Los que critican a Arjona y aman a Benedetti, ¿no ven que son lo mismo?

Por Néstor Luis González el 31/12/2016

Durante el cierre de una gira por Guatemala en 2009, el entonces presidente mexicano Felipe Calderón confesó que él y su esposa eran admiradores del cantautor Ricardo Arjona. Lo malo fue que para demostrarlo citó un fragmento de un poema que realmente pertenecía al uruguayo Mario Benedetti.

De inmediato aparecieron las burlas en Internet. Los “amantes de las letras” consideraron que aquello había sido una afrenta a la memoria del recién fallecido poeta y empezaron a decir, entre otras cosas, que la confusión se debía a la “infinita falta de cultura” del mandatario.

Cuando leí la noticia de la equivocación me pareció lógica y me atreví a decirles a algunos de mis colegas periodistas que entre ambos autores no había mayores diferencias, pues los dos hacían letras simplonas, complacientes, tontas y sobre todo profundamente malas.

Como la rabia se apoderó de los ojos de mis compañeros, decidí no completar mi opinión y no les dije que, viéndolo bien, algunas líneas del guatemalteco estaban mejor logradas que varios de los poemas del uruguayo. No lo hice porque me di cuenta de que hablar bien de Arjona en círculos de clase media profesional y capacitada es tan peligroso como hablar mal de Benedetti.

Y eso que seguro que a Benedetti le habría encantado que uno de sus poemas dijera: “Dicen que fue una costilla / Habría dado mi columna vertebral por verlas andar“, y que “Táctica y estrategia” bien podría ser una canción del guatemalteco.

El desprecio de tanta gente por Arjona –irrelevante a juzgar por cuánta gente lo idolatra– resulta fácil de entender por la pinta del caballero, sus millones de dólares y su excesivo y fácil de identificar sentimentalismo. Lo mismo ocurre en sentido contrario con Benedetti, el poeta favorito de los que dicen que leen y casi nunca leen.

Mario Benedetti tenía todos los elementos para ser el Paulo Coelho de la poesía y mucha gente no se da cuenta: era de izquierda, tenía apariencia de escritor sabio, buena gente y consecuente; sufrió los infortunios del exilio político y lo que escribió puede ser entendido hasta por un niño de primaria. Suficiente.

El escritor colombiano Eduardo Escobar, cofundador del movimiento nadaísta, ha expresado sin tapujos que “Benedetti es un escritor para consumo de la superficialidad y los aficionados a los lugares comunes“.

Alberto Chimal, por su parte, lo encuentra “sospechoso de excesiva complacencia, de sentimentalismo, de simplismo…” Además advierte que la obra poética de este uruguayo “dejó con el paso de los años cada vez menos poesía y más fórmulas, lugares comunes, y más prédicas a admiradores ya convencidos”.

Chimal cree que el padre espiritual de los poemas de Benedetti pudo haber sido –seguramente por lo panfletario– el alemán Bertolt Brecht, pero que esta dejó –léase bien– “entre sus hijos a Ricardo Arjona y a otros todavía peores”.

Quien tiene la explicación al amor del gran público por Benedetti tal vez sea el novelista argentino Alber Vázquez, quien sostiene: “Es un poeta de medio pelo al que una legión de indolentes con poca o nula experiencia lectora ha encumbrado más allá de todo lo razonable”.

De todas formas me resulta exagerado que Vázquez lo nombre “el peor poeta del mundo“, pues ya se sabe que siempre es posible hacer las cosas peor.

Lo que sí hay que decir a favor de Mario Benedetti es que escribió algunos cuentos buenos… Por eso, y solo por eso, Mario Vargas Llosa lo considera “un buen escritor” antes de aclarar: “No un gran escritor como Onetti, pero sí un buen escritor”.

Como no dedicaré tiempo a Ricardo Arjona, terminaré esta nota con una anécdota de última hora. No sé por qué se me ocurrió que tal vez Borges se había burlado en algún momento de la “obra poética” de Benedetti y decidí buscar en Google, y aunque no di con nada al escribir “Borges sobre Benedetti”, sí encontré una encuesta en la que le preguntaban a la gente quién era mejor poeta entre los dos… sí, el público votó por Benedetti porque este mundo es irremediablemente inmundo.

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