Los políticos deben entender que los nuevos votantes no creen en ideologías

Por redaccionnyl el 18/09/2016

Los discursos políticos de la actualidad en casi nada se diferencian de los de finales del siglo XIX: izquierda o derecha, lucha de clases, mano invisible, progreso, socialismo o capitalismo. Todo se ha limitado a la ideología y los dirigentes insisten en que solo hay dos formas de ver el mundo: la de Karl Marx y la de Adam Smith. Sin embargo, un estudio de la universidad de Harvard demostró que la generación de los llamados millennials no entiende muy bien la obsesión de sus padres por separar al mundo entre los que son de izquierda y los que son de derecha.

Mucho más al tanto de su entorno gracias a que habitan en la era de la comunicación y la información, estos jóvenes nacidos entre los años 1980 y 2000 creen que los problemas del mundo se deben a factores mucho más complejos que la ideología política. De hecho la mayoría no logra identificarse ni con la izquierda ni con la derecha, términos que asocian con un pasado lejanísimo que nada les aportó y que nada tiene que ver con ellos.

Quienes sí siguen pegados con lo del mundo en blanco y negro son los padres de los millennials, quienes fueron testigos de la Guerra Fría y de sus implicaciones culturales.

Según The Atlantic, antes de que termine este primer cuarto de siglo, la generación del milenio será el grupo de votación más grande en todo el continente americano, lo que advierte que el poder se irá concentrando progresivamente en los partidos que ofrezcan soluciones tangibles y sin la retórica ideológica que la mayoría de los millennials considera inútil para resolver los problemas de carácter público.

Según Kei Kawashima, directora del Centro de Información y Participación Ciudadana de la Universidad Tufts, “esta generación confía menos en las instituciones y en el proceso electoral, en el congreso y en el sistema judicial. Además, uno de cada cuatro millennials considera que el voto es una manera efectiva de provocar un cambio social, y, acostumbrados al activismo a través de Internet, “lo que más buscan es que las propuestas tengan impacto, no quién las proponga”.

Eventos recientes han demostrado, en ese sentido, que los jóvenes del milenio son propensos al pragmatismo muy por encima de entelequias como la patria, la unidad o la revolución. Por ejemplo, en el Reino Unido, la mayoría de los jóvenes entre 18 y 24 años votaron por mantenerse en la Unión Europea mientras que los mayores de 55 apostaron por el “Brexit”.

Uno de los consultores con mayor conocimiento del fenómeno de los millennials, Antoni Gutiérrez-Rubí, ha resumido acertadamente en seis características a esta nueva generación, en lo concerniente a su participación en la política.

1. “Primero móvil. La concepción de la relación con las organizaciones políticas y su participación es digital y móvil. La tecnología ya no es una elección para la «nueva política», sino una obligación para interactuar con los ciudadanos. Se comunican, se organizan y actúan en red a través de sus dispositivos móviles. Son activistas, no militantes.

2. Derecho a decidir. Quieren relacionarse, influir, decidir (e incluso enseñar) sobre los gobernantes. No se conformarán con ser meros receptores pasivos de decisiones, querrán participar de ellas. Se sienten preparados para afrontar retos: regeneración democrática. Ellos pueden y deben ser parte de los «nuevos actores», de la «nueva política». No aceptan ni privilegios, ni tutelas, ni dirigismos.

3. Mejor sin partidos. No creen en los partidos (en su actual configuración), que consideran parte del problema y no de la solución. Los partidos deberán articular nuevas fórmulas para promover el empoderamiento con esta generación. Relaciones más libres y más esporádicas, como parte de una nueva dinámica más humilde y más co-participada. Prefieren las causas a las casas políticas. Es el triunfo de la petición ‘online’ antes que de la revolución. Los “memes” sustituyen a los discursos. La videopolítica a los programas partidarios.

4. Sin deudas históricas. Poseen poco arraigo en la historia. No quieren esperar, son impacientes a un cambio de modelo y de valores. Su constancia está en entredicho. La rapidez de sus vidas les predispone a lo viscoso, resbaladizo y líquido. Pero su creatividad apunta y denuncia.

5. Conocimiento compartido. Son un valor para una nueva concepción de la política: participación y deliberación a través de las TIC. Sin compartir no vale. Otra concepción de la autoridad. Su mundo es ‘trans’: transmedia, transcultural, transversal. Compartir es lo natural. Competir no es sano, según sus creencias.

6. Exigentes y vigilantes. Serán muy exigentes e intransigentes con los valores de la «nueva política»: transparencia y rendimiento de cuentas sin negociación. Consideran la ejemplaridad personal y colectiva como la auténtica identidad: eres lo que haces, no lo que dices.” (Antoni Gutiérrez-Rubí; 2015)

La mitad de los Millennials se describen a sí mismos como independientes en la política. Es la generación con el nivel más alto de desafiliación política y religiosa jamás registrado. Al describir la generación del milenio como los “no alineados políticos”, Emily Ekins, directora de sondeos del CATO Institute (2015) comentó: “Se trata de una generación criada con el cuerno de la abundancia de Internet; con más de 150 canales de TV por cable, además de video on-demand, 50 formas de clasificar a su identidad sexual en Facebook, y más de 30 sabores de helados”.

Existe una clara solicitud por parte de ellos –lo vemos en los resultados de los distintos procesos electorales en todo el mundo- de un nuevo liderazgo y una nueva manera de hacer política en cualquiera de sus instancias, buscando que se adapte a la característica rapidez de sus demandas y aspiraciones.

Seguir haciendo política partidaria sin atender los códigos, simbologías y discursos, así como obviando la narrativa postmoderna propia de los millenials, ocasionará mayores fallas en la búsqueda de los vínculos intergeneracionales necesarios para una comunicación social efectiva. Por otra parte, una creciente desafección de los jóvenes hacia su clase politica y gobernante tendrá como consecuencias unos mayores niveles de abstención en elecciones y menores niveles de participación en los asuntos públicos.

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