran los vicios típicos del genio, ni las noches, ni los escándalos, ni los placeres del bajo vientre porque el tiempo libre lo ocupa en la importantísima labor de sostener un control de Playstation. Si tuviese la bocota de Muhammad Ali o de Diego Maradona, el mundo tendría más elementos para tragárselo; pero ni siquiera. Messi solo quiere acabar con toda idolatría, inclusive con la que él mismo genera.

Con 29 años recién cumplidos, Messi hasta ahora acumula 30 títulos colectivos como para recordarle al mundo que aquel semimidiós apellidado Maradona solo logró 12 en toda su carrera y que el todopoderoso Pelé se quedó en 29. Además ha destruido todas las marcas de los que jugaron antes que él y obligado a la reconstrucción del imaginario colectivo del deporte rey, porque antes de Messi las cosas no eran así.

De todas formas, lo más importante es verlo jugar: más de la mitad de los balones que toca se convierten en claras ocasiones de gol sin importar en qué lugar de la cancha se encuentre, y los que aman el deporte nunca habían visto algo parecido.

Pero aparecen los demonios, los que tienen la burla por lenguaje, y comienzan a decir que sin un Mundial no es nada, que si no gana algo con su selección no es un grande, que no tiene liderazgo… Lo extraño es que la grandeza de Maradona radique en que Brown, Valdano y Burruchaga no hayan fallado sus goles en la final del Mundial del 86 y que a Messi se le exija hacer todo él mismo. La razón es tan evidente para unos como incómoda para otros: esos demonios saben que Messi es mejor.

El problema hasta ahora había sido que resulta difícil tomarse en serio a un héroe imposible de destruir. “Yo soy un peligro político. Tú eres una broma”, le dijo Batman (Maradona) a Superman (Messi) en “El regreso del caballero oscuro” de Frank Miller. Ahora ese problema parece resuelto con la cuarta derrota de Messi en una final con Argentina, porque la imposibilidad de ganar algo con su selección hará sin duda que el mundo se sienta cómodo adorándolo, porque los idólatras necesitan dioses falsos y no humanos verdaderos.

Lo que no saben es que este futbolista vino a destruir el viejo sistema totémico, vino a dejar que Neymar pateara el penal cuando todos le exigían alcanzar a Cristiano Ronaldo, vino a triunfar y luego a fracasar para que confundir a los demonios, vino a recordarnos que a todos nos aguarda la muerte cuando se nos terminen nuestros 90 minutos de vida.

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