Los sueños de Diego Maradona. Por Luis Figuera

Por redaccionnyl el 09/01/2016

Cuando pibe sólo tuvo un sueño: llevar la guita a casa, después de adulto una sola vez volvió a tenerlo, era freudiano: darle la vuelta desnudo al obelisco. Sus sueños están como los del poeta infrarealista Mario Santiago Papasquiaro, poblados de angelitos que saben fumar la hierba del bien y el mal.

Siempre ha sido un niño que vuela como un barrilete sin dueño, no tiene descanso, busca su sueño tras la pelota, se la pega al píe izquierdo, hace la reggata, deja dos defensores en su alegre camino al arco. Ángel inquieto y travieso ha cometido sus faltas y pecados, pero igual se le quiere, aunque mande a media humanidad que se la chupen.

No permite que nadie le hable boludeces, es amigo personal del comandante Fidel Castro: “…Seguimos con eso del fútbol y me contó un dato que me sorprendió: me dijo que, cuando jugaba, él era ¡extremo derecho! Entonces yo le dije, para joderlo: ¿¡cooómó!? ¿Derecho usted? Wing izquierdo tendría que haber sido”, fue carnal de Hugo Chávez, junto a quien aprendió a conjurar el mal tiempo, “Tengo muchos recuerdos con Chávez. Cuando nosotros fuimos a la marcha contra el ALCA, a Mar del Plata… en el tren. Él habló en la cancha de Mar del Plata (en el estadio Mundialista) y empezó a llover. Nos dijo que repitiéramos unas palabas y sopláramos tres veces al cielo para que dejara de llover. A los diez minutos, salió el sol. Increíble”.

Creció dándole patadas a una pelota de trapo en un potrero y viendo jugar al Bocha, con quien se encontró en la cancha en un mundial. Aprendió a jugar con el balón en Villa Fiorito, una de las muchas localidades pobres de Argentina. Ha tenido sus días tristes como aquel de mil novecientos setenta y ocho cuando el flaco Menotti, entre un manojos de cigarrillos, y unas toses nerviosas, le comunico que no lo tendría en cuenta para el equipo mundialista, también ha contado amargas tardes de verano sofocante, tomando mate y viendo la inmensidad de la pampa desde un suburbio como en aquel poema de Borges.

El olor a Muerte lo ha tenido tan colgado a la piel que de seguro cuando está a solas, debe recordar aquella estrofa del inmortal Tango de Piazzola Adios Nonino “Desde una estrella al titilar… Me hará señales de acudir, por una luz de eternidad cuando me llame, voy a ir. A preguntarle, por ese niño que con su muerte, lo perdí, que con su “Nonino”, se me fue…Cuando me diga ven aquí…Renaceré…”. Es junto a Gardel, y Perón, uno de los santos fundamentales del Panteón personal de cualquier argentino. Visitó al Dante, resucito, lleno de magia y se proclamó amigo personal de Fausto, un día le dio por susurrar al oído de sus compañeros “abrácenme que es gol, abrácenme que es gol”, despertó con una aureola de Santo asegurando su beatificación porque había visto la mano de Dios.

Lo llaman el Diego de la Gente, El Pelusa de Villa Fiorito, su estampa ha sido inmortalizada en la Película El Camino a San Diego, en la canción del iconoclasta Manu Chao, y en la voz de Andrés Calamaro, quien asegura que no es un hombre, sino una pelota pegada al píe izquierdo.

Como buen compadrito ha tenido sus líos con la justicia, y sus pleitos con la camorra napolitana, Pero su gran bronca es con la justicia divina de la FIFA, y comenzó aquel mediodía del año 1986, cuando junto a Jorge Valdano, exigió un nuevo horario para los partidos del mundial, algunos aseguran que amenazó a la FIFA con armarle un sindicato de profesionales del Fútbol. Tema tabú que obligó a los Dioses del Olimpo a expulsarlo, vincularlo públicamente a la Maffia Italiana, mostrarle al mundo sus miserias de niño pobre y adicto confeso, para escarmentarlo.

Ese niño escandaloso que una enfermera tomó de las manos a la salida de uno de los túneles en USA-94, para cortarle las patas en plena resurrección, y mandarlo por otro túnel mucho más negro y profundo que la muerte. El gran potrero de la humanidad pasó de la alegría al llanto con aquellas portadas que recordaban la tragedia del descenso al más vasto de los infiernos, aquel que consume a cada hombre.

Tuvo su tarde prodigiosa frente a los ingleses y sus noches estrelladas en la noche del Diez. Ahora llora de pura melancolía cuando escucha aquel tango “Mi Buenos Aires queridos, cuando yo, te vuelva a ver…”. Todo en él es como el amor: esperanza y contradicción, nunca fue bien dotado físicamente para esa vida tan ruda de los campos, sin embargo jamás ha existido nadie mejor que él para las batallas.

El mundo entero ha vivido sus dramas, auge y caída, perigeo y apogeo, pero hasta ahora nadie le ha podido quitar lo bailaó. Zigzaguea, se detiene cambia de ritmo, echa un vistazo, busca los espacios libres, y como una tromba marina penetra, con su cara de felicidad, su aureola de santo, su picardía de porteño timador, sus ínfulas de compadrito. No ha sido un ejemplo para nadie, pero ha echado el resto para ser él mismo, con sus temores y flaquezas, sus debilidades, sus vicios, su arrogancia, sus ganas de ser todos, una vez que se apodera de la pelota, por eso y muchas otras cosas, es sencillamente el Diego de la gente.

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